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Tumbas y ciudades imperiales. El centro de Vietnam

 

A poco más de 100 kilómetros de Hanoi, pero a más de dos horas de viaje, se encuentra la llamada “Bahía de Halong de los arrozales”, Tam Coc. Un enorme paraje, cercano al parque Nacional de Cuc Phuong, cuya belleza tan sólo se aprecia en todo su esplendor, si se hace esta visita antes que a la auténtica Bahía de Halong.

Visitar Tam Coc, es armarse de paciencia y dedicarse únicamente a disfrutar de un paisaje increíble. Hay que navegar por las agua del rio Ngo Dong, a bordo de un pequeño bote de madera, impulsado por los remos, de una casi siempre mujer vietnamita, que va manejando las palas del remo con sus pies. El paisaje es de una belleza embriagadora, con unas rocas que emergen del agua, en medio de una exuberante vegetación y con el único sonido del chocar de los remos con el agua. Tam Coc, que significa las tres cuevas, es una larga travesía de casi dos horas, entre ir y venir, y en la cual se penetra en tres pequeñas grutas, de diferentes extensiones, y donde al final del trayecto hay que pagar el peaje de tanta belleza.

Vendedores con barcas, que no conocen el significado de la palabra “No” se te acercan ofreciéndote todo un surtido de bebidas, de comida o de bebidas para el barquero. En el trayecto de vuelta, los remeros aflojan un poco su ritmo, para intentar venderte manteles, camisetas u otras telas bordadas a mano. De nuevo la sensación de ser un dólar con patas, se apodera de uno, y empaña un poco la magia del lugar, que seguramente la masificación turística, terminará por estropear en breves años.
Surcar las aguas tranquilamente, observando los reflejos de las rocas en el agua, oyendo el silencio, o contemplando las insólitas tumbas que sobresalen en las orillas, es una imagen que se queda para siempre grabada en la memoria.

Si se quiere complementar la visita con algo de arquitectura, se puede visitar la Pagoda de Bich Dong, a tan sólo 2 kilómetros de Tam Coc, una pagoda acariciada por arrozales, convertida en lugar de culto para los vietnamitas.
Tam Coc, sería el paisaje del interior. La Bahía de Halong, sería el paisaje del país, la maravilla natural de Vietnam.

La Bahía de Halong, patrimonio mundial, lugar casi místico para los vietnamitas, es uno de esos lugares que toda persona debería visitar una vez en la vida. Las aguas verde esmeralda del golfo de Tonkín, salpicadas por más de 3000 islas, es sin duda alguna, la atracción paisajística más importante de Vietnam. Pero toda belleza, tiene un peaje y el de Halong Bay, es su masificación. Tras casi 4 horas de viaje desde Hanoi, se llega a un embarcadero, donde el principal problema es no perderse entre tanta gente esperando su barco para navegar. Es un pequeño caos organizado, donde hay que dejarse aconsejar por los guías, o intentar averiguar como se puede subir a un barco, y cuanto cuesta el viaje.

La masificación desaparece, en el mismo momento que somos ubicados en pequeñas lanchas transportadoras, que nos acercan a los barcos de madera anclados unos metros aguas adentro. Sustituimos las masas de personas, por enormes barcos de madera apiñados casi uno al lado del otro. La estampa mágica de la bahía, no ha aparecido aun, y me resisto a creer, que las fotos que he visto en decenas de portales de internet, o en catálogos de viajes, no las pueda yo ver en algún momento.
Poco a poco vamos alejándonos de Halong ciudad, y empezamos a surcar el paisaje mágico de la bahía.

Enormes rocas cubiertas de verde vegetación sobresalen del agua, en un arco iris de color verde. Más de 3000 rocas calizas para recorrer. Un laberinto.

Donde el dragón se sumerge en el mar, nombre vietnamita de la bahía, de una bahía refugio de piratas y soldados, de bandoleros, de personas anónimas que amparadas por la grandiosidad del lugar, se refugiaban en alguna de las rocas con cuevas en su interior, creadas por el azote de los vientos y la erosión del agua. Surcar por estas aguas, me trae a la mente pasajes de la película Indochina, donde un joven enamorado se refugia en alguna de estas cuevas.

El día no tiene su mayor brillo, y la lluvia que ha caído intermitentemente proporciona al ambiente una tenue neblina, salpicada de reflejos esmeralda de las aguas. Como si estuviera surcando un sueño, como si el cruzar por entre las formaciones rocosas que brotan de las aguas fuera un espejismo, nuestro barco echó anclas frente a la isla de Cat Ba. Y con unas pequeñas lanchas, nos dirigimos hacia la gruta de Hang Sung Sot, donde desde su entrada se tiene la mejor imagen concentrada de la bahía. El interior de la gruta, el inmenso interior perfectamente iluminado, muestra una seria de rocas, con diferentes formas, que la imaginación de cada uno le pondrá nombre. La más comentada y venerada por la población local, es una roca puntiaguda de forma erótica.

En los viajes de dos días por la bahía, después de la gruta, se tiene la opción de surcar las aguas a bordo de un kayak, y acercarse ligeramente a las casas de los pescadores que viven entre las aguas de la bahía y con las enormes rocas de piedra, a modo de resguardo. Las enormes barcas de madera, se sustituyen ahora por pequeños kayaks amarillos que sin rumbo fijo se adentran por las aguas de Halong Bay, buscando aquel rincón escondido y solitario que se convierta en la foto del día, mentalmente, pues las cámaras de fotos se quedan a buen recaudo en los grandes barcos.

Es fácil perder la noción del tiempo en este lugar, y que los minutos se conviertan en horas. Me siento partícipe de un paisaje. Me siento parte de un lugar que sabía que existía, pero no sabía que viviría. Pegarse un baño en estas aguas, es formar parte del lugar, es mezclarse con colores, temperaturas y sensaciones. Nado por el agua y mis ojos solamente son capaces de ver rocas, vegetación, barcos de madera…poesía en el paisaje. La temperatura del agua es tan perfecta, que tengo ganas de dejar mi cuerpo inerte, y ser arrastrado por alguna corriente que me deposite en cualquier playa artificial que vislumbro a lo lejos.

Se acerca la noche y dormir en alta mar, con el silencio de melodía y el agua de compañía es una experiencia cercana a la perfección, Pero antes de que las luces se apaguen, las diversiones en los barcos a modo de karaoke, harán que el tiempo pase volando, y las sonrisas aparezcan tan rápidas como algunos espontáneos de otros barcos.

Amanece en la costa norte de Vietnam. El sol no consigue dispersar las neblinas matinales que impiden ver la superficie esmeralda de la bahía. Amanece en el barco.
Me siento en la cubierta intentando captar todas y cada una de las imágenes que veo, de las piedras, del agua, del cielo, de los paisajes, de las gaviotas que revolotean buscando algo de comida…Si el sol, me hubiera acompañado, quizás aun seguiría allí. Una sola palabra describe el lugar: Único.

De vuelta a la realidad, y a tierra firme, me esperan de nuevo casi 4 horas de coche hasta la capital, donde un pequeño vuelo domestico me llevará hasta la ciudad de Hue.
El nombre de Hue, paz, en una derivación del vietnamita antiguo, y la ciudad se muestra ante mí como dos ciudades en una sola. Por un lado la Hue moderna, de rectas avenidas, con poco tráfico en comparación con la capital, de estética oriental pero con influencias occidentales, y por otro lado la Hue antigua, la histórica, la ciudadela. La ciudad, fue sede del poder imperial de la dinastía Nguyen desde mitad principios del siglo XIX, hasta mediados del siglo XX.

Para empezar un recorrido por la antigua capital del Vietnam, hay que sumergirse en un recinto de tan sólo 200 años de antigüedad, y más de 10 kilómetros cuadrados. La Ciudadela, edificada por y para gloria de los antiguos emperadores. Un enorme foso, rodea los cuatro largos y extensos lados de un recinto cuadrado, lleno de pabellones, palacios, templos, torres, puertas y cañones.
Hay que recorrer todos los espacios sin prisa, dejándose guiar por la intuición, entrando por cada puerta abierta y descubrir su interior, lleno casi siempre de altares, o fotos de los antiguos emperadores. Puertas que esconden salones a medio decorar, o que abrigan objetos de arte de inclasificable belleza. Escaleras, urnas dinásticas y más salas. La ciudadela hay que patearla, y buscar el abrigo del sol que no deja de brillar y de calentar hasta las cejas.

En los alrededores de la Ciudadela, siempre habrán ciclo taxis dispuestos a devolverte a la civilización, a cambio de algunas monedas negociadas de antemano.
La ciudad de Hue tiene Pagodas, templos y tiendas. Seguramente siempre se encontrará un lugar que visitar, o una imagen que llevarse de recuerdo, pero la actividad más recomendable e imprescindible, es visitar las tumbas de los emperadores a través de una navegación por el Rio del Perfume. Hay barcas que realizan este trayecto por grupos, pero lo más recomendable es alquilar una barca privada y establecer el orden y el tiempo de las visitas.

El río perfume, el Song Huong, cruza y parte la ciudad de Hue. En la orilla del rio, en el muelle fluvial de la calle Le Loi, se apiñan las barcazas esperando a sus clientes, siempre que la fiesta de “El Festival” no haga acopio de barcos, dejando únicamente unas pocas embarcaciones libres, que se aprovechan, económicamente, de la escasez de barcas disponibles. La ruta libremente marcada empieza por la Pagoda de Thien Mu.
Una torre octogonal de más de 20 metros de altura nos recibe a los pies de una pequeña colina. Sin proponérselo esta pagoda se ha convertido en un símbolo de la ciudad. Si la torre que desde el rio emerge en una pelea de espacio con los arboles del lugar, es preciosa, el interior de la pagoda es sencillamente aun mas bello. Un pabellón hexagonal, con una campana de más de 2000 kilos, oculta unos cuidados jardines llenos de bonsáis y de un lago con varias flores de loto a medio abrir. El lugar es para pasear, sentarse en el suelo, y olvidarse del reloj.

Pero el tiempo, siempre es escaso cuando se tiene hambre de turismo. Y las tumbas reales diseminadas por lo largo del rio nos esperan. 7 tumbas se pueden visitar si se dispone de tiempo suficiente, pero si no, se puede hacer una pequeña selección de las más representativas, como la de Tu Duc, majestuosa tumba, a 3 kilómetros de la orilla del rio, y que unos vietnamitas con sus motos nos acercaron a cambio de una negociable tarifa. Las entradas a las tumbas cuestan poco más de dos euros cada una.
La tumba de Tu Duc, con pequeño lago incluido, es un enorme y silencioso recinto, lleno de escaleras, diminutas figuras de piedra, lápidas funerarias y calor. Los árboles que rodean el extenso perímetro, tan solo decoran el lugar, pero no calman ni un segundo el abrasador sol que las piedras recogen. Pabellones con grabaciones de mármol de los logros del emperador; un templo para rendirle culto; un sepulcro a salvo de ladrones; un patio lleno de estatuas, y sobre todo un estanque, con flores. Todas las tumbas guardan una similitud entre ellas, pero cada una es especial y diferente de las otras. Tu Duc, fue un acierto.

Pero sin lugar a dudas, la que más me impresionó, fue la tumba de Khai Dinh. De nuevo necesito las motos lugareñas para que me lleven al lugar, y ante mi, se alza el monumento funerario mas espectacular que yo recuerde. Distinta, grandiosa, impresionante…se agotan los calificativos para un lugar que será uno de los que más recordaré de todo el viaje.
Una treintena de escalones, me llevan al primer patio, flanqueado por varias estatuas de piedra de caballos, elefantes, animales mitológicos y mandarines. En un momento, parece que cobren vida y se pongan a desfilar por el ancho patio donde se ubican. Unas escaleras más y llego hasta el edificio principal, donde en un altar, se rinde culto al emperador. La sala llena de objetos y fotos de Khai Dinh, está decorada con diversos murales y estatuas de bronce. El interior es delicado, pero el exterior es majestuoso. La mejor tumba de todas. Espectacular la mezcla de barroquismo chino vietnamita.

Para terminar nuestro recorrido, nos dirigimos hacia la tumba de Minh Manh, una sucesión de templos, estancias y pequeños estanques, a ambos lados de unos patios y puentes que en línea recta, van marcando el sentido de la visita.

He visto 3 tumbas de 7. Pero creo que he acertado con la elección. De regreso a la ciudad, me relajo en el suelo de la barca, y dejo que el tiempo pase entre ríos, paisajes y más barcas que comparten el cauce. La antigua capital, me ha mostrado historia y tradición. Hue me ha sumergido en un cauce de piedras funerarias, de tumbas dignas de reyes, de exclamaciones y de asombro.
Decido emprender mi camino hacia Hoi An, haciendo una pequeña pausa en el Museo de la Escultura Cham, en Danang, que por poco más de un euro, me permite ver la colección más completa del mundo, de esculturas del reino Champa, que habitó estas tierras hace más de 5 siglos. El museo está repleto de estatuas con influencia de la India, y de sus dioses como Shiva, Brahma o Vishnu. Para los amantes del arte y de la historia, será un placer, para el resto de los visitantes, después de ver las dos primeras salas, el resto del museo empieza a saturar. Si no se tiene tiempo en visitar las ruinas de My Son, el museo sirve de pequeño sucedáneo artístico.

De camino a Hoi An, me detengo en una montaña especial. La montaña de mármol. Hasta hace unos años todo el mármol utilizado en el país, se extraía de aquí. Ahora esta piedra llega de China, pues si se agota el mármol de la montaña… ¿Qué se visitará? Entrada 3 euros.

Unas empinadas escalaras nos conducen a un primer nivel, donde la imagen de un Buda sentado, de un inmaculado color blanco nos da la bienvenida. A su derecha un pequeño templo que sirve de escuela floral a los alumnos de la zona. Me paseo por sus estancias, y me quedo asombrado de la rica decoración de las estatuas de alrededor. Mármol y más mármol, con ornamentos de distintos colores, decoran los trozos de escalera que me llevan a lo más alto de la montaña. Y empiezo a descubrir cuevas, estrechas y angostas cuevas, con varios Budas tallados en su interior. La poca luz que entra me sirve para localizar a decenas de murciélagos que están inmóviles en el techo. Descubro agujeros, entradas imposibles e imágenes budistas en rincones estratégicos. Me sorprende que hasta aquí, lleguen las ofrendas de los vietnamitas a modo de velas e incienso. Subo por escaleras naturales, trepo por trozos de pared, y en cada tramo descubro nuevas imágenes.

Podría perderme por todo el lugar, pero con la seguridad que siempre encontraría a un niño con una linterna que se ofrecería a acompañarme hacia la salida. En lo alto de la montaña, obtengo las mejores vistas de la ciudad, de la playa, de toda la montaña a mis pies, y de la futura construcción de establecimientos hoteleros.

La cueva más impresionante de todas es la cueva de Huyen Khong, parecida a una catedral e iluminada por una apertura a cielo abierto. Inmensa bóveda en un espacio circular, con varios mandarines esculpidos, que montan guardia en su entrada. Espectacular.
Las escaleras me llevan por un descenso salpicado de imágenes, vegetación y mármol. Regreso al coche y me dirijo hacia la idílica ciudad de Ho I An.

La ciudad fluvial de Hoi An, desprende encanto en cada esquina, en cada rincón. Su casco histórico y peatonal, es como un museo viviente de personajes curiosos, sastrerías, escaparates originales, casas típicas y tópicas y turistas buscando el traje de moda occidental a precio oriental.

Hoi An, Patrimonio Mundial por la Unesco, fue durante varios siglos uno de los puertos marítimos mas importantes de todo el sudeste asiático, y quizás como un recuerdo fruto de ese trasiego de mercancías, navíos, nacionalidades y personas, hoy sea la ciudad con más comercios por metro cuadrado de todo el país. Vestigios de aquella época, son las casas de los mercaderes chinos que se instalaron aquí. Las sastrerías de todo tipo, se mezclan con las tiendas de zapatos. Las tiendas de ropa, rivalizan con las tiendas de souvenirs y las agencias de viajes. Las cafeterías y los restaurantes ocupan los únicos espacios libres que quedan entre los comercios y las casas típicas de la zona.
El centro de Ho I An es una cuadricula de 4 calles, donde a determinadas horas del día, es patrimonio de peatones, y las motos y los coches, tienen prohibido su acceso. Por toda la ciudad se respira un ambiente tranquilo, que su zona peatonal se encarga de potenciar.

En todo Vietnam, la gastronomía ha sido deliciosa. Pero en Hoi An, es donde mejor he disfrutado de los platos típicos del país. Podría recomendar el Sakura, quizás el mejor de todos, con una cocina y una presentación exquisita. O el Café Restaurant Hong Phuc, donde desde su terraza se disfrutan de unas vistas preciosas al rio, y se come un pescado fresquísimo sobre una hoja de plátano.

Pero aparte de pasear por la ciudad, contemplar los colores del atardecer que se reflejan en el rio Thu Bon, y probar alguno de los restaurantes mas exquisitos de todo el país, en Hoi An es típico y casi obligado, visitar alguna de las decenas de sastrerías que tienen sus puertas abiertas. El procedimiento es simple y sencillo. Se entra, se hojea cualquiera de las muchas revistas de moda que hay en el interior de las tiendas, se elije modelo, tela, color, se toman medidas y en menos de 24 horas uno se lleva la prenda hecha a medida, y a unos precios irrisorios en comparación con lo que costaría una prenda así, en nuestro país. Cualquier prenda que quepa en nuestra imaginación, estará en nuestra maleta en tan solo unas horas.

Cuando nos cansemos de las compras, nos podemos dedicar a visitar las casas antiguas y típicas de Hoi An. Casas por delante, comercios por detrás. Muy parecidas entre si, las únicas que destacan por ser diferentes, son las casas de reuniones de algunas congregaciones chinas, o alguna pagoda escondida entre tiendas y sastrerías. En cada casa, seguro, que se nos intentara vender cualquier objeto típico del lugar. A mi modo de ver, me resultó más agradable ver las fachadas de los restaurante y de las sastrerías, que no el interior de las típicas casas antiguas de la ciudad. Hay varias opciones de visita, todas incluidas en un solo ticket de 4 euros de precio, pero hay que elegir las casas, o lugares que se desean visitar. No se puede ver todo, tan solo 5 lugares a elegir.
Si un lugar merece una obligada visita, este es el Puente Cubierto Japonés, recubierto de madera roja, de más de 400 años de antigüedad. Su exterior es más bonito que su interior, pero aun así hay que cruzarlo, y alcanzar otras partes de la ciudad que parece olvidada. Cuando cae el atardecer, los colores rojizos y marrones del puente, tienen un color especial. No hay que pagar peaje para cruzarlo, aunque algunas veces, algunos guardias, se inventen una tarifa de paso, que tan solo los incautos abonan.

Quizás por el puente, quizás por que la comunidad japonesa es abundante en la ciudad, quizás por algún otro motivo, todos los años se celebra un encuentro de japoneses en Hoi An, días en que la ciudad pierde parte de su encanto y se convierte en una marabunta de personas que entran y salen de todas partes.

Si esto ocurre, o si tan solo queremos disfrutar de unos momentos de paz, es recomendable alquilar una bicicleta y recorrer los 5 kilómetros que separan Hoi An, de la playa. Dos playas bañan la costa de Hoi An, Cua Dai, la playa turística y Tran Hung Dao, la playa local. A simple vista, nada distingue una de las otras, quizás algo más de semi oferta turística, más bien escasa en la primera, pero a años luz de una playa turística española. Pero esto cambiará muy pronto, pues enormes complejos hoteleros, se construirán en la zona, y la publicidad de ellos, se encuentra ya en los caminos que conducen a la playa. De momento, los únicos compañeros de arena, son unos muy pocos turistas y unos cangrejos blancos que parece que vuelen de lo rápidos que se esconden, cuando notan las vibraciones de nuestras pisadas.

De regreso a la ciudad, tomo otro camino para adentrarme en la ciudad por otro lado, y consigo ver como los pescadores, a bordo de diminutas barcas de pesca, van dando golpes a sus embarcaciones, para asustar a los peces. La imagen y los sonidos de los pescadores, es de las que no se olvidan.
Con un traje de más en mi maleta y con la sensación de haber aprovechado todos los minutos en Hoi An, me dirijo al aeropuerto de Danang, donde un pequeño avión me llevará a la ciudad de Ho Chi Minh.
Atrás quedan ciudades, historia y paisajes. Pero los recuerdos e imágenes que me llevo, harán que mi viaje siga transcurriendo por una sinfonía de recuerdos, que ningún compositor sería capaz de escribir. Al menos, que no visite estas tierras.


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