福島, isla afortunada

No es raro que un topónimo diga lo contrario de lo que supuestamente nombra.  El Río de la Plata es un caso espectacular de topónimo exagerado: no solo no arrastra plata sino que su color rojizo-terroso-azulado (corriente zaina, escribió Borges) decepciona al viajero ingenuo que se fia demasiado a los nombres.

Fukushima. Literalmente: isla afortunada.

Me encontré con Fukushima hace unos días viajando en ese texto inagotable que es Oku no hosomichi, algo así como La senda estrecha del profundo (norte), acaso el diario de viaje más traducido de la historia de la literatura. Su autor, Bashô, es un habitué del blog de Altaïr, del que debería ser nombrado santo patrón y protector.

Oku, ese "profundo" norte venía a ser en el siglo XVII japonés como el wild west norteamericano o el sur patagónico antes de la colonización por el europeo, un lugar que los exploradores y aventureros tradicionalmente llamaban Tierra Adentro. Oku: adentro, una tierra con otras leyes y muchos peligros. (Por lo que yo propondría traducir el título como El camino estrecho de Tierra Adentro.)

En el viaje de Bashô, Tierra Adentro comenzaba en la barrera de Shirakawa, que no era otra cosa que un puesto de frontera; más allá se abría el indómito norte (de tremendas nevadas en invierno y un intenso bandidaje el resto del año), en lo que hoy es el sur de la prefectura de Fukushima.

Dos etapas después de atravesar la simbólica barrera, anota Bashô: "Torciendo a la derecha desde Nihonmatsu, fuimos a echar un vistazo a la cueva de Kurozuka. Nos hospedamos en Fukushima."

En las ediciones al uso poco o nada se dice sobre la leyenda de esa cueva de Kurozuka, por la que pasan Bashô y Sora (su compañero de viaje - no conviene viajar Tierra Adentro sin compañía) antes de llegar a Fukushima. La leyenda es universal, pues casi todos los folclores recogen la historia de una pérfida anciana (bruja, demonio, ogresa) que se alimenta de carne humana, sembrando el terror en la desolada región que habita. La cueva de Kurozuka está situada en los humedales de la llanura de Adachi. En la cueva vive Onibaba (que recuerda a la rusa Babayaga o a la bruja de Hänsel y Gretel), un personaje legendario reinterpretado en incontables ocasiones por el teatro tradicional (No), el cine, los cuentos infantiles así como en las series de manga y anime. Una de las versiones más célebres dice -resumida- más o menos así:

Un monje budista anda una noche extraviado y muerto de frío en las landas de Adachi cuando ve una luz en la lejanía que resulta ser la choza muy humilde y deteriorada de una anciana hilandera. En la choza el monje encuentra hospitalidad. Cerca de medianoche, la anciana sale a buscar leña, no sin antes advertir al monje de que no mire dentro de un pequeño cuarto cerrado. El monje desobedece. Tras encuentrar las macabras trazas de un festín caníbal, el monje huye despavorido y la anciana -que ya no oculta su identidad de bruja o demonio- lo persigue para matarlo. El monje recita entonces una sutra y su perseguidora se desvanece cual azucarillo.

No deja de ser jocoso que en el siglo XVII Bashô y Sora se acercasen a la famosa cueva, cual turistas del siglo XX munidos de una Baedeker o una Michelin. El diario de viaje no dice nada, pero parece claro que encontraron una cueva vacía. El problema ahora es que esa cueva está a unos 50 km de una central nuclear siniestrada, y que harían falta muchos monjes y muchas sutras para alejar a esa Onibaba de los tiempos modernos que son los residuos nucleares.

Imagen de aBarbera

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