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Los templos de Angkor

 Hay lugares en el mundo, que deberían ser de obligada visita, como el Machu Pichu de Perú, las pirámides de Egipto, o la ciudad histórica de Petra…Los templos de Angkor, es otro de los lugares, que el ser humano debe visitar al menos, una vez en la vida.

Tres cosas son imprescindibles para caminar por este lugar. Agua, un buen calzado y suficiente memoria en la cámara fotográfica, pues se corre el riesgo de hacer tantas y tantas fotos, de querer captar tantos y tantos recuerdos, que inevitablemente, nos quedemos cortos.

A los templos de Angkor, situados a unos 13 kilómetros de Siem Reap, se puede acceder de muchas maneras: a pie, en taxi, en tuc-tuc, o en bicicleta, aunque la opción más recomendable es negociar el precio en cualquiera de las decenas de tuc-tucs, que hay en Siem Reap y llegar a la entrada a los templos en un medio de transporte mitad práctico, mitad original.
En la entrada a Angkor, 40 dólares la visita para dos o tres días, hay que hacerse un carnet con foto que siempre se nos pedirá en cualquiera del centenar de templos que queramos visitar. El pase de un día, es más barato, pero no aconsejable. Visitar Angkor en 24 horas, es como pasar semanas de ayuno, y al llegar la comida, tan solo poder comer dos hojas de ensalada...no es suficiente. No es recomendable.

400 kilómetros cuadrados de extensión. Más de 100 templos nos esperan. Árboles que crecen en las piedras. Piedras que nos hablan en su silencio. Vegetación en lucha por el espacio. Me será casi imposible, intentar transmitir, describir una maravilla que deja estupefactos a los corazones más impenetrables.

Aconsejo entrar a Angkor por la entrada este, la menos espectacular de las entradas. A la salida se entenderá el porqué.

Tras franquear las ruinas de lo que fue una entrada, y observar como unas piedras en el suelo, recubiertas de helechos y de vegetación me dan la bienvenida, entro en los dominios de Angkor Watt. Por el camino, decenas de monos salen a mi paso, o sencillamente se balancean de rama en rama. Están tan acostumbrados a los humanos, que nuestra presencia ni les inquieta ni les molesta. Pero no olvidemos que siguen siendo animales salvajes.

Y ante mí, ahora ya si, Angkor Watt. El mayor monumento religioso al aire libre del mundo. Angkor Watt, la ciudad que es un templo.
Empiezo a quedarme sorprendido. Dedicado al dios Visnú, dios hindú de la creación y la destrucción, fue construido durante el siglo XII. Por el exterior, tan sólo diviso un muro, y la silueta enorme de unas torres centrales, que he visto en centenares de fotos. Subo las escaleras del muro exterior, del muro que rodea todo el recinto y entro en un espacio, donde el tiempo no existe, y las imágenes talladas en las piedras, se diría que se mueven para mi. Más de 2000 tallas de apsaras, o bailarinas celestiales, se mueven en su pétrea quietud.
Todo el muro, que rodea al foso de la entrada, está decorado con figuras, con relieves de dioses, de historias, de batallas. Como un lienzo gigante que cubre los más de 6 kilómetros de muro que rodean al templo central. Y es solo el principio.

Recorro parte del muro, me asombro de lo que veo, y entro en el interior del patio principal que rodea el Santuario central. Los colores uniformes de las piedras, de los muros, en contraste con el suelo de color verde, me brindan imágenes increíbles. Mi cámara no para de ser utilizada. Hacia mi izquierda me acerco a unas empinadas escaleras, que me conducen hasta lo más alto del Santuario central, la torre central de 55 metros de altura. Desde allí diviso un inmenso bosque, y en medio de él, este santuario. Recorro los patios, galerías y estancias varias del templo. Me falta tiempo, me faltan ojos. Desearía grabar en mi memoria todos y cada uno de los segundos de tiempo que paso entre las piedras. No puedo. Es tanta la información, la preciosa información que estoy recibiendo que incluso a veces me colapso.

En un intento de descanso, me siento en un lateral y me pongo a hablar con una estatua. Es tan real, el relieve es tan perfectamente embriagador, que me doy cuenta de que estoy soñando, pero quiero vivir este sueño. Desciendo de nuevo al patio interior, y vuelvo a recorrer el templo, sus estancias, sus piedras, sus relieves.

Orientado hacia el oeste, el lado por donde se pone el sol, el lado de la muerte, Angkor Watt, es la más fiel representación artística del arte Khmer. Todo el templo es arte, es historia, es belleza.
Dirigiéndome hacia la salida, por el lado del oeste, me encuentro un nuevo altar con un enorme buda rodeado de incienso y ofrendas que me cierra el paso. Algunos fieles arrodillados ante él, me miran con cara extraña. Rezar en este lugar, es doblemente místico.
Al cruzar la puerta de la salida, me adentro por unos jardines, y poco a poco, a medida que me voy alejando, voy descubriendo la imagen más increíble de Angkor Watt. Cuanto más me alejo, mejor imagen tengo. Tan sólo, unas lonas verdes, fruto de las obras de restauración que se están llevando a cabo, me estropean el paisaje.

Me siento en el suelo, y la imagen del templo reflejada en el agua de un pequeño lago, me proporciona, ahora si, la foto del viaje, de todo el viaje. Podría pasarme horas mirando esa imagen. Las cinco torres de Angkor Watt, desafiantes, reflejadas a la perfección en un estanque de agua, es una vista impresionante….impresionante. Todos los días, al amanecer se concentran en este punto decenas de turistas, para poder ver la salida del sol desde detrás de las torres del templo. El espectáculo es precioso. Único. A no ser, que se elija un día nublado, como nos pasó a nosotros…aun así, ver amanecer en este lugar, es una experiencia totalmente recomendable.

Salgo del recinto de Angkor Watt, a través de un paso elevado, rodeado en sus extremos de unas tallas enormemente largas de nagas, los espíritus protectores en forma de serpiente. Bajo el paso, agua. Salgo al exterior. Unos monjes budistas con sus inconfundibles túnicas azafrán, cruzan delante de mí. Van a recoger ofrendas. El contraste del verde, del agua, de las piedras con sus llamativas túnicas, es curioso.

Mis pasos, me llevan hacia la entrada del Angkor Thom, la gran ciudad real, con una extensión de más de 10 kilómetros cuadrados. Su entrada me recuerda a las películas de aventuras, donde unos siempre intrépidos exploradores, se adentran por parajes remotos de selvas escondidas, y de golpe se encuentran ante símbolos, rocas, pinturas, o entradas desafiantes a lugares mágicos o peligrosos. La entrada de más de 23 metros de alto, está rematada por una torre con cuatro caras de piedra que miran hacia los cuatro puntos cardinales. Me quedo un buen rato mirando la entrada, custodiado por los guardianes del camino. 108 estatuas de piedra, dioses a la derecha y demonios a la izquierda, que sostienen en sus manos una serpiente protectora. La entrada en si, es ya toda una declaración de intenciones de lo que me encontraré en su interior.

Me adentro a la ciudad real. Cruzo la puerta de piedra, no sin antes comprobar que ninguna de las caras que me observa, me mire tan fijamente como para causarme temor. Después de unos pocos pasos en medio de gigantescos árboles y vegetación salvaje contenida, llego al templo de Bayon. Me quedo sin palabras. Se me agotan los calificativos cuando subo las escaleras y me veo rodeado de caras. De enormes caras talladas en piedra, que me observan, que me miran, que me atrapan. Bayon, el templo de las caras, es quizás el templo más visitado de todos los que componen Angkor. 54 torres decoraras con más de 200 caras monumentales y sonrientes. Paseo por los rincones del templo, y siempre tengo un rostro que me acompaña. Me enamora el lugar, pero estoy seguro que por la noche debe de aterrorizar.

Además de caras, Bayon, posee unos relieves espectaculares de imágenes de la vida cotidiana en la Angkor del siglo XII. Algunos relieves más elaborados, representan batallas de los reyes de antaño contra sus enemigos. Estoy convencido, estoy plenamente convencido de que este lugar, este templo, tiene que tener una carga espiritual enorme.

Con mi cámara fotográfica trabajando sin parar, me despido de Bayon, de sus caras, y de los relieves de sus torres. Las apsaras, siguen bailando inamovibles, cuando me voy.
Un paseo por un bosque abierto, me conduce hasta el templo de Phimeanakas, un enorme recinto, antiguo palacio del Rey. Subo sus empinadas escaleras, y en lo alto de todo del templo, contemplo una imagen típica de mil películas. A ambos lados, vegetación, densa jungla, y en algunos claros, templos, templos y más templos. Necesitaría dos vidas enteras para poder vivir todos sus rincones con exactitud.

La terraza del Rey Leproso, me recibe desde sus 7 metros de altura. Y desde ella, observo toda la vasta extensión de terreno y de construcciones que se muestran ante mí. Las torres de Prasat, las 10 torres que mi vista es capaz de visualizar, se camuflan entre el follaje del bosque. Preciosas. Me bajo de la terraza del Rey Leproso y observo otra terraza más elaborada. La terraza de los elefantes, de más de 300 metros de largo, y donde el rey pronunciaba sus discursos. Varios elefantes están esculpidos en la base de la terraza. Sigo sorprendiéndome de lo que veo, de lo que siento.

Parece mentira, que todos estos lugares, permanecieron ocultos, desaparecidos de los ojos humanos durante más de cinco siglos, desde su ocaso a finales del siglo XIV hasta su redescubrimiento a mitad del 1800. A pesar de ese abandono, Angkor es uno de los mayores y más hermosos monumentos religiosos jamás construidos y ha perdurado casi intacto hasta nuestros días, desafiando al tiempo y a los elementos.

Fruto de ese abandono, y muestra de cómo la naturaleza volvió a reclamar su terreno, es el templo de Ta Prohm.

En la entrada del templo, un árbol, un gigantesco árbol abraza con sus raíces los muros de la entrada. No puede ser real. Parece que nazca de dentro de las piedras. Pero es real. Decenas de árboles, de los más enormes árboles que recuerdo, abrazan, aprisionan, conviven, con las murallas y las piedras. Cortar las raíces, sería destruir el templo. La simbiosis es tan perfecta, tan increíblemente extraordinaria, que no se si paseo por un templo rodeado de árboles, o estoy subido en un árbol, al que le brotan piedras.
Paisaje onírico, fantasioso, mágico, único, increíble. Hay raíces tan enormes, que no podría ser capaz de abrazarlas con mis brazos. Todo el conjunto es un entramado de torres, patios, pasadizos estrechos y árboles. Los relieves permanecen ocultos recubiertos de musgo y plantas enredaderas. Es tanta la vegetación, que incluso en un patio abierto, los rayos del sol tienen dificultades para llegar. A mi memoria me vienen las imágenes de películas de aventuras rodadas aquí, y me plantó delante de una puerta recubierta de raíces, esperando que Angelina Jolie, aparezca entre estos muros, igual que en su película.

Este templo cuando fue descubierto, se dejó tal y como lo vemos hoy. Tan solo se acondicionó un poco para poder permitir el paso a los turistas. El más espectacular de todos sin duda. Y una vez más, el reflejo de que la naturaleza, siempre termina por ganar la batalla. Tengo que tener cuidado por donde piso, pues aunque sea una simple raíz, no me atrevo a pisarla. No sea que en un ataque de ira, me envuelva con una de sus ramas y me quede allí, aprisionado entre árboles y piedras.
Mi excursión por Angkor, me lleva ahora hasta Banteai Srei, o templo de las mujeres. Templo dedicado a la diosa Shiva, y tallado en una piedra rosada. El estanque que rodea el templo, me permite obtener unas fotos maravillosas, de todo un recinto reflejándose en el agua. En el interior, figuras y relieves de mujeres, de flores de loto, y algunas niñas que posan como si fueran postales vivientes, a cambio de alguna propina.

Visito más templos, como el de East Mebon, donde la lluvia me sorprende y debo refugiarme bajo torres custodiadas por fieros leones de piedra, o el templo de Pre Rup, un templo en forma de montaña, desde donde obtengo una visión increíble de todo el lugar. También si el tiempo me lo permite, puedo dirigirme al templo de Phnom Krom, y desde allí, desde lo alto de su estructura, intentar conseguir un hueco y sentarme a contemplar la puesta de sol.

Se que no podré ver todos los templos, se que me dejaré rincones, lugares. Pero antes de abandonar Angkor quiero acercarme al templo más alejado de todos, al templo de Prasat Preah o templo de las bailarinas. Quizás, como templo no será el más bonito, quizás no será el mejor conservado artísticamente, pues la mayoría de su construcción esta bastante destruida, no obstante el pasear por la enorme galería que cruza todo el recinto y contemplar los relieves de las bailarinas esculpidas en los arcos de sus puertas, ya justifica el desplazamiento. Al final de la galería, hay un espacio abierto donde los árboles también juegan a devorar las piedras.

Lejos de Angkor, se encuentra Kbal Spean, o el rio de los mil lingas. Para acceder a él, se debe hacer una caminata de unos 40 minutos por un sendero resbaladizo a veces, con algunos trozos con peldaños y otros con raíces y piedras que dificultan el acceso. En lo alto de la pequeña cima, se encuentra el lecho del río, rodeado de una espesa vegetación. Y lo más sorprendente del rio, es que su cauce, está totalmente esculpido con centenares de imágenes. Es como si se hubiera hecho una alfombra de piedra, de imágenes y después sobre ella, dejar correr el agua. Vale la pena subir hasta aquí, y contemplar además del rio, las vistas que el bosque Camboyano ofrece.

Cuando las visitas a Angkor Watt se terminan, se puede descansar y recuperar fuerzas en cualquiera de los locales de masajes que se ofrecen por toda la ciudad de Siem Reap. Hay muchos donde elegir. Si se quiere ir de compras, el mercado nocturno es la mejor opción, donde además de regatear por cualquier producto artesanal, se puede disfrutar de un masaje en los pies, dado por pequeños pececitos. Es la atracción estrella del lugar. Sentado en el borde de un pequeño estanque, se introducen los pies en el agua, mientras decenas, centenares de peces pequeños pasan rozando los pies, y van dando, un peculiar masaje.

Siem Reap, no es demasiado grande. Apenas dos o tres calles principales, llenas también de restaurantes y locales de moda occidental. La calle Pub Street, concentra los principales locales de ocio de la ciudad, como el restaurante Damnak Khmer, con música en vivo y una cocina exquisita. De copas, recomiendo el Nest, café bar. Un local con estética Chill-Out, y con precios más occidentales, pero aun así, baratos en comparación con España.

Por toda la ciudad, y en los hoteles, hay varios carteles contra la prostitución infantil, una lacra aun no exterminada del todo. Siem Reap, la segunda ciudad del país, es la más visitada, por ser la puerta de entrada a los templos de Angkor. Seguramente, Camboya, ofrece más lugares y más paisajes que recorrer. No se puede decir que se ha visitado un país, por callejear únicamente por una ciudad. Sé, que no conozco el país. Sé que me queda mucho por ver, pero habiendo visitado Angkor, el resto me sobra. Una maravilla de la humanidad, patrimonio mundial…que he podido visitar.

Me alejo de Siem Reap, de Camboya y de su peculiar aeropuerto. Y mi avión hace escala en Malaysia, en Kuala Lumpur. Cambio la antigüedad, por la modernidad más absoluta. Dejo los templos milenarios y me adentro en una ciudad de otro milenio. Las calles elegantes, limpias y modernas de Kuala Lumpur, son el contrapunto idóneo a Angkor.

Un tren me acerca del aeropuerto al centro de la ciudad, previo pago de 16 euros. Después un metro elevado me adentra por las calles de Kuala Lumpur. A través del cristal del metro, los edificios, los enormes y modernos edificios se abren paso entre un bosque de casas y raíles. Me bajo en la parada de Kuala Lumpur City Center, y ante mí, los 452 metros de las dos torres Petronas. 88 pisos de altura, en dos edificios de color gris plateado.
Asombroso.
Debo buscar mil y una poses, para poder capturar toda la torre en una fotografía. Se me hace difícil y debo alejarme un poco a través de los jardines que hay frente a su entrada. No puedo subir a ellas. Horarios de Ramadán, incompatibles con las visitas turísticas. Me quedo con las ganas, pero aun así me recreo en las imágenes que obtengo. Curioso contrapunto a mi visita. Hace unas horas paseaba por la historia. Ahora estoy delante del futuro.

Decido visitar la Torre Menara, y desde allí observar como las luces del día, se van apagando para que las luces artificiales decoren las Petronas. Subir a la torre Menara, vale 8 euros, pero para poder observar la ciudad de noche desde 421 metros de altura, merece la pena pagarlos. Me recreo de nuevo en las Petronas, en las luces que forman el Sky Line de Kuala Lumpur. Las luces del resto de edificios y de las calles, se muestran diminutas a mis ojos.

Es hora de regresar. Es hora de cerrar mi cámara fotográfica y guardar todos los recuerdos, las imágenes en mi memoria. Es hora de finalizar un viaje por el pasado, por el presente y por el futuro.

Es hora de empezar a pensar en mi próximo destino.

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