Portero de noche

La metafísica es posible en Buenos Aires. No hay que buscarla en los cuentos de Borges ni en las especulaciones de Macedonio Fernández. Pertenece sin duda a la noche y se oculta tras un antifaz de tedio y horas en apariencia vacías. El lugar de la epifanía es la recepción de los edificios de Barrio Norte, un espacio acotado que oficia de santuario, austeramente decorado con maderas nobles y oscuras y un escritorio inglés con tapa de cuero verde y guarda grabada en oro frente al cual un hombre de entre 50 y 60 años, vecino de La Matanza, o tal vez residente en Lomas de Zamora, está inmóvil, en una posición preconcebida en la repetición inmemorial del mismo gesto noche tras noche: el codo apoyado en la mesa, la cabeza reposando sobre el puño cerrado, los pies cruzados. Junto al hombre, una lámpara de luz débil le da al interior un aire de bar de hotel lujoso –cueros, maderas, luz almibarada–, y quizás, encajada entre la lámpara y la pared, alguien olvidó una radio o una revista desteñida. Para disimular, a este hombre lo llaman sereno, vigilador, portero; en realidad, muchos saben que es un sacerdote que comunica con el más allá después de medianoche. 

Algunos asocian la escena de la recepción y sus hierofantes con el universo de lujo del barrio, complemento de esa otra escena de las primeras horas de la mañana, cuando un empleado friega concienzudamente la acera adyacente a la entrada (en lugar de incienso, emplea lavandina –lejía– para ese sacrificio) y lustra los pomos dorados de la puerta. Mas no por eso hay comunión entre el lustrador de la mañana y el inmóvil viajero de la noche; acaso comparten el aire de medio pelo que está en todo, en la recepción, en los pomos dorados, en la elegancia deliberadamente discreta, en el palier privado de cada piso. (El viajero comprendió rápidamente que el palier privado era un signo distintivo –y muy buscado– del medio pelo; si cada piso no tiene un palier privado, el inmueble es un conventillo.)

Metafísico: porque uno sale de farra o regresa, y siempre lo encuentra inmóvil, en el mismo sitio, en la misma postura en la que estuvo ayer y el año anterior y hace medio siglo. No habla. Tiene los ojos entreabiertos. No está dormido. No es un hombre de aspecto imponente. No es un patovica. No da seguridad. Puede dar un aviso, no pelea. Tampoco es un hombre “que está solo y espera”. No espera nada. No hay nada que esperar. El paseante encontrará estos templos en cada esquina de Barrio Norte. Algunos, por razones económicas, están vacios, pero incluso en estos será posible presentir la presencia invisible del tiempo abolido. Si fueran instalaciones de arte contemporáneo, se titularían Mallarmé 1, Mallarmé 2, etc.

No intente el curioso hablar con estos hombres. Será en vano. No desvelarán ni un ápice de su ceremonia secreta.      

Imagen de aBarbera

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