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Peloponeso...Cuenta una leyenda

Apolo, hijo de Zeus Dios de la luz. Ninguna decisión se tomaba sin consultarle

Muchos de los mitos y leyendas griegas, se ubican en esta porción de tierra, en esta zona rica en yacimientos arqueológicos y morada de dioses, de reyes y escenario de mil y una batallas.
Todos los lugares, tienen su historia, a caballo entre el mito y la realidad, confundiéndose entre los años transcurridos y los momentos que nos empeñamos en recordar. Todo aquí, en esta zona, es épico, legendario, mitológico. Estoy en la zona más sublime de la antigua Grecia. No está físicamente dentro del mismo Peloponeso. Como mucho en una esquina de su frontera, bordeando el golfo de Corinto, pero Delfos, es un lugar que por meritos propios puede incluirse en esta zona de mitos y leyendas.

Los antiguos griegos, designaron a Delfos como el ombligo del mundo, y el santuario de Apolo construido en este lugar, fue, durante muchos años, centro de peregrinación y visita para todo aquel que quisiera conocer algo de su posible destino, o plantear una pregunta al Oráculo. Era el centro religioso más importante de toda Grecia La carretera hacia Delfos, se va haciendo más sinuosa, con paisajes espléndidos entre montañas, campos de almendros y de olivos, hasta llegar a las cercanías del monte Parnaso, y como agarrado a su empinada ladera, el yacimiento arqueológico de Delfos, es quizás uno de los más importantes de toda Grecia. Su visita es totalmente imprescindible. Al atravesar la entrada al yacimiento, las primeras rampas nos conducen a la antigua Vía Sacra, en la antigüedad llena de estatuas y tesoros, y hoy en día, un montón de restos de columnas y mosaicos que despiertan poco interés. A medida que se va subiendo, la expectación y las ruinas que se ubican, ganan en interés, sobre todo al llegar a una esquina y contemplar el bouleuterion o edificio del consejo. La fachada del edificio aun conserva sus columnas y es fácil de imaginar cómo sería toda la decoración artística que hubo en su alrededor. En un par de curvas más, se llega al lugar más importante: El templo de Apolo. O lo que queda de él. Pensar que se está en un lugar que fue tan importante en la antigüedad, pueden poner los pelos de punta. Las pocas columnas que quedan del templo, se admiran mejor desde las alturas. Sigo subiendo el camino y llego hasta el teatro, donde 5000 espectadores disfrutaban de unas obras con una decoración natural espectacular. Punto y aparte.

Las vistas desde aquí, son especiales. El teatro a mis pies, y bajo él, el templo de Apolo. Me imagino una representación en este lugar, observando a los artistas de antaño, con las paredes del templo a sus espaldas, rodeados de vegetación, protegidos con las paredes de una montaña y el valle a sus pies. Precioso lugar. Sigo subiendo y alcanzo la zona más alta: el estadio. El estadio mejor conservado de toda Grecia, pero no el que me ha causado mayor impresión. Quizás su enclavamiento lo hace más espectacular. Todo el lugar, es de una magia, de una belleza especial. Tuve la tentación de sentarme en la entrada del templo de Apolo, en silencio y pedir al oráculo, que a través de sus hierbas y sus visiones me garantizara un buen recorrido por todas estas tierras. Cerca del templo, una piedra en forma de cono, simbolizaba el ombligo del mundo. Pero me faltaba por ver una cosa. La típica foto de postal de Delfos.

Y no la encontraba. Pensé que en el interior del nuevo museo de Delfos estaría, pero no. El museo, merece una visita. Dentro tendremos un empacho de figuras, restos y objetos griegos antiguos. Pero tan sólo por ver algunas partes del friso del templo, la esfinge de Naxos, las estatuas de los gemelos de Argos, o la estatua de bronce de una auriga, ya merece la pena su visita. A escasos metros de la entrada al recinto, siguiendo la carretera, se encuentra una de las fotos más bonitas y buscadas de toda Grecia. El santuario de Atenea, con su edificación redonda, el Tholos, la construcción más sorprendente y admirada de Delfos. Para apreciarla y disfrutarla mejor, lo debo hacer desde el camino, desde las alturas. Cuando me acerco a los restos del santuario, un guardia se empeña en explicarme la historia del lugar, en un inglés bastante primitivo, pero que agradezco. Caminando por su círculo exterior, veo que es un templo más. Al acercarme o alejarme, es el recuerdo de Delfos, es la imagen, es el lugar.

Cerca de Delfos, a unos 20 kilómetros de la localidad de Lamia, se encuentra uno de los lugares que el cine ha contribuido a mitificar aun más. El paso de las Termópilas. Un angosto paso, donde 300 guerreros espartanos, comandado por su rey Leónidas, libraron una de esas batallas que permanecen para siempre en la memoria. Hay tantas leyendas, frases y anécdotas de esta batalla, como soldados espartanos perecieron. En el lugar de la famosa batalla, un monumento al rey espartano que luchó hasta la muerte, y un enorme mural blanco, se encargan de rendir homenaje al mítico rey Leónidas. Al aire libre, sin accesos, a pie de carretera. Planos de la batalla, senderos señalizados y unas mesas a modo de merendero, es todo lo que ofrece este lugar. La leyenda cobra vida en esos parajes, leyendas de heroicas batallas, de traiciones, de frases para la historia. Al otro lado de la carretera, sobre un pequeño montículo que supuestamente fue el fin de la lucha, una frase en una placa dice: “Caminante, ve y dile a los espartanos, que sus hijos cayeron en cumplimento de la ley”.

Unos metros más adelante, están las aguas termales de las Termópilas, donde todo aquel que lo desee, puede bañarse en unas aguas sulfurosas que desprenden un aroma un poco maloliente. Aún así, es frecuente ver a varias personas que sin ningún tipo de pudor se bañan en las calientes aguas del lugar, buscando los supuestos efectos sanadores de estas aguas. Con los buenos augurios del oráculo, y la fuerza mítica de un rey, me dirijo hacia el puente de Lepanto. Zona también, de numerosas batallas para la historia, e incluso algunas con acento español. Quiero ahora sí, entrar en el Peloponeso, a través de un puente de más de 3 kilómetros de largo, que salva el golfo de Corinto y el de Patras. Impresionante.

Majestuosamente entro en la zona más especial de Grecia. La autopista me lleva rápidamente hasta la antigua Olimpia. Olimpia. Tan solo el nombre me evoca a pasados históricos que traspasan el tiempo y se convierten en presente. La ciudad de Olimpia es tan solo un lugar de paso, de obligado paso, con unas calles llenas de tiendas de recuerdos y algún restaurante. Pensiones, hoteles y poco más. Lo mejor de la ciudad, esta a cinco minutos a pie de ella. Haciendo caso quizá a mi propio oráculo, madrugo para poder entrar de los primeros en uno de los recintos arqueológicos más importantes de todo el mundo. Y es todo un acierto.

Contemplar este lugar, casi en solitud, anticipándose a las masas turísticas, es un acierto olímpico. Busco el templo de Hera, donde cada 4 años se enciende la llama que dará la vuelta al mundo hasta llegar a la inauguración de los juegos olímpicos de verano. Poco queda de él, y tan solo por los carteles explicativos se sabe dónde está. Paseo por los restos de lo que algún día fueron las casas de los embajadores, o las de los jueces. Las ruinas se encuentran en perfecta armonía con el entorno, donde los olivos, pinos, y demás especies vegetales se asocian con las piedras, creando un santuario único en el mundo. Me acerco a un montón de columnas en el suelo, como si el viento las hubiera tirado de repente, y compruebo que era el templo de Zeus, el magnífico e impresionante templo donde había una estatua del mismo Zeus de más de 12 metros de altura y que fue considerada maravilla de la humanidad antigua. Leí hace tiempo, que la experiencia de entrar en el antiguo estadio olímpico, solo, ponía la piel de gallina. Pensé que era una exageración narrativa. Estaba equivocado. Impresiona, sobrecoge, emociona…. Atravieso el arco de entrada, y ante mí una explanada de más de 190 metros. A mi derecha la tribuna. En el suelo las marcas de salida de las competiciones de atletismo. Me imagino a cientos de griegos coreando mi nombre, triunfante… la solitud del momento, me hace soñar con momentos que solo existen en mi imaginación. Y realmente tengo la sensibilidad muy alta. Hace miles de años, este lugar fue la cuna de los juegos. Hoy es un recuerdo, en forma de emociones. Paseo por los restos de lo que algún día fue la Palestra, el lugar de entrenamiento, cuyo patio de columnas, es una de las imágenes del lugar. O el taller del escultor Fidias, donde se elaboraron muchas de las estatuas que algún día poblaron este sitio.

Para complementar mi paseo olímpico, me acerco al museo arqueológico, donde lo más sobresaliente son los dos frontones de los templos de Zeus, con escenas mitológicas perfectamente bien conservadas. Estatuas, objetos de la antigua Olimpia y muchas piezas de fácil olvido. Muchas de las piezas de este museo, han sido trasladadas al museo olímpico, cerca de este. Los jardines que rodean al museo, están repletos de más piezas, de más estatuas, de más arte e historia. Dejo Olimpia, con una mezcla de satisfacción y de asombro.

La carretera me lleva a través de innumerables curvas y pequeñas colinas hacia el sur del Peloponeso. Asciendo por una ladera montañosa, con paisajes cada vez más espectaculares hasta llegar a un lugar Patrimonio de la Humanidad, y de tan difícil acceso, que está a salvo de los autobuses de turistas, y que tan solo unos pocos valientes, son capaces de disfrutar. El templo de Vasses. Literalmente cubierto por una gran lona, el templo situado en un enclavamiento espectacular, a 1200 metros de altitud, rodeado de bosques de pinos y en plena naturaleza salvaje, es uno de los recintos arqueológicos mejor conservados de toda Grecia. El impacto de un templo, dentro de una carpa, es brutal, sin embargo no le quita ni un ápice de esplendor. La lenta y necesaria restauración a semi escondido el templo entre unos caminos en los que es muy fácil perderse. Del siglo V a. C., dedicado a Apolo, tiene bastantes de sus columnas intactas. Merece la pena aventurarse por unos caminos mal señalizados y poder llegar a este templo. Sino, siempre habrán adolescentes pastores, que nos guiarán por erroneos caminos, pues sus conocimientos linguísticos y arquitectónicos, son bastante escasos.

La estrecha carretera me lleva ahora hasta el Golfo de Mesenia, para detenerme en la localidad portuaria de Galaxidi, y disfrutar de una comida griega al lado mismo de su puerto. Diversos restaurantes ofrecen pescado fresco además del omnipresente pulpo. Después de atravesar el desfiladero de Langada, con una paciencia infinita por la cantidad de curvas en la carretera, llego a las ruinas bizantinas de la antigua ciudad fortaleza de Mistra, una de las ciudades más importantes del imperio bizantino.

Conducir por Grecia es toda una experiencia. Los arcenes de las carreteras, se utilizan como carril adicional, y en una calzada de un solo carril, lo que en España seria critica constante y motivo de multa, en Grecia es la cosa más natural del mundo. Cuando le coges la práctica, incluso yo mismo me atreví en algunos momentos a emplear los arcenes como una vía de adelantamiento.

De nuevo me encuentro delante de un Patrimonio Mundial de la Humanidad, ante unas cautivadoras ruinas de iglesias bizantinas, bibliotecas, bastiones y palacios. Mistra tiene dos ciudades, la alta y la baja, y recomiendo empezar el recorrido por la alta ciudad de Mistra. La iglesia de Agia Sofía conserva unos preciosos frescos y es quizás el edificio mejor conservado de la ciudad que se puede visitar. Por los senderos se llega a la puerta de Nauplia o la de Monemvasia, siendo esta última la entrada a la ciudad baja. Piedras, pequeños caminos y mucha vegetación es la decoración del lugar. Los antiguos habitantes del imperio otomano, han sido substituidos por abejorros, arañas, lagartijas y otros insectos de vuelo ensordecedor. Prefiero visitar la ciudad baja, después de que mi coche me acerque a su entrada, y no tener que subir después a través de una hojarasca mal cuidada. La ciudad baja, gana en belleza y en cantidad y calidad de sus construcciones. Paseo por el convento de la Pantanassa, donde una pequeña congregación de monjas, únicas habitantes de Mistra, mantienen este lugar inmaculadamente limpio y adornado, como si el tiempo se hubiera detenido y las ventanas, los techos y las flores, se hubieran quedado estancadas en algún momento. Unos gatos duermen la siesta en medio del patio del convento.

Una monja pasea con lentitud entre sus macetas. Me mira y me sonríe. La estampa es casi bucólica. Este monasterio tiene una colección de frescos del siglo XV preciosos. De rico colorido y bastante bien conservados, son un buen ejemplo del arte bizantino. Desde las terrazas del monasterio se obtienen unas vistas increíbles de toda la llanura de la Laconia. La zona mejor conservada de la ciudad baja, es la Metrópoli, un conjunto de edificios con la Catedral de Agios Dimitrios en primer plano. Preciosa su ornamentación interior de mármol. Y mucho mejor sus frescos interiores. Un pequeño museo complementa el paseo por el lugar, aunque los mejores lugares, son los patios interiores con vistas a la llanura, colmadas de olivos y frutales. Por Mistra, por la ciudad baja, se puede pasear mucho más, y recorrer caminos que desembocan en pequeños monasterios, en capillas privadas o en pequeñas iglesias. Hay que destacar la de Perivleptos. Una ciudad fortaleza donde los antiguos edificios conviven en un paisaje lleno de salvaje vegetación. Cansada pero recomendable visita a este lugar.

La carretera me acerca a la localidad de Esparta, cuna de guerreros, donde no me detengo, y sigo a través de campos llenos de olivos, hasta la entrada de la península Maní, y la bonita villa pesquera de Gythio. Según la leyenda fue fundada por Apolo y Heracles

. El encanto de la ciudad, radica en un largo paseo marítimo, con infinidad de establecimientos culinarios y algunos hoteles con encanto. Las tabernas griegas exhiben, como reclamo, los pulpos pescados momentos antes, colgados en unos alambres. Gythio puede ser lugar de paso, o centro de operaciones para explorar la península Maní y las playas y lugares escondidos que ofrece este brazo central del sur del Peloponeso. Algo de especial, tiene Gythio, pues fue la ciudad, donde según la leyenda, Helena y Paris, pasaron su primera noche juntos, tras huir de Esparta. Cerca de Gythio, un barco encallado, toma el sol en una playa, como un turista más.

Los habitantes de la península Maní, conservan una aureola de gente independiente, de lugar diferente, y de costumbres que han perdurado hasta nuestros días. Es frecuente en toda la península, encontrar las construcciones típicas del lugar. Torres, torres y más torres. Casas, edificios construidos en forma de torre, recordando las numerosísimas que había antaño, y que eran edificadas como refugio y defensa ante los invasores. Pocas carreteras sirven para circular por la península, y es habitual perderse entre las escasas indicaciones de los cruces de carreteras secundarias. Un paisaje agreste, lleno de torres circulares, y unas playas escondidas perfectas para perderse unos minutos. La capital de la península es Aerópolis, pequeña y preciosa ciudad con decenas de lugares para tomar aquella foto sorprendentemente original de un lugar. La plaza principal, con su iglesia y un pequeño monumento a un libertador local, es el lugar ideal donde dejar el coche, y dedicarse a callejear por sus pequeñas, tranquilas y arregladas calles. Muchas torres circulares, esconden un museo, o un hostal, o un pequeño bar. Hay planos con senderos ya marcados para recorrer a pie toda la ciudad. Un lugar para perderse, y no ser encontrado.

La península de Maní Laconio, esconde unas cuevas naturales, que son una autentica maravilla natural. Las cuevas de Diros. Dejando aparte las leyendas que indican que sus laberínticas cuevas, llegan hasta la mismísima Esparta, las cuevas son uno de los lugares, una de las sorpresas, que en todo viaje se encuentra. Estalagmitas y estalactitas formando formas imposibles, unas barcas que recorren por el agua interior toda la cueva, en un recorrido de más de 40 minutos, y sobre todo la poca masificación del lugar, hacen de la cara visita, una experiencia casi onírica. El paseo en barca, se complementa con una pequeña caminata por otras zonas igual de espectaculares de la cueva, y donde las luces de colores, dan una vistosidad inusual dentro de la oscuridad de la cueva. Precioso. A la salida, se llega en unos 5 minutos a pie, a la playa de la localidad de Pyrgos Dirou, donde las aguas turquesas se mezclan con las rocas de un pequeño acantilado. 

Con el depósito lleno de combustible, pues las gasolineras son escasas en esta zona, recomiendo perderse por estos caminos, alcanzar pueblos solitarios con columpios frente a las iglesias, o calles sin salida que conducen a un valle, o calas solitarias de aguas cristalinas de difícil acceso. La península de Maní, es un regalo para los ojos. Dejando atrás este mini paraíso, atravieso parte de la región de Laconia, y llego a otro brazo del sur griego. La zona de Monemvasia. Pero antes de explorar la roca, quiero comprobar que el mítico edén se encuentra en la isla de Elafonisi, donde un pequeño ferry desde Vinglafia, me lleva en escasos minutos. La pequeña isla de Elafonisi, es un lugar increíblemente bello, por la transparencia y claridad de sus aguas. No importa en qué arena descansar, o en que aguas buscar la foto del lugar. Toda la diminuta isla, es de una belleza increíble, sobrecogedora. Han sido las mejores playas de todo mi viaje por Grecia.

Cansado de tanta belleza, buscando un lugar para poner de nuevo los pies en la tierra, la localidad de Monemvasia, me ofrece otro contrapunto genial a unas ya de por si geniales lugares. Otra gran ciudad bizantina del Peloponeso, que permanece oculta, a salvo de turistas. Visto de frente, desde las calles de Gefyra, Monemvasia es una roca. Una simple roca, sin vida, sin casas, sin turismo. Tan solo una recta avenida que cruza el mar y parece bordear la roca, es el único signo de vida. Una hilera sin fin de coches, aparecen aparcados en un lateral….decido acercarme para ver qué ocurre detrás de donde la vista se acaba. Monemvasia, una sola entrada seria su significado literal, era una roca solitaria atada a la península, hasta que un terremoto la separo de tierra firme. Hoy una carretera la ha unido de nuevo a la civilización. Monemvasia se esconde detrás de una curva, detrás de un peñasco y toda la vida cobra sentido en medio de unas calles estrictamente peatonales. Hay que armarse de valor, pues es difícil encontrar aparcamiento en la larga subida a la ciudad. Cuando se cruza la puerta de entrada, se es transportado de golpe a decenas de años atrás, con calles empedradas y edificios singulares. En la única calle principal del lugar, se ubican los pocos restaurantes, los bares de copas y bastantes galerías de arte y tiendas de souvenirs. Monemvasia es un lugar de ocio, con alto poder adquisitivo, escondido de las manadas de turistas detrás de un número. Callejear por sus calles, descubrir iglesias cerradas y casas adornadas con decenas de flores; sorprenderse por la gran cantidad de gatos que corretean por sus plazas; y sobre todo tener la sensación de estar en un mundo aparte, dentro de otro mundo. Es muy frecuente que la Iglesia de Cristo Encadenado, sea lugar de celebraciones matrimoniales con todo el boato de un lugar único. Ver una boda griega en este lugar, es sensacional. Para comprender mejor el lugar, y disfrutar de unas vistas espectaculares, se pueden subir hasta los 350 metros de la ciudad alta, a la semi abandonada ciudad, llena de casas en venta y de otras en restauración, por un camino empinado que poco a poco va abandonando las construcciones, para adentrarse campo a través, hasta la zona más alta del peñón y poder ver, si es que el vigilante del lugar no se ha ido antes, la maravillosa iglesia de Agia Sofía. Aún así, las vistas son espectaculares. Decenas de casas con sus tejados rojos, parapetadas tras una muralla medieval, se muestran a mis pies y en lo único que hay que tener cuidado, es en no tocar las decenas de telarañas con sus huéspedes incluidas que hay en el camino. El ruido ensordecedor de toda clase de insectos voladores, da al lugar un poco de misterio. El reloj de esta magnífica ciudad, no atiende a horas, ni a días, ni a semanas. Su tiempo lo marca el deambular por el laberinto de túneles, calles y callejones que se mezclan entre sí. Dormir en Monemvasia es caro, y para ello, lo mejor es dormir en la localidad de Gefyra, llena de casas particulares donde sus dueños ofrecen un lugar cómodo y barato para descansar. Cerca de aquí, hay varias playas no muy concurridas, donde dejar que los rayos de sol, tuesten aún más nuestros cuerpos.

Dejo atrás el sur de Grecia, para adentrarme sorteando el macizo del Parnon, y bordeando el mar Mirtoico, en el Golfo de Argolida. La carretera espectacular me lleva por caminos de montaña con el mar a un lado. Tras unas horas de conducción, me espera una de las localidades más bonitas de toda Grecia. Nauplia. Romántica, exquisita, turística, neoclásica y moderna. Nauplia es una ciudad para quedarse, y pasear cada día por cualquiera de sus calles engalanadas con flores, y descubrir en cada portal un restaurante o un hotel boutique. Nauplia engancha, atrae, seduce. Quizás por ser la primera capital de Grecia, quizás por disfrutar de unas preciosas puestas de sol, contemplando el islote fortaleza de Bourtzi, que parece que flote en el agua, quizás por tener entre sus calles las más refinadas tiendas de moda, quizás por disfrutar de sus calles convertidas en peatonales por la noche, o quizás por mil y un motivos diferentes, Nauplia es un destino muy popular de fin de semana entre los atenienses. Si se quiere descubrir Nauplia en la inmensidad, nada mejor que subir hasta la fortaleza de Palamedes, y disfrutar de unas vistas impresionantes de toda la ciudad. Esta espectacular ciudadela tiene algunos lugares de difícil acceso, y otros de perfectamente preparados para una pequeña invasión turística. La diminuta prisión, la iglesia, algunos bastiones y los patios interiores son lo más destacable de la fortaleza. Al nordeste del anterior se encuentra la fortaleza de Acronauplia, lugar privilegiado para obtener otra perspectiva diferente del casco antiguo de la ciudad. Pero sigo pensando que lo mejor de la ciudad son sus calles sin nombre, sus museos de cualquier tipo, y las flores que adornan las fachadas venecianas de algunos edificios. Y un lugar tan embrujador no podía dejar de tener algunas playas, donde las aguas son tan transparentes que da la impresión de estar bañándose en un cristal. A unos 5 kilómetros de Nauplia, se encuentra la acrópolis de Tirinto, donde sus espectaculares muros de 7 metros de grosor, se divisan desde la misma carretera. Una leyenda cuenta que fueron construidos por Cíclopes.

A 30 kilómetros de Nauplia, encuentro otro lugar para asombrarme, para quedarme unos minutos boqui abierto, e intentar captar en mi memoria todos y cada uno de los rincones del lugar: Epidauro. Verlo para creerlo. El teatro de Epidauro, con una capacidad de 14.000 personas, tiene una sonoridad increíble. Es uno de los edificios antiguos griegos mejor conservados de toda Grecia. Dejar caer una moneda en el centro, o encender una cerilla y oír estos sonidos en lo más alto de las gradas, es alguna de las demostraciones que todos los que nos acercamos a Epidauro, comprobamos para sorprendernos más. Sentarse en lo más alto de las gradas, y tan solo dejar pasar el tiempo, mirando, contemplando y sobre todo escuchando es uno de los placeres que más disfruté por estas tierras. Pero en Epidauro, hay más que ver. Los restos del santuario de Asclepio, dios de la medicina, un museo del lugar, con incontables estatuas sin cabeza de mármol, el tholos, o edificio sagrado del santuario, un pequeño estadio, y la estatua de Asclepio, con su serpiente alrededor. Mitos y leyendas sobre antiguas curaciones milagrosas, se mezclan en un ambiente de pinos y piedras esparcidas por el suelo. Un complemento a la majestuosidad del teatro. En el pueblo cercano de Palea Epidauro, se encuentra otro pequeño teatro, dedicado a Dionisio, escondido detrás de un sinfín de caminos de tierra, mucho más pequeño y peor conservado que el anterior. Compararlo con el grande, es imposible. En Palea, es un buen lugar para acercarse al puerto, sentarse en cualquiera de sus terrazas y tomarse una fresca cerveza, observando el trasiego de los autobuses de turistas que se detienen para comer. Me quedaría todo el tiempo posible en Nauplia, pero decido seguir mi ruta por la historia y las leyendas del Peloponeso.

Y ahora me espera un plato grande, al menos de nombre. Micenas. Lo peor del lugar es la masificación turística de grupos de orientales que aparecen como las setas. Si se tiene la suerte de encontrar unos minutos de pausa, se puede disfrutar de las ruinas de la ciudad de Micenas, patrimonio de la Humanidad. Mito e historia se mezclan en Micenas, la rica en oro, según Homero. Zeus, Perseo, Medusa, Agamenón….piedras. La entrada a las ruinas se realiza por la espectacular puerta de los leones, restaurada pero increíblemente hermosa. Quizás el lugar más interesante de todo el lugar. Lentamente se va ascendiendo por un camino, donde los plafones informativos, nos ayudan a que nuestra imaginación sea capaz de imaginar cómo era el lugar en la antigüedad. Círculos funerarios, restos de palacios, cisternas, casas y en lo alto de todo, los restos del palacio de Agamenón, con unos mosaicos resguardados de las miradas. Desde lo alto de la pequeña colina, se obtiene una vista impresionante de los campos y montes cercanos. Un lugar privilegiado para un rey que fue el más poderoso de toda la antigua Grecia. La visita se puede complementar con una breve incursión en el museo, donde aparte de infinidad de objetos del lugar, se encuentra una explicación muy detallada de la historia de Micenas y de la antigua Grecia.

Unos metros antes de la entrada a la ciudadela, se encuentra el llamado tesoro de Atreo, o la tumba de Agamenón. Un enorme corredor de unos 40 metros de largo, con altos muros, que desemboca en una inmensa estancia con forma de panal, enorme y vacía. No estaría mal, que en el lugar hubiera una foto o un plano explicativo de cómo era la tumba en la antigüedad. De Micenas, del antiguo y poderoso reino griego, me acerco a las ruinas de la antigua Nemea. Nemea no es una ciudad, sino un santuario, casi escondido y alejado de las masas turísticas. Un remanso de paz con historia para ver. En Nemea se celebraban unos juegos olímpicos bienales en honor a Zeus y hay en la actualidad un movimiento para tratar de recuperar estos juegos para la vida moderna actual. El estadio, al que se accede por un túnel de varios metros de longitud, y con antiguos grafitis en sus paredes, no tiene la belleza ni la espectacularidad del de Olympia, pero las pocas visitas a este lugar, hace que se disfrute del lugar casi en solitud, magnificando el sitio. En el suelo del estadio, aun es visible la línea de salida de los atletas y las marcas de las distancias. A escasos metros del estadio, los restos del templo de Zeus, del siglo IV a. C. Apenas 5 columnas quedan de las originales, aunque gracias a una colaboración con una universidad americana, se están restaurando las decenas de trozos de columnas que están esparcidas por el suelo. Como es costumbre en estos lugares, un pequeño museo complementa la visita. Se va acercando el final de mi ruta por el Peloponeso.

La carretera me lleva ahora hasta las aguas del golfo de Corinto, buscando el canal que toma el nombre del golfo. Pero antes hago una parada en la antigua Acrocorinto, un peñasco de unos 600 metros de altura, donde se obtiene una vista espectacular de todo el golfo, aunque para encontrarla en plena amplitud, haya que sortear las hierbas y senderos empedrados de las ruinas. En tiempos, fue una de las ciudades más ricas de Grecia, y también de las más libertinas. Tan solo hay que recordar los intentos de San Pablo, en evangelizar a estos habitantes, en sus famosas cartas a los corintios. Acrocorinto está en restauración, y si se piensa encontrar templos dentro de sus murallas, se está equivocado. Las ruinas son una mezcla de fortificaciones destruidas bizantinas, venecianas, francas, romanas o turcas. Capillas, casas y mezquitas, rodeadas de una vegetación sin cuidar y unos acantilados con vistas al golfo espectaculares. Hay que llevar agua y una gorra para cubrirse, pues el sol es abrasador. Descendiendo por la ladera, se llega a la Antigua Corinto, donde lo más destacable es los restos del templo de Apolo, visibles desde el exterior del yacimiento. Unas calles llenas de tiendas de souvenirs y restaurantes, son el lugar exacto para descansar con una fresca cerveza griega.

Pero por supuesto, el lugar que me causaba más fascinación del lugar, no eran unas ruinas, sino la construcción del Canal de Corinto. Con menos de 150 años de historia, los 6 kilómetros de largo del canal, son además de un paso que comunica los mares Egeo y Jónico, una atracción turística. Grandes bares y tiendas de recuerdos se ubican en los dos extremos de la carretera que cruza el canal, y los coches a veces tienen que hacer malabarismos para encontrar un lugar de aparcamiento. Observar el paso de algún barco, arrastrado por un pequeño remolcador, entre los casi 100 metros de paredes verticales que abrigan el canal, es aunque parezca mentira, curioso de contemplar. Lenta, muy lentamente los barcos cruzan bajo nuestros pies, mientras algunos osados turistas, hacen puenting cuando el tráfico es escaso o nulo. Mi última parada por el Peloponeso, la realizo en el escondido y casi desconocido templo de Hera. ¿Cómo describir un templo, donde unas columnas tocan el mar? Si bien es cierto, que son tan solo los restos de lo que algún día fue un templo dedicado a la diosa Hera, el hecho de que estén en la misma arena de la playa, le confiere un atractivo especial. Quizás es como una metáfora de todo mi viaje. Sol, playa y ruinas. Ocio y cultura juntos. Me baño en solitud, contemplando, e imaginando el lugar hace cientos de años. El canal de Corinto, me obliga a dejar el Peloponeso y entrar de nuevo en el Ática, en la región de Atenas. Allí empezó mi viaje, y aquí termina mi ruta por la historia y las leyendas. He sido capaz con mi imaginación de llegar a lugares muy lejanos, pero que al paso por sus restos y sus historias, me ha parecido que la historia, vivía en mí, en cada segundo, en cada metro.

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