Colombia 1: A veces uno no sigue caminos, sigue corazonadas

-¿Estás loco? ¿Cómo van a ir a Colombia? Allá te secuestran, está lleno de traficantes, hay guerrilleros y paramilitares, es muy peligroso… ¿No ves las noticias?

Palabra más, palabra menos, casi todos decían lo mismo. En el imaginario colectivo Colombia es un sitio complicado donde los narcos son los amos y la guerrilla los señores. Un país repartido, donde el Estado se evaporó en una serie de zonas de influencia armadas y las leyes cambian tanto como el pronóstico del tiempo. Hoy está despejado y tranquilo, mañana es posible que llueva y caiga plomo. Nene, no salgas sin paraguas y chaleco antibalas.

En cualquier momento podríamos encontrarnos con un bloqueo espontáneo en la ruta, la pesca milagrosa de las FARC. Diez, veinte tipos con uniformes similares a los de cualquier ejército, verde oliva y marrón oscuro, pidiendo documentos como otra fuerza legal y secuestrando a todo el que pudiera ser canjeable por presos o dinero. Cuando te detienes no sabes, y ese es el problema, no sabes quiénes son los buenos y quiénes son los malos.

-Si se encuentran con un bloqueo de las FARC, ustedes tranquilos. Que ellos son buena gente –nos había dicho una mujer en Ecuador, mientras nos servía un plato de arroz con pedazos minúsculos de carne en un puesto con techo de lona junto a la ruta.

Sí, te ofrecen alojamiento, comida y paseos por la selva gratuitos durante diez años, pensé. Y no puedes negarte. No puedes decir vamos a ver, o vuelvo mañana.

La historia tradicional de América Latina habla de los ejércitos regulares como el inicio de muchos de los grandes desastres del continente. Todos participaron en golpes militares que derrocaron presidentes más o menos populares, todos usaron sus armas contra su propia gente, todos violaron los derechos básicos de aquellos a quienes decían proteger. Entonces, ¿en quién confias?

No puedes confiar en el ejército, ni en la guerrilla, ni en los narcos. Si confiamos en la televisión estamos en el camino equivocado. Dame el primer pasaje a Miami, rápido. Todo lo que llega de Colombia a tu casa habla de narcotraficantes y gente secuestrada, obligada a vivir en un infierno de selva. De camisetas de Pablo Escobar, el Patrón, que aún se venden en las calles, quince años después de su muerte en los tejados de Medellín. Y de García Márquez, claro, pero Gabo escribe historias bonitas sobre lugares que no existen en la vida real.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Dónde vamos?

La gente que encontramos en la ruta antes de entrar en Colombia habla de otro país, también llamado Colombia, pero radicalmente distinto. Un país de montañas y gente amable que responde ¡a la orden! cuando entras en un comercio. Gente de todos los colores que en las fiestas baila pegadita. Nada de rocanrol, nada de blues, solo vallenato y salsa en la patria de las mujeres impulsivas, de las novelas de amor roto y desgarrado para después del mediodía.

¿Debíamos visitar Colombia? murmuro después de cuatro controles militares en los primeros veinte kilómetros, usted quien es, que lleva detrás, de dónde viene, adonde va, preguntas demasiado personales, demasiado existenciales, demasiado repetidas. Entonces, dos figuras solitarias en uniforme de camuflaje surgen de los arbustos y levantan la mano para detenernos.

A veces uno no sigue caminos, sigue corazonadas.  

(continuará)

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