El color de Turquía

 

Hacía un calor sofocante. Las contraventanas de la habitación estaban ajustadas y no pasaba ni una pizca de aire entre las rendijas. Tumbada en la cama y con un vaso de té helado, miraba cómo giraban lentamente las aspas del ventilador que colgaba del techo. Mientras estaba inmersa en mis pensamientos, la puerta se abrió de golpe.

-¿Ya tienes la maleta hecha?

- ¡Ángela, qué susto me has dado!

- Lo siento.

- ¿A qué hora nos viene a buscar el taxi?

- El chico de recepción me ha dicho que no tardará más de quince minutos. Así que vete preparando, que bajamos ahora mismo o perdemos el tren.

Me incorporé de golpe y un leve mareo, debido al calor, nubló mi vista dejando sólo unos fugaces puntos de luz en mi campo de visión. Estaba realmente agotada. Había sido un mes de viaje por Alemania haciendo autoestop y viajando en tren del cual tres semanas fueron visitas por Turquía con un pase de Interrail, donde terminaba nuestro sueño, visitando Harran, el yacimiento arqueológico; la Capadocia, con su espectacular paisaje; Bodrum; Antalya; la fantástica Éfesos y otros muchos lugares terminando en Estambul: Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Palacio de Topkapi, el Gran Bazar…, lugares con encanto, en el Estambul más mágico. Una ciudad con una historia fascinante que se respira en cada rincón, con sus gentes, edificios, con su arte. Los atardeceres de la ciudad son espectaculares. Una luz anaranjada ilumina el cielo caluroso del verano de Turquía, maquillando el horizonte de sombra negras. Recuerdo el segundo día que nos despertamos en Estambul. Decidimos pasear por los bazares de la ciudad. El Gran Bazar nos dejó maravilladas. No podíamos parar de mirar boquiabiertas todo lo que nos ofrecía este laberíntico espacio formado por calles, avenidas y patios. Podíamos comprar cerámica, lanas, sedas, tés, ropa. ¡Qué maravilla! Ángela encontró una lámpara de cristal de muchos colores para colgar del techo y se enamoró de ella enseguida. Estuvo un buen rato regateando el precio que el tendero había propuesto al principio. Así que Ángela se llevó su preciado regalo muy contenta. Salimos del Gran Bazar y muy cerca encontramos el Bazar de los Libros. Se halla en un patio antiguo, en el mismo sitio en que se ubicaba el mercado del libro y del papel de Bizancio. Encontramos tiendas de libros modernos, infantiles, un poco de todo. Salimos un poco exhaustas así que decidimos hacer una parada para tomar un té. Nos sentamos en una terracita. Pasaba mucha gente. Gente que iba, gente que venía. Algunos entraban al Bazar de los Libros y salían sonriendo con un libro bajo el brazo. Cuando ya repusimos fuerzas, decidimos visitar, por último, el Bazar de las Especias, no sin antes perdernos por las callejuelas colindantes. ¡Qué olor! ¡Qué olor aun antes de entrar! ¡Y qué paleta de colores en las tiendas de las especias al entrar! Los ojos no daban abasto entre las tiendas que vendían joyas, frutos secos, ropa y especias. Cansadas por el largo paseo matinal, decidimos ir a comer algo. Entramos en un pequeño restaurante y pedimos un plato de pescado que nos sirvieron con una ensalada. No había muchos turistas, más bien gente de la ciudad, y tampoco mucho ajetreo. Se agradecía un poco de calma tras el gran bullicio de los bazares. Y de eso ya habían pasado dos días. Y ya tenía ganas de volver… solo un poco, pero tenía ganas.

Me levanté de la cama, dejé el vaso de té sobre la mesa. ¡El calor seguía apretando! Fui hacia el baño. Mi rostro se reflejaba en el espejo.

- ¡Qué mala cara tengo! -dije en voz alta.                                        

Abrí el grifo y me remojé la cara y el cuello. ¡Qué fresca estaba el agua! Al menos me sentí un poco mejor. Preparé las cosas que me quedaban para cerrar la maleta, no podía demorar más esta espera. Metí los shorts, las camisetas de tirantes, el neceser y… y el pañuelo de tréboles. ¡Dónde estaba mi pañ…? ¡Y oh, claro, ahora me acordaba! En uno de los primeros trayectos que hicimos en tren por Turquía, recuerdo que mientras leíamos un folleto informativo sobre Interrail One Country Pass, mirando como podíamos combinar los ocho viajes en tren que escogimos para viajar durante un mes, conocimos a François y Gérôme, dos chicos franceses. Como el trayecto era un poco largo, terminamos hablando los cuatro y nos entendimos como pudimos. Y coincidió que bajamos en la misma parada. Y coincidió que los cuatro íbamos a la Capadocia. Y coincidió que estuvimos todo el día juntos hasta que se puso el sol. Y coincidió que François me dio un beso. Y que este es el recuerdo que retengo en mis pupilas de aquel día que pasamos todos juntos. Llegamos muy temprano por la mañana y nos dejó sin habla el paisaje que se presentaba ante nosotros con tanta majestuosidad. El valle de Göreme, con su pueblo, nos pareció bellísimo. Caminamos por el Parque Nacional y vimos las construcciones en la roca. Nunca imaginé que existiera un lugar tan singular en Turquía, con esas formas cónicas de gran altura sobresaliendo del suelo. Entre risas y pausas, conversaciones más distendidas, calor, más risas y más conversaciones, nos recorrimos diferentes pueblos, como Üçhisar y la capital, Nevsehir, donde nos quedamos a dormir. Y exhaustos los cuatro, nos hospedamos en un pequeño hotel y comimos algo en la habitación, porque estábamos tan cansados que sabíamos que nos quedaríamos dormidos rápidamente. Aquel día fue un poco mágico, para mí. Puede ser que me enamorara él, o que Turquía envolviera todo de un tono de colores rosados y creara ese ambiente atemporal. François y Gérôme se levantaron pronto por la mañana. Querían madrugar: su camino se separaba ahora del nuestro. Y quizás fue esa mañana cuando François me miró con un brillo en sus ojos, entre alegría por haberme conocido y tristeza por despedirse, y me dio un beso y me regaló una pulsera plateada con un grabado que descubrí más tarde. Y yo le regalé el pañuelo de cuello con tréboles verdes que tenía colgado en la mochila y que tanto le gustaba.

-¡Julia, el taxi ya ha llegado!

Y una vez más Ángela me hizo saltar el corazón. Estaba claro que nuestro viaje terminaba en breve. Bajamos corriendo con las maletas. Subimos al taxi. Mientras el coche se alejaba del hotel, nos quedamos en silencio. Tantos recuerdos, tantas cosas vividas. Ciudades maravillosas, gente especial, paisajes de ensueño. Un sinfín de historias vividas ahora formaban parte de un espejismo, ya en la memoria de las dos. Quizás algún día volvamos a esta tierra llena de contrastes.

 

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