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Los sentidos de Marrakech

 Quizá todo empezó hace casi 1000 años, cuando las caravanas comerciales que cruzaban el desierto, establecieron un punto de descanso, a mitad de camino hacia los puertos del mediterráneo. Quizás, Marrakech, convertida por 3 veces en capital de su país, sea uno de esos lugares que con tan solo nombrarlo, nos transporta a una cascada de sensaciones.

Quizás todo siguió con un vuelo desde Barcelona, y con un alojamiento sacado de cualquier cuento de las 1001 noches. El Riad Aubrac, en pleno centro de la Medina, y a 5 minutos del centro neurálgico de la ciudad, es un establecimiento poco convencional, donde las habitaciones no tienen llave, y por todas las estancias se respira un aroma de incienso embriagador.
OLORES. Marrakech es una macedonia de olores. El humo de los puestos de comida ambulante, inunda cada milímetro del aire. Cuesta distinguir, y tampoco merece la pena intentarlo demasiado, percibir los cientos de aromas que terminan impregnándose en la ropa. Si se quiere experimentar una fuerte emoción aromática, vale la pena acercarse a las curtidurías, donde las pieles son tratadas igual que hace siglos. Siempre habrá un voluntario que se ofrecerá a acompañarnos, a cambio de alguna pequeña propina. Las curtidurías, son una experiencia aromática, repugnantemente única. Las pieles de oveja o de camello, son bañadas en una pequeña piscina con un agua mezclada con excrementos de paloma, y los operarios se dedican a impregnarlas con semejante tratamiento. Mención aparte merecen los tintes naturales que se emplean, y que ni siquiera las ramas de menta que le dan a uno al entrar, consiguen disfrazar el olor del lugar. A prueba de olfatos sensibles. Para terminar el recorrido por los curtidores, inevitablemente se acaba en una tienda de alfombras, donde tras el obsequio de un té, se iniciara la venta de un sinfín de alfombras de todos los colores y tamaños inimaginables.
Marrakech, es olor a azafrán, a comino, a especias. Marrakech es olor a sudor. Marrakech tiene el aroma de un té a la menta, de verduras en las aceras, de frutas en las calles…
SABORES. No se pasa hambre en Marrakech. Hay que tener amplitud de miras, y estómagos poco delicados. Si se quiere saborear el Marrakech autentico, se puede empezar a degustarlo en un puesto de comida nocturno en la Plaza Djemaa El Fna. Brochetas de diferentes carnes, verduras, pescados, frutas. Tan bien puestas, que parece que estén allí de adorno. No hay que pensar en cómo se cocinan, en cómo se preparan. Si el frio aprieta, siempre habrá un puesto donde un tazo de sopa caliente, hará reaccionar al cuerpo. Zumos de naranja natural, recién exprimidos por menos de medio euro. Tazones de caracoles con salsa picante, servidos a la manera marroquí. Tajines, el plato estrella de cualquier restaurante, calientes, copiosos…Marrakech es islámico. El alcohol cuesta de encontrar, dentro de La Medina, aunque si se quiere imitar a Alfred Hitchock, y “El hombre que sabía demasiado”, el restaurante Dar Essalam, nos ofrecerá una cerveza, una actuación, y mientras, nosotros, podremos intentar averiguar en qué mesa, se rodó parte de esta película. Marrakech sabe a carne, a fruta, a zumos de naranja, a pan…
COLORES. Ver como el sol se pone en Marrakech, y contemplar cómo sus últimos rayos de sol iluminan la torre de la Kutubia, es una imagen, que permanecerá para siempre en la retina. La torre de la Kutubia, visible desde cualquier parte de la ciudad, sirve de guía cuando se ha perdido el norte por entre los callejones de la Medina. Dicen que es gemela de La Giralda de Sevilla, dicen que mide 77 metros de altura, dicen que su nombre viene de los antiguos vendedores de Coranes, que se instalaban en su alrededor, y dicen también que esta mezquita es una de las más importantes de la ciudad, y que por su belleza, se ha salvado de la norma no escrita que dice, que dentro de La Medina, ninguna construcción puede superar la altura de una palmera. Detrás de la Kutubia, sus jardines. Jardines repletos de naranjos, de palmeras, de rosales; jardines idóneos para descansar, pasear, sentarse en un banco y contemplar la mezcla de colores de la verde vegetación, en contraste con el color arcilloso de una torre.
Cerca de la Kutubia, descansan las calesas; calesas de color verde, arrastradas por negros caballos; mujeres marroquinas se pasean por los alrededores, vestidas con diferentes velos islámicos, el “Chador”, de distintos colores,  es mayoría entre la población femenina marroquina. Algunas mujeres rompen la tradición y se pasean vestidas a la moda occidental. Sus prendas, sus peinados y los colores del maquillaje de sus rostros, representan el contraste de las diferentes modas.
IMÁGENES. No me puedo quedar con una sola imagen en los zocos. Los objetos más inverosímiles, se mezclan en un ordenado caos de tiendas, de productos y de precios. Están los zocos de las babuchas, de los artesanos, de los tintoreros, de los joyeros, de las especies, de las cuevas de Alí Baba. Tengo la sensación de estar dentro de una tienda sin fin, donde cada escaparate, esconde todo un mundo esperándome. Siempre tendré a alguien para que me indique qué camino tomar, en forma de precio. Regatear forma parte de la compra, y los vendedores poseen un doctorado comercial, en el que pocas veces podemos ganarles la partida. No hay tiempo para pasear por los zocos, porque se necesita todo el tiempo que uno disponga. No hay tregua en el arte de la compra, y las imágenes de las tiendas repletas de objetos para nuestro consumo, es una de esas estampas que nunca se olvidan. Las tiendas de lámparas, desprenden un encanto especial; y de noche, no hay mayor ilusión óptica que detenerse delante de una de ella, y contemplar el arco iris de colores, que reflejan sus cristales.
Pero la imagen de Marrakech, es su plaza. La plaza Djemaa El Fna. Una imagen, vale más que mil palabras, y la imagen de la plaza, termina con todo un diccionario. De día, semidesierta. Tan solo las tatuadoras de henna, algunos comerciantes de productos milagrosos y los encantadores de serpientes. Poca actividad. A medida que el día avanza, la plaza se transforma; sus baldosas son ocupadas por toda una legión de personajes a cual más extravagantes. Unos llevan un mono, y que a cambio de unas monedas, hará alguna monería, otros llevan serpientes, preparadas para enroscártelas en el cuello para una foto bien pagada; están los saltimbanquis, los espectáculos cómicos en árabe, los contadores de historias, los músicos de calle y los músicos de etnias con llamativos trajes de colores; están los aguadores, que han sustituido el preciado líquido, por poses para fotos; están las decenas de vividores, están los carteristas y también están los turistas. En la parte alta de la plaza, los puestos de comida que desaparecen de madrugada, y vuelven al caer la tarde. Esa es la imagen de Marrakech. Esa es la fotografía que mi retina se lleva para siempre. La plaza, y su vida diurna, hermanada con la  nocturna.
SONIDOS. El canto del Muetzi, llamando a la oración, se puede oír en varias horas del día. Por todo Marrakech, decenas de mezquitas llaman al rezo, mientras sigue vetada su entrada a los no musulmanes. Tan solo hay que observarlas desde fuera e imaginarse su interior. En la madrasa Ben Yusef, aún resuenan en sus paredes, los cantos, los duros aprendizajes de una escuela coránica, que hoy en día ha cambiado a los alumnos que tenían que memorizar todo el Corán, por los turistas, que nos quedamos embriagados con la increíble riqueza artística de sus adornos. El patio principal, con su pequeño estanque, esta rematado por unos azulejos de cinco colores y un suelo de mármol. Si me detenía en silencio, creía que el aire me traía los cantos de los alumnos, que apiñados en unas angostas habitaciones de los pisos superiores, no salían de la escuela, hasta ser capaces de recitar todo el Corán de memoria. Cerca de la madrasa, está el Museo de Marrakech. Imprescindible. Es tanta la riqueza visual de sus paredes interiores, que a menudo, olvidamos todos los objetos que nos muestra el museo. El mejor sonido del museo es el silencio. Sentarse en cualquiera de los numerosos rincones y dedicarse a escuchar, a mirar, a ver el juego de colores que los rayos del sol, que se cuelan por el techo, nos brindan en los diferentes zócalos y columnas. Una colección de Coranes, descansa, en silencio en una pequeña habitación. Oír el museo.
SENSACIONES. Salir de le Medina, es como dar un salto brutal en el tiempo y avanzar decenas de años. Un Marrakech moderno, occidental, con amplias avenidas, con cuidados jardines, con elegantes autos y con turistas de alto poder adquisitivo, se muestra ante nuestros ojos. Las grandes marcas de moda, tienen su lugar en la avenida Mohamed V. Los hoteles más exclusivos, y los restaurantes más internacionales, se encuentran tras los muros de la Medina. Estamos en pleno barrio de Guéliz.
El Gran Teatro Nacional, o la estación de trenes, son dos edificios que nada tienen que envidiar a cualquier moderna estructura de cualquier parte de Europa. Este es un Marrakech para pasear, para observar, para tener la sensación de seguir estando en casa, aunque estemos a cientos de kilómetros de ella. Hay que visitarlo, para apreciar, que la verdadera ciudad, la verdadera Marrakech, se encuentra dentro de los muros de la Medina, y el resto, es una bella ciudad, pero no es la autentica. En los alrededores se encuentra El Palmeral, con unos pequeños caminos, surcados de camellos a ambos lados, y con exclusivas y selectas urbanizaciones con campos de golf incluidos. No todo el exterior de la Medina es olvidable. La Menara, una de las imágenes más típicas de la ciudad, se encuentra rodeada de un estanque, con los picos del Atlas, custodiándola. Un cuadrado edificio para uso de los sultanes, se ha convertido ahora en atracción turística, y cuya mayor riqueza arquitectónica, consiste en su tejado verde piramidal. Un lugar de paseo, de relajación, donde en épocas de calor, el estanque ahora vacio de público, se llena de jóvenes en busca de un baño.
Si un lugar, fuera de la Medina, tiene el honor de albergar las mayores sensaciones, este es,  los Jardines Majorelle. Un pequeño jardín botánico, diseñado con un exquisito gusto. El color azulón y amarillo de los edificios interiores y elementos decorativos, le proporcionan una personalidad propia. Cactus de enormes formas, palmeras, plantas…sensaciones. El lugar fue comprado por Ives Saint-Laurent, y en el interior del jardín hay un pequeño mausoleo con un sencillo homenaje a su figura. Los jardines están exquisitamente bien cuidados. Los caminos limpios, y todas las plantas catalogadas. Si se tiene oportunidad, es una buena idea, sentarse, y disfrutar del jardín. Sin ningún orden, sin ninguna prisa, tan solo dejando que la paz que se respira sea una sensación difícil de explicar. 
Pero prefiero volver a la Medina, y deseo tener la sensación de probar un Haman, de darme un baño y un masaje. La oferta es amplia, y sin proponerlo, nos podemos encontrar con varios folletos en nuestras manos de ofertas. Dejarse llevar. Y dejarse seducir por unos momentos íntimos y especiales, adornados por incienso y un té a la menta. Una autentica sensación.
LUGARES. Marrakech tiene tantos lugares, como estrellas tiene el cielo. Hay que perderse por los callejones del barrio judío y tener dificultad para encontrar la única sinagoga de la ciudad; observar las cigüeñas que anidan en las murallas del Palacio El Badi, como si quisieran custodiar lo único realmente digno de ver de este palacio; callejear, callejear mucho; experimentar la sensación de perderse, de no saber donde estar, por donde ir, y buscando en cada esquina una imagen que nos sirva para orientarnos. Calles estrechas, sin luz natural, donde en cada puerta se esconde una tienda improvisada. Puertas cerradas que se abren ligeramente al pasar; personas que vienen y van, y que dejamos que nos adelanten, porque preferimos verlos a ellos; carros de caballos, de mulas, que aparecen sin avisar; y motos: decenas, cientos, miles de motos. Marrakech se mueve en moto, y sortearlas mientras se camina se convierte en el objetivo de cada momento. Endiabladamente veloces, se adentran en todas las calles, sin importarles que estén tan transitadas, que para ir caminando, ya sea difícil.
Otro lugar: la puerta Bab Agnau, que franquea el paso hacia la Kasba. Una de las 20 puertas de la ciudad, pero sin duda alguna, la más bella de todas. En su interior, la vida de Marrakech. Y también la muerte, pues cerca de ella, se encuentran las Tumbas Saadíes. Tras pasar por un pequeño y estrecho pasillo, se llega a uno de los monumentos más visitados de toda la ciudad. Un gran patio interior, alberga la mayoría de tumbas, y en el mausoleo central, se ubican los tres sepulcros de Ahmed Al Mansur, y sus descendientes. A ambos lados de las tumbas, dos salas que rivalizan entre sí en belleza.
La belleza de una ciudad, se puede medir de muchas maneras. Marrakech no es bella, sin embargo ejerce una atracción difícil de explicar si no se ha paseado por sus calles.
Marrakech son olores, sabores, colores, imágenes, sonidos, sensaciones, lugares…Marrakech es un mundo, dentro de cientos de mundos. Quizás todo empezó hace cientos de años. Quizás aún no haya terminado de enamorarme de esta ciudad. Seguramente deba volver para encontrarme, mientras me pierdo pos sus calles.
 
 

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