Gualicho

Su vida fue azarosa. Comparte con Jovellanos, y con otros ilustrados del siglo, el haber sido retratado por Goya; con el Perito Moreno, haber recibido un título profesional por decreto del soberano con el fin exclusivo de llevar a buen puerto su misión; con William Henry Hudson, un interés desmesurado por los pájaros rioplatenses que fue el primero en describir (Hudson siempre lo citó con admiración); con Miguel de Cervantes, haber estado a punto de perder la vida en Argel; con Francesco di Giorgio, haber proyectado fortificaciones en los lugares más variopintos; con Luis Buñuel, ser aragonés, librepensador y cosmopolita; con el piloto Villarino, haber profetizado el valor estratégico de la isla grande de Choele-Choel, algo que Juan Manuel de Rosas (1833) y, después de él, el General Roca (1879), confirmaron en los hechos. Pero con todo, el rasgo que, a mi ver, sobresale por encima de tantos aspectos de una vida ajetreada al servicio de la corona, es el haber sido un europeo de su tiempo -el siglo XVIII- obsesionado con medir. Lo midió todo y mandó medirlo todo. Como ingeniero militar, levantó innumerables mapas y, como él mismo confiesa, en el curso de sus viajes rioplatenses medía de manera sistemática, cada vez que la posibilidad se presentaba, la posición de los planetas y de las estrellas, los tránsitos de Venus, el medio cielo de Marte, así como paralajes de diversos cuerpos celestes. No en balde había sido enviado al Virreinato de la Plata en 1781 para deslindar la frontera hispano-portuguesa del noreste, en el actual Paraguay. Para que no parezca que estoy planteando un acertijo, diré de quién estoy hablando: Félix de Azara.

Años atrás, en Nueva Inglaterra, el astrónomo Mason y el cartógrafo Dixon trazaron la hasta entonces incierta frontera entre Pennsylvania y Maryland. En una de sus más recomendables novelas, Mason & Dixon, Thomas Pynchon da cuenta del avance imparable hacia el oeste de esa línea que va incorporando la terra incognita a la "tela de puntos ya conocidos (...), cambiando el modo subjuntivo por el indicativo, reduciendo las Posibilidades a Simplicidades que sirven los fines de los Gobiernos, arrancando fronteras, una a una, al Reino de lo Sagrado, que va transformándose de esta manera en nuestro Mundo desnudo y mortal (...)".

También a Félix de Azara le tocó proyectar el avance de la línea de frontera del sur de Buenos Aires (la línea Sud de fortines) con el fin de incorporar más territorios al servicio de la incipiente economía, así como para frenar las incursiones de pampas y ranqueles que en más de una ocasión se presentaron a las puertas de Buenos Aires.

Nada producía más desconfianza entre los aborígenes argentinos de la región pampeano-patagónica que los instrumentos de medición y de observación del cielo, a los que consideraban habitados por el "gualicho", es decir endemoniados. Casi todos los relatos de viajeros o memorias, tales como las imprescindibles de Manuel Baigorria (que vivió entre ranqueles durante más de 20 años), o el relato de Lucio V. Mansilla (Una excursión a los indios ranqueles) o los informes siempre tan bien redactados de Pedro Andrés García (Diario de un viaje a las Salinas Grandes), se refieren al enorme recelo que despertaban esos instrumentos entre los pueblos indígenas, hasta el punto de que los viajeros se veían obligados a desplegar todo tipo de tretas para ocultarlos. En cierta ocasión, Mariano Rosas, el gran cacique ranquel, le da a entender a Mansilla que el fin último de ese instrumental es dominar y exterminar a su pueblo. Es imposible no escuchar en las palabras del cacique el eco sombrío de Pynchon: con la ayuda de esos instrumentos diabólicos (telescopio, brújula, cielo de Halley), el reino sagrado acabaría transformándose en un mundo desnudo y mortal.

Me acordé de Félix de Azara una noche de verano en la ciudad de Rosario, sentando en una terraza de la barranca que se desploma sobre el Paraná. Fue hace unos años, cuando el brillo anaranjado de Marte llenaba de misterio e inquietud el cielo. Era el mismo planeta que Azara obsesivamente observó y utilizó para sus mediciones, y que seguía ahí, todavía bajo en el horizonte, desafiando con su semblante malhumorado la furia conocedora del hombre.

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