El perito Moreno y las aficiones del doctor Mortimer

"Me interesa usted mucho, señor Holmes. No había esperado ni mucho menos un cráneo tan dolicocefálico ni un desarrollo supraorbital tan bien marcado. ¿Le importa que le pase el dedo por la fisura parietal? Señor mío, un vaciado en yeso de su cráneo sería el ornato de cualquier museo de Antropología mientras no esté disponible el original. Sin ánimo de caer en la adulación, le confieso que desearía poseer su cráneo." (El perro de los Baskerville)

Este es el improbable elogio que dirige el doctor Mortimer, un médico rural aficionado a la antropología, a un sorprendido Sherlock Holmes. Por aquel tiempo, el doctor Retzius, un famoso profesor sueco de anatomía, había popularizado la creencia de que la forma del cráneo permitía clasificar a los hombres en dos tipos bien diferenciados: dolicocefálicos (cráneo alargado) y braquicefálicos (cráneo ancho), y algunos hasta consideraban que un cráneo dolicefálico era la marca de una "raza" superior.

Confieso que la primera vez que leí el elogio del cráneo de Holmes lo atribuí sin más a la excentricidad inglesa que uno asocia a menudo con lo novelesco. Se trataba, pues, no solo de un elogio, sino que lo era en grado superlativo, ya que solo un ser altamente evolucionado podía poseer tal cráneo.

Debo decir que hallé la misma excentricidad al otro lado del Atlántico.

Tal día como hoy, diez años atrás, me encontraba varado en Puerto Madryn después de haber reventado el segundo neumático en menos de 3 horas. Era un año difícil (2002), de crisis aguda en Argentina, y lo que parecía imposible -a saber, hacer llegar a la Patagonia el día de Navidad un neumático Yokohama desde Rosario, la ciudad en donde se encontraba el importador- se resolvió en apenas 12 horas gracias a un eficacísimo galés de Rawson (la capital de Chubut) y al servicio de cabotaje Jet Paq.

Mientras esperaba el maldito neumático, maté el tiempo leyendo el relato que escribió Francisco Pascasio Moreno -el perito Moreno que da nombre al famoso ventisquero- de su cautividad en Caleufú. Moreno había recalado en la incipiente colonia galesa de Madryn en octubre de 1876, en uno de sus numerosos viajes a la Patagonia. Dice la biografía de Moreno que en Madryn anduvo recogiendo moluscos fósiles, si bien su interés iba más allá de los moluscos.

Moreno se había interesado desde a niñez por los restos arqueológicos y fósiles que uno podía encontrar sin dificultad, con solo remover la tierra, en el sur de la provincia de Buenos Aires y en Patagonia. Hasta no hace mucho, no era difícil dar con puntas de flecha y utensilios en los numerosos picaderos que el viajero puede descubrir con un poco de paciencia a orillas de una laguna o en las inmediaciones de una barda.

En sus correrías por la Patagonia Moreno buscó incansablemente cráneos y hasta esqueletos completos que luego remitía a su padre en expediciones preparadas con esmero. Harto conocida es la carta de 1875 en la que informa al padre de que ha hecho "abundante cosecha de esqueletos y cráneos" [aproximadamente unos 70], precisando a continuación: "Hoy remito por la diligencia 17 [cráneos] en un cajón, los que harás recoger lo más pronto posible, pues el agente de ella no sabe qué clase de mercancías envío".

Una de las obsesiones de Moreno era demostrar la antigüedad de los primeros pobladores de la Patagonia y uno de sus argumentos principales era la morfología dolicocefálica de los primitivos patagones. En El origen del hombre sudamericano Moreno viene a decir que en Argentina "han vivido los hombres más antiguos que se conocen",  y que el territorio argentino "es un resto del Continente Austral sumergido donde se inició el desarrollo humano y de donde partió para extenderse sobre el globo". Estas tesis tuvieron un eco inusitado en Europa y el joven argentino ganó una cierta notoriedad en lo círculos científicos. El cráneo dolicocefálico venía a ser la prueba de la singularidad del antiguo patagón que pobló esa tierra, frente al "braquicefálico araucano", que se consideraba un forastero en el territorio cisandino.

No es casual, pues, que Moreno fuera designado perito en la cuestión de límites con Chile; si uno mira de cerca, la obsesión dolicodefálica y el trabajo de delimitación de fronteras son aspectos de una misma cuestión general: la expansión argentina en el confín austral del continente.

Estas tesis nos parecen chocantes hoy, pero en la época de Sherlock Holmes y del perito Moreno eran moneda corriente y lo siguieron siendo por lo menos hasta el final de la segunda guerra mundial.

Yo prefiero quedarme con los modestos relatos que nos legó Moreno, escritos a vuelapluma y con gracejo criollo, como cuando le escribía al padre, su gran valedor.

Moreno: de la estirpe de Azara, Musters, Mansilla, Baigorria. De los que pasaron tierra adentro y volvieron para contarlo.

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