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Perú

1-6-2005

A pesar de que salíamos a mediodía nos vimos apurados de tiempo en el último momento con los preparativos. Me quedé pensando en lo mal que habíamos dejado la casa para Fredi y Maito: el olor a coliflor, los cacharros, sin barrer, el suelo negro de la cocina... El avión salió media hora antes, pero nos dio tiempo a comer nuestro “riso con cavolo” después de facturar. Once horas y media de vuelo. Me pareció ver a la hermana de Carmina Ordóñez por los pasillos del avión con una botella de vino, tal vez era delirio del viajero. Un sueñecito, gracias a que iba medio vacío el avión; cuatro pelis; leer, comer y “tras tragarse el Océano siete horas”, llegamos a Lima. El botón verde nos dejó salir aleatoriamente sin que nos revisaran nada (yo llevaba queso). Nada más salir nos empezaron a ofrecer taxis y debido a mi naturaleza y carácter me agobié. Uno nos llevó por 15 soles a Miraflores. La peor conducción que he presenciado en toda mi vida. Soltados por las calles limeñas a las diez de la noche buscamos y buscamos (en el mapa no aparecía ni la mitad de las calles) hasta que dimos con “Mundano´s”, bendito hostal de tres estrellas con gorda americana recibiendo a los visitantes. Nada mal, por 22 dólares podíamos dormir, hablamos con mexicano y desayunamos. También tele. El cielo encapotado a todas horas con la gauría (neblina característica). Primer sonido peruano: programa en la radio del taxista sobre abusos sexuales.

 2-6-2005

Lima

Primera imagen limeña: desde la ventana del hotel, nada más levantarnos, vemos a un hombre con su carrito de frutas intentado cruzar la calle. Mucho jaleo de coches. Desayunamos con la tele y una telenovela el café con leche que había que mezclar con agua y dos panecillos cada uno. Después de poner en orden todos los sitios que queríamos ver de la capital nos pusimos en movimiento. No hacia nada de frío, todo lo contrario, calor, y por suerte no parecía que la gente agobiara. Lo primero ir al Museo Amaro que al parecer era gratis y te ofrecía una visión panorámica de la cultura peruana. Luego no entraríamos porque había que haber reservado la visita. Huaca Pucllana, unas excavaciones incas aún a medio descubrir donde un guía nos iba explicando los pormenores de las ofrendas que se hacían a los dioses, cómo construían las pirámides y otras cosas autóctonas como unos perros la mar de raros, las alpacas diferentes a las llamas, el algodón, las covayas que se comen, el chile... Comimos de menú en un restaurante frecuentado por ejecutivos: sopas, ceviche, pollo con tamarindo, arroz chauffa... Por unos dos euros cada uno. Visitamos el Mercado de Indios para hacernos una idea de toda la artesanía que ofrecía Perú y paseamos por José Larco y Avenida Diagonal para ver el Parque Miraflores y el del Amor con las esculturas boterianas y los bancos que recordaban a Gaudí. Efectivamente muchas parejas y parapentes en torno al parque. Cogimos el bus para ir a Barranco, donde paseamos por el Parque Municipal y el puente de los Suspiros viendo anochecer entre arquitectura colonial. Una Pilsen en “Juanito´s bar”, una antigua farmacia, y vuelta a Miraflores para cenar un suspiro limeño con una Inkacola.

 3-6-2005

Efectivamente tardamos en taxi lo que nos había dicho el del hotel, nos costó lo que nos había dicho también (no sin antes regatear) y pudimos comprar sin problemas el billete a Nazca en la estación de autobuses de la compañía Ormeño. Con lo que no contábamos fue con el retraso con el que salió, pues hasta que no se llenó un poco más no partió. Nos sorprendió ver como había personas recolectando posibles viajeros por la calle como quien recoge manzanas. Me pregunto si unos muchachos que paseaban y acabaron subiéndose, si tenían pensado viajar o no ?¿ A eso de las diez salíamos en un bus básico, con películas de video grabadas y dobladas al peruano. Dice Carlos que en cuanto dejamos Lima el paisaje se desertificó. Yo amanecí viendo dunas y poblados por  la ventana. Comimos nuestra empanada de pollo y el bollo de dulce de leche. A mear teníamos que aprovechar en cualquier parada que hicieran para repostar o meter viajeros, pues estos, los descansos, no estaban incluidos. En Ica cambiamos de bus. Un imprevisto, primer episodio del anecdotario peruano, nos hizo retrasar casi dos horas: a dos inglesas les quitaron la cámara y el dinero, lo comunicaron al conductor y al pasar por la Comisaría de Guadalupe la policía subió para descubrir al ladrón. La segunda anécdota fue uno que se subió a “amenizar” el viaje; contaba adivinanzas a cambio de caramelos. Llegamos de noche a Nazca. En la Plaza de Armas (como si fuera la Plaza Mayor) había una manifestación (hablaban de 15 soles de salario). Acabamos en el “Marburg”, un hotelito especie de bungalow y cenando de menú por seis soles los dos.

 4-6-2005

 El bigotes que nos había traído al hotel y que insistía en vendernos la excursión a las líneas de Nazca se nos apareció a lo largo del día varias veces. Dejamos el hotelito de la piscina vacía temprano por la mañana y con unas mandarinas para el camino nos fuimos hacia las Líneas de Nazca en colectivo. Desde el observador que hizo construir la mayor estudiosa de las Líneas vimos tres figuras indescifrables. Esta ciudad de Nazca me recuerda un poco a Macbur en Senegal pero algo más mejorada por las aceras, los establecimientos para turistas, la Municipalidad, el colegio, la plaza de Armas que la “habían desarmado”... Comimos la repetida sopa. Esta vez se llamaba menestra (ayer caldo de gallina) y pejerey frito (ayer tallarines saltados) y por la tarde fútbol y nos acercamos a fisgonear donde hacían la pelea de gallos pero optamos por no entrar. Antes de coger el autobús que nos llevaba a Arequipa cenamos una Cristal con salchichapas y un cacho de tarta en un sitio de peruanos adinerados.

 5-6-2005

 Toda la noche viajando por la panamericana, conseguimos dormirnos. De vez en  cuando paradas y aprovechar para hacer un pis en cualquier sitio. Llegada a la estación de Arequipa a las 7 de la mañana, movimiento y noche no nos ofrecían ni taxi ni alojamiento. Comenzamos a ver mujeres de trenzas, faldas bordadas y sombrero. Nos alojamos  en “Picola Daniela” un delicioso hotelito (sobre todo por la terraza con vistas  de los volcanes Misti, Chachani, Pichu-Pichu). Paseo por la “ciudad blanca” que me recordaba a Sevilla por el color albero de algunas de sus casas y por las ventanas enrejadas. Descubrimos en el Parque Selva Negra el II Festival de Chicharro y allí probé el queso helado (especie de helado de leche merengada), un parquecito con laguito, zoológico chiquitito, cacharritos, golosinas (el señor de los algodones era de foto), donde pasaban el domingo los peruanos. También vimos el Mercado Carmelo, un poco desagradable de ver la carne; San Francisco con su mercadillo; la Plaza de Armas  con la Catedral y la Compañía (otra iglesia). Por la tarde fuimos al barrio Yanahuara, desde el mirador prometían una bonita vista del anochecer arepiqueño. Comimos de menú con los peruanos en un sitio no muy limpio donde los pollos asados y los calamares reposaban en grandes barreos al lado de los baños, y cenamos en una picantería una cerveza. Nos acostamos pronto.

 6-6-2005

 Desayunamos en la maravillosa terraza con vistas de tejados a medio hacer, para irnos de excursión por el Valle del Colca. Compartíamos el tour con japoneses, americanos, austriacos, holandeses, mexicanos... Penetramos en la Reserva de Salinas y Aguada Blanca y pudimos ir viendo alpacas vicuñas y llamas. Paramos a tomar mate de coca, pero eso no evitó que en el punto más alto a 4900 me entrara el mal de altura (soroche) y tuve que volver al bus. Desde allí se veía el pico Ampato de 6388 m perteneciente a los Andes. Por el camino me llamó la atención como colgaban latas de los cables de electricidad de algunas poblaciones. También había señoras vendiendo cosas de artesanía, con sus colores contrastando con el paisaje arcilloso rojizo. Cielo despejado que permitía aun tener calor. Llegamos a Chivay (que antes de que llegaran los españoles nos explico la guía se llamaba Chiguai, lugar de apareamiento del ganado) y allí nos alojaron en el hotel “Inti Wasi” en la plaza del pueblo. Comimos nuestros víveres: pasta rellena y fruta de mercado. Me encanta ver a las peruanas con sus faldas y sombreros bordados, algunas llevan hasta dos y deben ser anchas de caderas o llevar bastantes cosas pues le abulta mucho todo. Los niñitos con sus mocos pegados también son una delicia. Sorprendentemente el frío que tenia cuando he llegado aquí ya no lo tengo. Fuimos a cenar de menú. Esta vez 5 soles que incluía un mate de coca y el postre “masamorra”, una especie de gelatina de fruta. Los niños jugaban al balón en la plaza.

 7/8-6-2005

 A las cinco de la mañana nos despertaron para desayunar a las 5:30 y a las 6 salir dirección al Cañón del Colca. Hicimos una primera parada en Achama, un pueblito donde, preparado o no, estaban bailando unos niños la danza del amor con sus trajes típicos. Llegamos al Mirador del Cura que es el principio del Cañón que con sus 3182 m es uno de los más profundos del mundo y desde allí andaríamos como una hora para llegar a la Cruz del Cóndor. Lo que viene a continuación es mas que alucinante, pues durante este trayecto a parte de pasear al lado del cañón con su vista de montañas y el color rojizo del acantilado, los cactus y unos pajarillos verdes que parecían periquitos, estuvimos acompañados por el vuelo del cóndor. Los vimos a 2 metros de cercanía,  parecía que nos iba a coger de presa. Maravilloso verles planear. Toda la barrera de turistas que llenaban el mirador alucinaban. De regreso paramos en varios miradores como el de Atahuilque,  donde estaban las lagunas misteriosas (cambian de color según el clima, estado de ánimo... En realidad son las algas), y el de Choquetico con una moqueta grabada sobre la piedra del sistema de regadío de los incas y unas tumbas colgantes. También paramos en el pueblo de Maca con una iglesia preciosa pintada de verde por fuera y con retablos y figuras doradas dentro. La estaban restaurando. También, ¡como no!, había mujeres pasando con sus trajes típicos y llamas para las fotos de los forasteros. A mediodía entrábamos para almorzar en Chivai y coincidíamos  con el desfile de los festejos por el Día de la Bandera.  A la 13:00 regresábamos. Cuatro horas de autocar hacia Arequipa si no se hubiese acabado la gasolina para sorpresa del conductor y nuestra. Llegar y hacer todo rápido: billete de avión, recogida de equipaje en el hotel y estación de buses para irnos a Cuzco. Salimos a las 19:30 y también hubo  una parada imprevista en mitad del camino. La gente pitaba: ¡chofer, venga ya! Amanecer sobre tierras de Cuzco: parece más verde esta zona y también llena de montañas. Al llegar a la estación igualmente nos sorprende que muy pocos se nos acercan, quizás algunos taxistas. No ocurría lo mismo en el centro donde continuamente te ofrecen restaurantes, objetos... Esta ciudad parece más turística. Organizarnos nuestro viaje al Machu-Pichu (que por cierto, camino de la estación nos chocamos con un niño borracho, ¡las 8 de la mañana!) y cogimos un taxi por dos soles para ir al Hotel “Suecia II” una casa colonial pintada de azul y blanco con patio central cubierto. Cafecito, ducha y a recorrer la ciudad. Aquí las señoras llevan las faldas más cortas, pero siguen llevando sombrero, trenzas y el capacho a la espalda con la mercancía o el bebé. Por cierto que nos explicó la guía arepiqueña que lo de la falda larga con las chaquetilla y el sombrero lo importan los españoles cuando llegaron en 1532. Nos sorprende la Plaza de Armas, porticada como la de Chinchón con balcones de madera, pero transitable a los coches y con la Catedral y la iglesia de la Compañía. Entramos en el Museo Histórico Regional, casa donde vivió Garcilaso de la Vega, el Inca, con objetos incas y una momia. Paseamos por la Plaza de San Francisco, la de Nazarenos, St. Catalina, Plazoleta de San Blas en el barrio alto de San Blas característico por sus callejuelas y tiendas de artesanía, con panorámicas desde donde se ve toda la ciudad metida en un valle con tejados rojos. Después fuimos a Calcampata, un antiguo templo sobre el que ahora estaba la iglesia de San Cristóbal y en una terracita de un ultramarinos viendo los tejados de Cuzco nos tomamos una cuzqueña hasta que el frío nos pudo. Cenamos por la zona de Pompa del Castillo un menú de sopa de chicharrón de pollo, mate y postre por cinco soles los dos. ¡Qué barato!

 9-6-2005

Me costó dormirme, dolor de cabeza y algo de insomnio. No sé si seria principio de soroche. No oímos el despertador, pero a las 9 ya estábamos en la calle yendo hacia la estación de autobuses para ir a Pisac, un pueblito que tenía mercado. Por el camino pudimos ver ruinas incas: Tombo Machay, Puca Pucara, Qenko y Sacsayhuamán. Y todo sin boleto turístico (70 soles que hay que pagar para ver las ruinas incas de los alrededores de Cuzco). Además por el camino vimos a las señoras con sus vacas, sus hijos a la espalda (hasta las trabajadoras de páginas amarillas lo llevaban) y niños trabajando en el campo. En Pisac el mercado: fruta, patatas... En un centro preparado para el turista una chica nos explicó distintas clases de patatas y maíz, así como otros alimentos de Perú que habíamos visto anunciados y no entendíamos. Malaya=carne,  locro=especie de calabaza en puré, peruanita, oca, año, moralla y luaga= patatas. También nos contó algo de la fiesta del Corpus en Cuzco, en la que se cocina cosas típicas y se sacan varios santos a la plaza y la del Inti Rami, donde se sacrifica un animal. Nos dijo también que la estación de ahora en Cuzco es el verano y que era distinto a Lima. Compramos algunos textiles y descansamos tomando una Inka Kola en un café regentado por una guiri. Perú es el paraíso de las compras. De camino a Urubamba por la vera del río del mismo nombre conocimos a Genaro que nos preguntaba y nos contaba cosas del quechua y los incas.

Vimos los terrazos que hicieron estos para el cultivo de las tierras y que utilizan hoy día. Llegados a Ollantaytambo hemos encontrado alojamiento en un hospedaje rustico con cortinas y colchas peruanas, balcones  de madera, en el piso de arriba, con patio y vista de ruinas incas. Cenamos un plato de pollo con papas y tallarines en el mercado y un chocolate caliente (malísimo) con bollos en el hospedaje. Ollanta es un pueblo de piedra de canales de agua por las calles, plaza y mercado, entre montañas. Quizás con demasiados restaurantes turísticos.

 10-6-2005

 El niñito que atendía en el “Apu Pumamarka” nos tardó en poner los tés y nos tuvimos que ir sin tomarlo porque se nos hacia tarde para coger el tren hacia Aguas Calientes. A las 8 de la mañana aun estaban montando el mercado, pero hacia bonito verlo con las terrazas incas. Desde el hotelito también se veía el fuerte inca. La salida y llegada en el tren cerrojo era como pasar en procesión desfilando ante variados vendedores y personas que te ofrecían de todo: maíz, gorros, agua... En el tren mucho turista y recorrido entre montañas, algunas nevadas, y el río Urubamba. Aguas Calientes es el punto desde el que se accede al pueblo inca de Machu Pichu bien andando o en bus (6 dólares: clavada). Una vez arriba la entrada de nuevo asesina nuestros bolsillos, 77 soles. Ahora, como dijo un turista italiano: “é un posto magico”. La fotografía tan vista en los libros de viajes se hacia real al subir a la choza. Luego caminamos por entre las terrazas, llegamos al puente inca y visitamos la zona agrícola y urbana del conjunto inca, con sus templos, casas, santuarios... La bajada fue dura (aún hoy tengo agujetas), aunque nos sobrepasaban los guías que iban corriendo Hasta llegar a Cuzco tres trayectos tren, bus a Urubamba y luego otro a Cuzco. Íbamos sentados con indios comiendo maíz, bebiendo mate y hablando quechua. Cenamos antes de llegar al hotel un menú de dos soles con sopa de papa helada y arroz chaufa con camote, que a mi me encantó. Por la noche nos animamos como lo hacia también la ciudad a tomar un pisco-sawer.

 11-6-2005

Amanecimos enfadados, luego a lo largo del día como el frío se fue evaporando. A eso de las 10:30 salimos hacia el mercado de San Pedro. Efectivamente un festival para los sentidos. Nada más atravesar el arco de la Plaza de San Francisco se suceden  las pastelerías, menús, tiendas de ellos, notarías, hasta una como leyendo las cartas y luego en el mercado más: fruta, verdura y cereales de todos los colores y sabores, quesos (aunque todos parecen del mismo, como de Burgos), carnes que dan un poco de repelo verlas así colgadas, pescados e hileras de bancos con grandes cacerolas que ofrecían menús y platos de todo tipo, que no se sabia muy bien si era desayuno, almuerzo a las 11 de la mañana... Desayunamos chicha blanca (malísima) y un bollo y luego un tentempié que nos encantó antes de dirigirnos al mercado artesanal: recoleto (pimiento relleno) y causa (pastel de patata y aguacate). En los puestos de artesanía compramos regalos y un poco antes vimos jugar a baloncesto a mujeres en un “coliseo con gradas de cesped”. De regreso la Iglesia de Santo Domingo construida sobre un antiguo templo del sol y La Compañía con un altar barroquísimo. En la zona del mercado descansamos tomando leche asada con Inka-cola y vimos anochecer en la  Plaza de Armas. A nuestro lado iban pasando limpiabotas, vendedores de correos... Para cenar elegimos la olla Tussymalluc de los menús baratos y por 50 cenamos viendo una peli de Van Dam en un lugar cochambroso, “El samaritano”. Los servicios eran indescriptibles. De postre un delicioso pedazo de tarta.

 12-6-2005

Madrugamos mucho para ir al aeropuerto, demasiado pues luego tuvimos que esperar. En el vuelo nos dieron un desayunito. Se veían montañas y al llegar a Lima un mar de nubes. Tuvimos suerte con los autobuses, pues nada mas dejarnos el taxi en Flores encontramos uno que salía a las 12:30 por 25 soles. El taxista no tenía desperdicio: decía que cuando viene la gente de fuera a Lima se acriollan y son peligrosos y que esta misma gente celebra fiestas que por el número de muertos saben si ha sido buena o mala. El viaje viendo pelis, sufriendo los olores variados y viendo paisajes que parecía cada vez mas desértico y tal vez mas desarrollado (gasolinera con letreros automáticos, mujeres con ropa actual...). Nos alojamos en el hotel “Americano”  de Trujillo. Un hotel de techos altísimos, varias plantas y decoración Belle Epoque. Dormimos en camas estilo Don Quijote y escribimos sobre mesas de mármol con espejo bajo que nos explicaron luego era para que las señoras se vieran el vestido y los hombres los zapatos.

 13-6-2005

 Desayunamos en la Plaza de Armas sentados en un banco viendo como el sol que iba abriéndose paso poco a poco entre las nubes iba coloreando el paisaje urbano. Probamos por primera vez el pepino de fruta. Un policía de turismo se nos acercó a informarnos de lo peligroso de la ciudad (más tarde yo lo experimenté, pero no llegaron a robarme). Visitamos la Catedral color albero como gran parte de la ciudad, Casa  Bracamonte y la casa Calonge o Urquiaga, donde gratuitamente una señorita nos la mostró explicándonos cosas muy interesantes de los habitantes de dicha casa colonial (españoles y Simín Bolivar) y de la cultura mochi. También vimos otras casas coloniales por fuera, como la Municipalidad, la Casa del Mayorazgo de Facela (con un antiguo carromato en el patio), casi todas ocupadas hoy en día por bancos. Asimismo vimos varias iglesias de estilo “renacentista-redondeado coloreado” con altares barrocos y órganos rococó. También visitamos el Mercado Central (de todo). Nos siguen sorprendiendo la cantidad de tortas y la variedad de maíces, arroces, patatas. La casa de la Emancipación albergaba una exposición de pintura y la Iglesia de la Merced estaba en una plazuela muy bonita. También Palacio Iturregui con una puerta enorme de madera y gran ventanal enrejado (aquí típico). Iglesia y conjunto del Carmen, resto de la antigua muralla, junto al mercado de artesanía (que no era artesanía como hasta entonces habíamos visto, sino manufactura barata de mercadillo español). Plazuela del recreo muy animada (un hombre dando un sermón sobre el pepino), Iglesia San Francisco, Casa Gonoza Chapitea con fachada coloreada. Nos costó trabajo encontrar un sitio de menú para cenar. Antes de recogernos en el hotel unos chavales nos hicieron una entrevista por la calle para su programa de radio. Querían saber qué pensábamos sobre el machismo y feminismo.

 14-6-2005

 Desayuno por la calle mientras íbamos en busca de un colectivo que nos llevara a las ruinas de Chan Chan. Nos montamos en una de esas furgonetillas destartaladas cuando ya estaban las cevicherías puestas en la calle. Andamos un km más hasta la entrada y paseamos entre la ciudadela de adobe, bastante restaurada. (Normal por otra parte pues si no, no habría sobrevivido a las lluvias de “El Niño”). Por allí deambulaban también varios perros viringos. Luego vimos el Museo de Sitio, con explicaciones sobre las dos culturas imperantes en la región de Libertad (mochica, chimú). Cuando ya el sol azotaba volvimos a coger un colectivo y nos bajamos en Huanchaco, famoso por sus totoras o barcos caballitos, barcos hechos de juncos, que todavía usan los pescadores de la zona. También tenía iglesia renacentista “redondeada” blanca y adornos marrones. A lo largo de la playa muchos restaurantes y un pequeño mercadillo. Desde arriba del pueblo una vista general de los tejados y las casas a medio hacer. Comimos ceviche y arroz con marisco.

            El resto de la tarde la gastamos en Trujillo, ciudad de casas coloniales de colores rojos y puertas enormes de madera. Paseamos (descubrimos otro mercado), descansamos en la Plaza del Recreo y comimos picando de puestos de la calle: tamal, salchichapa, huddle, enrollado, budín, un tecito de anís y la vuelta a casa. Nos espera nueve horas de bus nocturno, una parada en Lima y once horas y media de avión.

 15-6-2005

Conseguí dormir casi toda la noche, cuando amanecí estábamos entrando en Lima y aproveché  antes de que el bus parara a hacer un pis en el baño, ¡buag! Dejamos el equipaje en la guardería y nos pusimos a caminar hacia el centro, ahorrándonos así el taxi. Lo primero que nos encontramos de camino fue el parque de la cultura y el museo italiano. Lima todavía estaba neblinosa. Por cierto que en el barullo de recogida de equipajes nada más llegar me abrieron la mochila, el primer aviso de que tendríamos que estar muy alertas en la capital peruana. Así nos lo advirtieron también al querer entrar en el Rimac, el barrio del otro lado del río, un policía nos aconsejó que nos diéramos la vuelta, y así lo hicimos. No nos quitaron nada. La Plaza de San Martín comenzaba a despertar con algunos trabajadores, estudiantes tomando al paso sandwiches con agua de emoliente o chica blanca y los autobuses atestados de gente. En los semáforos vendedores de todo tipo hasta de bailes raps. Vimos la Iglesia de la Merced, de fachada churrigueresca, la Catedral (que no pudimos entrar, 10 soles), Iglesia de San francisco con muchas palomas y color albero, la de Santo Domingo. En todas había devotos rezando. En la Plaza Mayor vimos el cambio de guardia de las 12. En la Plaza Bolívar frente al Congreso había una manifestación. Entramos en el museo de la Inquisición, muy tétrico, y apenas cruzar el Puente de Piedra para ir a Rimac nos tuvimos que volver por lo dicho. En el barrio chino nos pasó lo mismo. Y en el merado central inspeccionamos los menús para acabar comiendo en un restaurante de la calle Jaunin, un menú de cinco soles, marino: cebiche, sudado de pescado y corvina. De vuelta a la estación para recoger el equipaje busqué desesperadamente el suspiro limeño pero nada. Todo el mundo se nos quedaba mirando. Sin embargo cuando más lo necesitábamos nadie se ofrecía con el taxi. Llegamos al aeropuerto algo apurados, pero el vuelo se había retrasado ¡hasta la noche!

 16-6-2005

A eso de las 23:00 estábamos despegando, después de que nos dieran un catering a base de sandwiches de pollo en recompensa. En el avión donde los azafatos y azafatas ni siquiera se disculparon nos pusieron dos pelis y una de ellas repetida, la de la ida. No nos dieron ni agua, y para colmo sólo funcionaban dos baños. Un poco desastre. Amaneció en un pis pas pues acababa de ver el cielo plagado de estrellas y de repente lo vi azul claro. Llegamos a Madrid pasadas las 5:30. Nuestras mochilas tardaron en salir bastante. No sé por qué razón al lado de la cinta corredera me parecen todos unos chulitos, como si creyeran que todo el mundo les observa y cuando cogen su equipaje es como una pasarela de modelos. Todos estamos pensando en las vidas de los demás según coja esta o aquella maleta. La grande y dura o el macuto de un mochilero. Luego en el central de aduanas pasa lo mismo: anda mira, o sea que ese era español. En Madrid notamos mucho calor. Fin de un viaje perfecto y sorprendente por la gente, la tranquilidad de algunas ciudades, lo no agobios, lo barato y bueno y lo fácil de recorrer y encontrar alojamiento.

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