Кафе Маргарита

Si usted dispone de un poco más de 3 horas en Moscú y tiene (por así decir) la noche libre de compromisos, lea con atención la propuesta que sigue y atrévase a entrar en un capítulo de la historia cuyo desenlace está todavía por venir.

Digamos que usted ha decido iniciar esta modesta aventura en el centro de una ciudad que está situada, a su vez, el centro del territorio de la Rusia europea. Está usted de pie, junto a la fachada trasera del Museo Nacional de Historia, en la Plaza Roja (en realidad la "plaza hermosa" o la "bella plaza" --¿Qué hubiera dicho don Domingo Faustino Sarmiento al enterarse de que rojo y hermoso es lo mismo en ruso?). A decir verdad, usted no se ha dejado impresionar por la ciudadela del Kremlin, que ha tenido que bordear en varias ocasiones durante varios días, y que constituye sin duda la causa primera del caos circulatorio del centro de Moscú. Tampoco se ha dejado engatusar por las catedrales repintadas en colores chillones, ni la estatua ecuestre del General Zhúkov ha reavivado viejas pesadillas. Son las 9 de la noche. Como venida de otro mundo muy diferente del que usted está pisando, recuerda usted una frase probablemente absurda: "A la hora de más calor de una puesta de sol primaveral en Los Estanques del Patriarca aparecieron dos ciudadanos." Es la primera frase de una novela que usted leyó en Buenos Aires, en aquellos tiempos que tanto se parecen, mirá vos, a los que estamos viviendo, out of joint, desquiciados. Es la primera frase de El Maestro y Margarita, sin fusilamientos ni hidalgos, sin Buendías ni Quijanos. Si usted dispone, pues, de unas tres horas y media, y tiene a mano además un buen mapa del centro de la ciudad, no le parecerá a usted una idea descabellada acercarse a los Estanques del Patriarca, que deben estar a un kilómetro más o menos en línea recta del lugar en donde usted se encuentra deliberando en ese preciso instante. Si por una de esas usted no está solo, y desea compartir con alguien esas tres horas, o más, sin por ello desvelar sus más ocultas intenciones (acercarse a los Estanques), no sólo porque no quiere que la otra persona piense que usted no está del todo en sus cabales, sino porque usted mismo teme que esos Estanques no sean más que un pútrido charco urbano, puede usted recurrir a la estratagema del metro. Usted puede proclamar, sin correr riesgos indebidos, que las estaciones del metro de Moscú son las estaciones más hermosas del mundo. Y levantando el índice, puede usted señalar la entrada de la estación Tetralnaya, que es una manera bastante honorable de entrar en el metro de Moscú. Para acercarse lo más posible a los Estanques del Patriarca, la mejor opción es tomar la línea 2, dirección Rechnoi Vozkal, y bajarse en Mayakovskaya. A poco que su acompañante tenga unos rudimentos de cultura moscovita, no dejará de observar que la estación Mayakovskaya es una de las más hermosas estaciones del más hermoso metropolitano del mundo. Esa observación lo sumirá a usted en una especie de letargo estético que le permitirá camuflar mejor su verdadero designio (acercarse a los Estanques). Usted podrá decir, por ejemplo: "Ciertamente esta estación tiene algo noble: esas bóvedas encerradas en frisos en los que se alternan pequeñas estrellas y diminutas hoces y martillos." Una vez ya fuera de la estación, en el cruce de las avenidas Tverskaya y Bolshaya Sadovaya, puede usted lanzar el primer asalto:

- Me han hablado de un café no lejos de aquí en donde se puede comer algo sencillo, etc etc etc.

 Por supuesto, usted no ha hablado con nadie y no sabe ni siquiera si el café estará abierto o si la comida es sencilla. Su acompañante entra al trapo:

-Bueno, podemos acercarnos.

Tras recorrer casi 300 metros sobre la avenida Bolshaya Sadovaya (quizás le sorprenderá ver, coronando un edificio de la margen izquierda de la avenida, una estructura metálica que recuerda mucho a la Torre de Tatlin), usted presentirá seguramente la proximidad del agua, y al girar a la izquierda en la primera esquina, advertirá que un claro se abre en la selva urbana. No son Los Estanques sino un estanque rodeado de parterres y cerrado por una verja. A esa hora de la noche quizás le sorprenderá a usted ver el parque lleno de gente, sobre todo parejas jóvenes de enamorados. Le parecerá un lugar muy agradable y se preguntará entonces por qué eligió el diablo (sí, Ese) el parque de un estanque para aparecerse en la Rusia soviética de finales de los años 20, sembrando la confusión y el caos durante cuatro días. El primer capítulo de la novela va precedido con la leyenda "Nunca hable con desconocidos", algo que usted podrá poner en práctica sin grandes dificultades. Acérquese con su acompañante a uno de los grupos de jóvenes y pregunte por la calle Malaya Bronnaya, en donde se encuentra el Café Margarita. Usted balbuceará en su ruso inexistente:

- Malaya Bronnaya?

Si los jóvenes lo miran a usted despavoridos y hacen ademán de alejarse, no le quepa a usted la menor duda de que lo han confundido con el mismísimo diablo. Y dígase que usted haría lo mismo en su lugar. Es el momento de recordar entonces otra frase del inicio: "Es preciso señalar la primera particularidad de esta siniestra tarde de mayo. No había un alma junto a la caseta, ni en todo el bulevar, paralelo a la Málaya Brónnaya."

Tras titubear durante unos instantes (no olvide que usted está acompañado), y después de darle muchas vueltas al mapa, usted descubrirá el Café Margarita en una esquina y disfrutará allí de una agradable velada. Puesto que esta bitácora no está dedicada a la crítica gastronómica, nos limitaremos a decir que en ese café se come (y se bebe) bien. Y la calidad de los músicos es excepcional.

La mejor opción para regresar al punto de partida (y para cumplir con el proverbio alemán: después de comer, o bien descansas, o bien caminas 100 pasos) es caminar por la avenida Tverskaya abajo, hacia el río. A medianoche, esa arteria que tiene cierto aire de Gran Vía, sigue bastante animada. Si encima esa noche le da por garuar, agradézcalo: el bendito chirimiri le ayudará a bajar los vapores del vodka.

Escribe Guelbenzu en el prólogo a la edición de bolsillo de El Maestro y Margarita que Bulgákov utiliza al diablo y a su banda "como medio para poner en ridículo al asfixiante aparato administrativo y social de la burocracia comunista".Y usted se preguntará entonces, un poco más sereno después del paseo, en medio de la Plaza Roja, si al diablo no le habrá dado en esta ocasión por aparecerse en Wall Street...

 

Imagen de aBarbera

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Che, sos un liante.

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