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Un paseo por Atenas

 

Atenea: Diosa de la sabiduría y de la guerra.

Guardiana de Atenas

Estoy seguro que no he visto Atenas. Quizás tan sólo he contemplado, esa pequeña porción de ciudad que rodea a uno de los lugares más admirados y fotografiados del mundo.

La Acrópolis y sus barrios colindantes, turísticos y llenos de vitalidad. Atenas desde la ventanilla del avión es un sinfín de hileras blancas que se pierden en el infinito, con un espacio verde que rompe la uniformidad del color. Atenas desde el tren que me lleva al centro de la ciudad, es una enorme megalópolis llena de nombres curiosos en un alfabeto que no alcanzo a comprender. Atenas desde la calle, es una ciudad repleta de turistas, con cámaras fotográficas en busca de la imagen mítica del Partenón.

Todo discurre en torno a la antigua ciudad, en torno a uno de los yacimientos arqueológicos más admirados de todos los tiempos. Es como si el resto de la ciudad fuera invisible a nuestros ojos, y nos empeñáramos única y exclusivamente en conocer una decima parte de Atenas. A decir verdad, yo también hice lo mismo, porque no encontré, ningún motivo que me sedujera para traspasar las invisibles fronteras de los barrios de Plaka y Monastiraki. Si consigo que las sábanas no se me peguen demasiado, y me armo de voluntad, intentaré madrugar para poder visitar la Acrópolis con un mínimo de tranquilidad adelantándome a las manadas de turistas detrás de un guía con un cartel y un número. El Oráculo de Delfos, declaró en el siglo V a.de C, que este lugar, la Acrópolis o ciudad alta, debía de quedar reservado para los Dioses; afortunadamente Pericles unos años más tarde, empezó la tarea de reconstrucción de todos los edificios de los que hoy tan sólo permanecen unos pocos restos en pie.

El Partenón, el mayor tesoro de Grecia, es visible desde cualquier punto de la ciudad, y por las noches, cuando las luces lo iluminan, se convierte en una de las imágenes que se quedan para siempre grabadas en la retina. Varios caminos conducen a la Acrópolis, pero todos, tienen restos de historia en su camino, de otros templos, de otros lugares. Antes de llegar a la puerta principal, a la antesala del Partenón, las imágenes de una Atenas a mis pies, me invaden. Observo los restos del Odeón de Herodes Ático, de algunos mosaicos en el suelo, y de restos de columnas que me dirigen hacia la puerta Beulé. Empiezo a asombrarme, hasta que los gritos de algún grupo japonés me despiertan de golpe. Hay que empezar a pelearse para captar un lugar para poder tomar las primeras fotos del monumento a Agripa o del bien conservado templo de Atenea Niké.

Al fin cruzo la entrada al patio y ante mí, ahora ya si, el monumento que mejor encarna la gloria de la antigua Grecia. Aunque su estado de permanente restauración y con la mayoría de sus frisos repartidos por los museos le puedan quitar algo de espectacularidad, no puedo dejar de quedarme quieto frente a el, y observarlo; grabar en mi memoria cada columna, cada piedra, cada contraste de color. Construido todo en mármol, el apartamento de la virgen, pues este es la traducción literal de Partenón, impresiona. Le doy vueltas, busco las esquinas que no estén tan atestadas de turistas, lo fotografío una, dos, diez, cien veces, y aun así me parece que no puedo captar toda su imagen, toda su fuerza. 17 columnas laterales por 8 frontales. El calor empieza a aparecer de la mano de los grupos turísticos. Tengo que darme prisa para poder encontrar algún rincón solitario y poder descargar mi cámara de fotos sin cesar.

Desde lo alto de la colina contemplo los restos del templo de Zeus Olímpico. En sus tiempos, tuvo 104 columnas impresionantes; hoy tan solo unas 20 columnas quedan de un templo que fue considerado el mayor de la antigüedad. Fugaz esplendor. Aunque el Partenón era el monumento más impresionante de la Acrópolis, tan solo tenía un fin más de admiración que no de Santuario. El lugar más sagrado era el Erecteión, en un lateral del Partenón. Las figuras femeninas de las cariátides, sobresalen por su belleza, aunque las que aquí se contemplan, son tan solo unas replicas. El lugar de culto, el lugar donde según la mitología Atenea y Poseidón rivalizaron por ser los protectores de Atenas, se escapa de la concentración extenuante de turistas, y como escondiéndose tímidamente, nos muestra su rico arte, y el camino de salida de la Acrópolis. Después de admirar por centésima vez las columnas del Partenón, desciendo por la ladera, hasta llegar al Ágora antigua, el centro de reunión de los antiguos atenienses. Infinidad de restos de antiguas construcciones se esparcen por una vasta extensión de tierra, árboles y césped.

 El edificio más espectacular del lugar, es sin duda el Templo de Hefesto, que parece un calco fiel y completo del Partenón anteriormente visitado. Por algo es el templo dórico mejor conservado de toda Grecia. 34 columnas y sus frisos casi intactos. Una delicia de ver, contemplar y fotografiar. En los alrededores del templo, estatuas sin cabeza, mosaicos e iglesias. Abandono el Ágora, no sin antes visitar la Estoa de Atalo y el museo del Ágora.

Los caminos de Atenas, me llevan hasta el antiguo cementerio de Keramikos, donde aun se pueden observar algunas tumbas antiguas y los restos de fuentes y puentes. Pero lo mejor del cementerio, se esconde en su exterior, donde los vendedores de artículos de dudosa procedencia, juegan al gato y al ratón con los coches de la policía. Los móviles de última generación salen de los bolsillos de los vendedores, a poco que te acerques y les mires. Si aún necesito un empacho mayor de arte e historia del yacimiento, podré visitar su museo, el Nuevo museo de la Acrópolis, un moderno edificio, de varias plantas, donde se esconden varias piezas maestras de arte e historia griega, además de las Cariátides verdaderas. Y lo mejor de todo: un documental en la última planta narrado en ingles o griego, donde se explica toda la historia del Partenón. Muy interesante.

Atenas, la pequeña Atenas, dentro de la gran Atenas, tiene miles de cafeterías, de terrazas, de bares, para descansar, comer, cenar, o tomarse un café frappé. Me sorprende la rapidez y la profesionalidad de los camareros griegos, algo que he observado varias veces por toda Grecia. Sumergirse por el centro del barrio de Monastiraki, a primera hora de la tarde, es sinónimo de sortear las decenas de restaurantes que sacan sus mesas a la calle, y unos camareros que te ofrecen todos los manjares posibles, en cualquier idioma. Empiezo a familiarizarme con la ensalada griega, el souvlaki o la musaka. Comer en Grecia es un placer, un exquisito y generalmente económico placer. La cerveza griega, me ayuda a calmar el calor reinante. Atenas vive del turismo, y las tiendas de souvenirs, brotan en cada portal, en cada esquina, en cada rincón mínimamente visitable. En todas las tiendas, están los mismos objetos. Tan sólo cambia su colocación y su precio. Quiero contemplar la ciudad de noche y ver las luces del Partenón.

Las callejuelas encaladas que discurren a los pies de la Acrópolis, son un laberinto estrecho y caótico, que me muestra una Atenas alejada de las masas turísticas. Creo que me pierdo por callejones sin salida y con calles poco iluminadas, pero siempre encuentro una salida que me conduce de nuevo a la bullicie. En el Ágora, encuentro un pequeño montículo que sirve de mirador improvisado sobre Atenas y sobre las luces del Partenón. Pero igual que yo, otros muchos atenienses o turistas exploradores, encuentran el mismo lugar y también debo pelearme por encontrar un lugar donde sentarme, y dedicarme a contemplar las luces de la ciudad. Mi primer día en Atenas, concluye con la sensación de ¿y mañana qué? Creo que he visto lo que necesito, lo más valioso.

Pero me equivoco. Sin madrugar tanto como el primer día, me acerco al centro Político, social y de plena actualidad de la ciudad. La plaza Syntagma. El edificio del parlamento griego, es austero, sencillo, simple. Lo peculiar es lo que lo custodia. Los dos guardias vestidos con un el traje ceremonial griego, custodian el monumento al soldado desconocido. Los evzones, que así se llaman estos guardianes, realizan un cambio de guardia cada hora. Es realmente curioso ver este momento. Después de realizar el cambio, las verjas se abren un poco, y con respeto, y sin acercarse a las paredes del monumento, está permitido hacerse fotos con los guardias. Frente al parlamento, el otro lugar pulso de la actualidad más reciente. Las acampadas del movimiento 15-M, de indignados griegos. Alguna mención a las acampadas españolas, banderas, consignas y muchas tiendas de campaña. Las asambleas son también constantes, pero a menos que se domine el idioma, sus debates y conclusiones, no son perceptibles.

Sigo callejeando y me acerco a la zona del templo de Zeus Olímpico. Me recibe el Arco de Adriano, una puerta de entrada a los jardines del templo. En la confluencia de dos de las más grandes avenidas de la capital, el arco que el emperador Adriano hizo por la devoción que sentía por la ciudad, se levanta entero, y es símbolo de la división que siglos atrás existía entre la ciudad antigua y la moderna. El arco, queda eclipsado por las columnas del templo de Zeus, que lo vigilan desde la distancia. Atenas y Roma. Romanos y griegos. Diferentes tipos de arte, que confluyen en la ciudad.

El Ágora romana, cerca de la griega con tan solo un montón de piedras sin demasiada brillantez, con una única excepción: la torre de los vientos. Preciosa. Cerca del Ágora, los restos de la biblioteca de Adriano. Más columnas a los pies de la Acrópolis. Sigo pensando, que para descubrir esta pequeña Atenas, tengo que perderme por sus calles, y descubrir Iglesias ortodoxas y otras de católicas; la catedral de Atenas, o el monumento de la linterna; baños turcos, mercadillos, museos y jardines. Creo que de tanto andar, me acercaré a alguna terraza de cualquier hotel y descansaré en un cómodo sofá, con un buen café frappé, mientras contemplo los colores nocturnos de la Acrópolis griega.

Pero mi visita a Atenas, no sería completa, sin hacer una pequeña excursión al Cabo Sunion, y contemplar una puesta de sol, desde el Templo de Poseidón. A una hora escasa de Atenas, la carretera me lleva al extremo más septentrional de la Grecia peninsular. En el Cabo Sunion, en un emplazamiento espectacular, se alzan las 15 columnas que quedan del templo a Poseidón, en un acantilado, frente al mar, en un paisaje deslumbrante y enamoradizo. Un enclavamiento excepcional, para contemplar una de las más maravillosas puestas de sol griegas, con los rayos del sol filtrándose entre las columnas del templo. Precioso. Atenea, fue sabia. Por algo era la protectora de la ciudad, y diosa de la sabiduría. Por algo Atenas, está salpicada de sabiduría, en cada una de sus esquinas. Poseidón fue sabio. Derrotado de su pugna con Atenea, nos brinda desde su templo, la magia exquisita de ver caer el sol a través de sus columnas. Estoy en Grecia.

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