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Un pequeño manto verde de arroz, llamado Hanoi

 Vietnam, es como un inmenso manto verde de arroz. Vietnam es como una coctelera de sabores, de olores, de perfumes. Vietnam es una idea traspasada a la realidad. Vietnam es un viaje, es el viaje, la experiencia.

La pacifica tierra de los VIet, me recibe con una bofetada de calor y de humedad. Es el peaje a pagar para disfrutar de unos lugares que tan solo existían en mi imaginación, y que ahora, comprobaré que son tan ciertos como la reconocida fama de su cocina.

La capital Hanoi, a punto para celebrar sus mil años de vida, está situada a unos 35 kilómetros del aeropuerto. 45 minutos por la llamada carretera principal, transitada por granjeros arrastrando carros con bueyes, por ciclistas, por peatones, por vetustas furgonetas y coches de lujo. Al lado de la carretera, las principales fábricas de electrónica mundial, realizan la rutina diaria de cientos de trabajadores uniformados entrando en riguroso orden en sus instalaciones. Rigurosidad soviética. La carretera termina en los suburbios de Hanoi, unos barrios que no ofrece una visión agradable de todo lo que después la ciudad enseña.

Casi 5 millones de habitantes, viven en una ciudad con más de de 2 millones de motos. Es una locura, andar por sus calles, atestadas de tiendas, de personas sentadas en la calle, de carros, de puestos de comercio, de escaparates que son una extensión de los portales, de gente, turistas, creyentes haciendo ofrendas, motos, miles de motos, y calor….mucha calor. Hanoi, la ciudad de la curva del rio, ofrece un abanico de lugares para visitar, que se ocultan entre las multitudes de motos que sin orden ninguno, inundan las calles…y las aceras. Los vietnamitas han aprendido a cubrir parte de su rostro con una mascarilla, para evitar la polución, el contagio o simplemente llamar la atención. Pero Hanoi no se cubre, se descubre al mundo.

La casa cinematográfica de Hanoi, presenta las jornadas de cine Vietnamita, y una selección de películas rodadas en el país, o bien sobre su historia, se exhiben en este mes de agosto del 2010. Vietnam ha aprendido de su historia, y ha sido capaz de contarla, sin pudor.

Descubrir Hanoi, es tener la mente abierta para soportar el trasiego sin fin, de personas que vienen y van, o que se ubican, quietas en los portales de las casas. El lago de Hoan Kiem, o lago de la espada recuperada, es el primer remanso de paz, dentro del bullicio en el que estoy. Si madrugo, podré ver a grupos de vietnamitas practicando Tai Chi, o de atletas que recorren la orilla del lago, todos en el mismo orden, en el mismo sentido, mostrando una organización soviética, aprendida a través de los años. Si la coreografía de las gentes me lo permite, puedo recrearme observando el templo de Ngoc Son, y preguntarme como se llega a él, pues su ubicación dentro de una pequeña isla dentro del lago, y sin conexión ninguna con tierra firme, es toda una curiosidad. El amanecer, con una ligera neblina que abraza el lago, proporciona una de las estampas más bucólicas de la capital. Aunque parezca mentira por su color, el lago está poblado de tortugas, que rara vez salen a la superficie, y dice la leyenda que aquel que consiga ver una, tendrá mucha suerte en la vida….

Si no vemos vietnamitas ejercitándose, seguro que veremos a parejas de novios, haciéndose fotos con sus vestidos de boda. Y la mayoría de ellas, terminan eligiendo para sus fotos, el puente The Huc, el puente del Rayo de Sol. Agua, árboles, un puente de madera de color rojo, neblina y novios. Postal bucólica que los lugareños conocen y cultivan.

Hay que traspasar el puente de madera, y entrar en el Templo de la Montaña de Jade, el Den Ngoc Son. Uno de los templos mas venerados de la ciudad, y donde los vietnamitas queman dinero a modo de ofrenda en unos cuencos de madera en la entrada. Dinero falso, pero dinero que hay que comprar con dinero auténtico. El humo de la ofrenda, se mezcla con el humo del incienso, y camuflan un poco el olor de papel quemado que inunda la entrada. Dentro, previo pago de 2 euros, una sucesión de varias salas, cada una con altares diferentes, con ofrendas a modo de alimentos, de bebidas, de tabaco, y de más dinero, pero esta vez dinero de verdad. Quizás los espíritus de la tierra, a los que está dedicado el templo, se empeñen en salir de noche, y recoger las ofrendas frutales que se depositan en unas mesas al borde del agua.
En los alrededores del lago, destaca la estatua de bronce de Ly Thai To, fundador de la antigua capital imperial de Thang Long. A los pies de la estatua, flores, incienso, y algo que aprendí que abunda en todo el país: Los bonsáis.

En la misma acera de tan ilustre personaje, se encuentra uno de los muchos teatros que ofrecen el espectáculo de las Marionetas de agua. El Teatro Thang Long, nos ofrece 60 minutos de música tradicional, de marionetas moviéndose por el agua en un guión fácil de seguir aunque no se entienda ni una sola letra de lo que se habla. Curiosa tradición milenaria, fiel expresión de una de las costumbres más antiguas de la cultura vietnamita. Dragones que escupen fuego, un relato con toques de tradición campesina, marionetas de madera que parece que floten sobre una inmensa piscina de agua, y en el aire, la sensación de ver un espectáculo único con una duración justa y apropiada. Las calles adyacentes al teatro de las marionetas, nos adentran al Barrio Viejo: la ciudad más tópica, la más comercial.

El barrio viejo, lleno de ruido, de actividad, de comercios… lleno de vida, es el barrio más autentico de todo Hanoi. Hace más de 700 años, los artesanos de entonces se fueron agrupando por zonas, en los alrededores del rio Rojo. Su misión, abastecer al palacio. Con el paso de los años, sus clientes han cambiado, y los productos de sus tiendas, son ofrecidos a los miles de turistas que como nosotros, se pierden por este caos organizado de calles y tiendas.
Motos, motos y más motos. Innumerables tiendas de motocicletas, se repiten sin cesar. Todas las marcas y colores inimaginables, se ofrecen en tiendas pegadas las unas a las otras. Un enorme bazar de dos ruedas…y de cascos.

La calle de los fabricantes de velas de barco, se junta con la calle de los marmolistas de lápidas. Los olores de las tiendas de pescado encurtido, camuflan las tiendas de especias. Puedo comprar cascos de moto en una interminable selección de colores pero con una forma única, peluches de todos los tamaños y formas, cafés, sedas, bambú, joyas, incienso, juguetes, camisetas, billetes falsos de papel, bombillas, zapatos, lacados, linternas de colores, y otros objetos inexplicables. Cada gremio, cada actividad, tiene su calle, tiene su espacio, ganado a la acera, pues las tiendas tienen las aceras como escaparates, y las motos como compañeras de decoración en sus puertas. Si algo llama también la atención, son las tiendas de moda oriental con maniquíes occidentales. Ropa de marca auténtica, fabricada en Vietnam. En las tiendas de vestidos de novia, los posibles clientes tienen que dejar los zapatos en la entrada y como si el templo del amor estuviera en su interior, hay que caminar descalzo entre sedas, rasos y terciopelos. Si quiero escapar de este laberinto de comercios, quizás quiera entrar en una de las numerosas agencias de viaje, que venden todos los billetes posibles, para todos los lugares donde se quiera ir.

La milenaria Hanoi es calle. Hanoi vive en la calle. Se come, se vende, se charla y algunas veces hasta se duerme en sus aceras. Si no se tiene bastante con las compras, siempre se puede recurrir al mercado de Dong Xuan, un edificio de tres plantas, que alberga el mercado más antiguo de la ciudad, y donde las telas se apilan en montones, y las dependientas se quedan dormidas sobre montañas de pantalones tejanos.

Vietnam, el país más importante de toda la península Indochina, goza de una excelente reputación culinaria. Y varios restaurantes en Hanoi, hacen honor a esa merecida fama. Las calles del barrio viejo, o las del barrio francés, ofrecen una excelente selección de locales, llenos de turistas, y con garantía sanitaria. Si no se tiene miedo a nuevas experiencias, cenar en uno de los numerosos restaurantes que sirven sus platos en la calle, es algo totalmente recomendable. Barbacoas callejeras, o mariscadas en plena noche, sentados en unos minúsculos taburetes a la orilla de un lago, sin luz, y con mosquitos como vecinos de mesa. Comida deliciosa, exquisita, aunque a veces los sabores, sean un tanto peculiares. Hanoi está salpicada de centenares de puestos callejeros de comida rápida, de dulces, de vegetales fritos envueltos en una espesa masa, de frutas, de bebidas, de sopas callejeras de impresentable apariencia y dudoso gusto. Hanoi es comida en la calle. La calle es comida en Hanoi. Y la mejor selección de restaurantes se encuentra en la calle Ma May:

El Tamarind Café, un local para turistas, donde te puedes dar un masaje, después de comerte unos postres deliciosos. O el 69 restaurant, un local de comida vietnamita exquisito. Si se desea algo más original, y menos glamuroso, se debe acudir a los restaurantes escuela de la cadena Hoa Sua School, donde jóvenes con alguna discapacidad, son educados y enseñados para trabajar en las cocinas o como camareros. Hay varios restaurantes en Hanoi de la misma cadena, y también por todo el país. Además la comida es buena y barata.

Hanoi es historia, es arte, es tradición. Hanoi es soviética. Y fruto de esa influencia es el culto a la personalidad del que fuera líder espiritual y político del país, y ahora convertido en casi un objeto de reverencia. Ho Chi Minh. El tío Ho.

Padre de la reunificación de Vietnam, aunque muriera sin verla realizada, sus restos mortales, embalsamados, reposan en el mausoleo que lleva su nombre. Su visita se realiza tras una liturgia de actos y costumbres. Con marcialidad militar, hay que adentrarse por el complejo y dejar cámaras de fotos y video en una consigna, dentro de un bolso. No se puede o no se debe hablar en la fila. Tras cruzar un enorme patio, todos en fila india, se accede al edificio, fuertemente custodiado por guardias con traje de gala, pero con armas de guerra, en silencio. Unas escaleras nos llevan hasta un piso superior, donde reposa el cadáver del líder vietnamita, con numerosos guardias custodiándolo. Tan sólo unos pocos segundos, para entrar, circular y desaparecer, en silencio, por otra puerta. El culto a la personalidad en su esplendor más auténtico. Y eso que Ho Chi Minh pidió ser incinerado.

Lo mejor del complejo, es el resto del mismo. Su explanada principal, donde los guardias no dejan acercarse demasiado para fotografiar la enorme mole con columnas del mausoleo. Los jardines exteriores, perfectamente cuidados, y los edificios adyacentes, como el edificio colonial del palacio Presidencial, la casa sobre pilotes, toda de madera y que servía de retiro al líder, o la preciosa Pagoda del pilar único. Esta pagoda es uno de los iconos de Hanoi, y como su nombre indica, se alza sobre una columna de piedra, en medio de un estanque de flores de loto.

La influencia francesa en Hanoi, es evidente. La antigua Indochina, resurge en cada esquina del barrio francés, y los mejores edificios están situados en este lugar. Los hoteles mas exclusivos, el teatro de la Opera, las embajadas, los edificios gubernamentales…y por todo el barrio y por los barrios adyacentes, las bicicletas vietnamitas convertidas en improvisadas tiendas ambulantes de flores. Jamás había visto bicicletas tan preciosas como esas. Flores andantes.

Casi en los límites del barrio francés, se alza la Catedral de San José, la iglesia católica más importante para los vietnamitas, y centro de reunión para la comunidad católica del país. Pero detrás de la Catedral, una pagoda. En Hanoi hay decenas de pagodas, de templos, de lugares de culto, de ofrendas, de reverencias….la pagoda de los embajadores, construida para recibir a los dignatarios budistas extranjeros, es una de las más populares de la ciudad. Sorprende ver, tanto trasiego de personas en un lugar de culto, no dejando espacio para las ofrendas, mientras el humo de los inciensos, y de los billetes quemándose se impregna en la ropa de cada uno. Una imagen curiosa, es ver a los monjes budistas, dirigiendo a los turistas, que como nosotros intentamos captar las imágenes de un altar lleno de imágenes de Buda. Una pequeña pagoda, que se llena muy rápidamente de fieles, turistas y humo. Templos y pagodas. Templos para rendir culto, pagodas para rezar.

El templo más espectacular de todo Hanoi, es el Templo de la Literatura. Edificado hace casi 1000 años en honor a Confucio, fue durante mucho tiempo un lugar dedicado al aprendizaje de los antiguos mandarines. Cinco patios rodeados de sus muros, cinco patios con cinco decoraciones diferentes. Entrada, 4 euros.
Hay que adentrarse en este templo con ganas de pasar un buen rato, y evitar saturarse de imágenes y altares. Tras la primera puerta, se van sucediendo los patios, un jardín, flores de loto a medio abrir en un estanque y césped bien cuidado. El tercer patio esta flanqueado por decenas de estelas, colocadas sobre pedestales en forma de tortugas de piedra. En cada estela, nombres de algunos de los estudiantes que pasaron aquí sus días. Tocar una tortuga, da buena suerte. Cuanto más nos adentramos en el templo, más altares y figuras encontramos. El templo de Confucio, destaca por sus adornos en color dorado y rojo. Su altar está flanqueado por estatuas de grullas colocadas sobre tortugas.

La sala de la música, la gran campana, o el tambor gigante situado en el fondo del templo, las torres, las puertas decoradas en sus techos con figuras de amenazantes dragones, las novias que vienen al templo a hacerse fotos, las tiendas de recuerdos con predominio de los objetos budistas, las ofrendas, los turistas despistados que se paran y estropean la mejor foto del día, los centenares de vietnamitas cargados con cestas de frutas, carnes, alcohol y tabaco como ofrendas a los budas del interior…y el calor, el omnipresente calor y la humedad….todo junto en un templo, en un lugar, en un espacio que perdérselo, hubiera sido un error.

Como otro error imperdonable sería no pasear por la orilla del lago Ho Tay, lago lleno de historias y leyendas, donde hoy unas barcas en forma de cisne sirven para navegar por el, y disfrutar de unas preciosas puestas de sol. En la orilla del lago, al atardecer, los murciélagos invaden el cielo, para cazar los numerosos mosquitos que pululan por el aire. En esta guerra alimenticia, me pongo del lado de los murciélagos, pues ellos no me acribillan tanto como sus victimas. En el extremo más oriental del lago, se ubica la pagoda de Tran Quoc, la más antigua de la ciudad. Llena de monumentos funerarios y de monjes por su jardín, es una de las más bonitas de todo el país. Su ubicación al lado del lago, la hacen merecedora de una visita. Y sobre todo cuando se comprueba que las luces del atardecer la dotan de unos colores únicos. Su interior, lleno de columnas, sus espacios abiertos y sobre todo la poca masificación que tiene, la hacen un lugar único para pasear e intentar encontrar un poco de calma, en esta bulliciosa ciudad.

La calma, también la podemos encontrar paseando por los caminos del parque Lenin, una enorme extensión de zonas verdes, que rodean al Lago Bay Mau, y que necesita con urgencia que la remodelación que se esta llevando, termine cuanto antes.

Si el tiempo lo permite, aún podemos adentrarnos en algún museo, y conocer algo más del arte, cultura o historia vietnamita. Me inclino por el museo etnológico, 1 euro la entrada, al oeste de la ciudad. Una casa étnica de las Tierras Altas, un Kinh me recibe. Tan importante e interesante es el exterior del museo, como el interior. Construcciones de edificios étnicos, inmensas canoas de tiempos inmemoriales, figuras de madera con simbologías eróticas, y jardines, muchos jardines.

En el interior, a través de dos plantas, se ubica una colección de trajes de las tribus de las montañas, tejidos, instrumentos musicales, de pesca, herramientas de trabajo e historia sobre sus costumbres. Interesante museo, aunque con mucha información condensada, que termina por saturar.
Me siento en un portal cualquiera. Ya parezco un vietnamita más. Hanoi vive en la calle, en los portales. Las casas de Hanoi, los edificios, altos y estrechos, “casas palillo” las llaman, largas, altas, estrechas, diferentes… si no se quiere andar por sus calles, siempre habrá un motorista que te lleve a cualquier lugar de la ciudad, si eres capaz de pronunciarlo en su idioma. Los mapas son indispensables en la ciudad del Dragón Volador. Hanoi enamora, seduce, enloquece, pero no te deja indiferente. Ciudad bulliciosa, enorme y contaminante. Pero con un espíritu propio que la desmitifica de las ciudades sin personalidad.

Hanoi es la primera esquina de un manto verde de arroz.

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