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Los Berlines de Berlin

Podría decir que he visitado una decena de ciudades dentro de una misma, o también que cada barrio tiene una identidad tan propia que lo podrían convertir en una ciudad por sí sola. O también podría repetir la frase que dicen algunos Berlineses, de que su capital, Berlín, no es Alemania. O podría comentar también las anécdotas turísticas que se esconden en algunos lugares de la ciudad, o resaltar el pasado más cruel y terrorífico de una ciudad con una carga histórica brutal. O podría, en alguna manera, decir que he Berlineado por Berlín.

Acabo de poner los pies en la ciudad y ya voy de sorpresa en sorpresa. Tengo que buscar un punto de partida para callejear por una ciudad tan inmensa, que cualquier comparación con otra capital Europea, no es posible.

La puerta de Brandemburgo, la imponente, majestuosa e histórica puerta, me abre paso a dos ciudades dentro de una. Centro de peregrinaje, y de reportaje fotográfico para todos los turistas que allí nos acercamos, la puerta posee una historia de grandeza, de robos, de desfiles, de horror, de división, de unión, de paz y de paseos. La cuadriga que la corona, con la Diosa de la victoria al frente, desliza ligeramente su mirada hacia la embajada francesa, queriendo vigilar quizás, si otro Napoleón, la secuestrará de su alto emplazamiento para llevársela de nuevo a su país. 

Estamos en la plaza de París. Si se pretende hacer una fotografía de la puerta, sin la imagen de otro turista buscando lo mismo, hay que armarse de paciencia, o quizás pedir ayuda a un individuo disfrazado de Dart Vader, que se ofrece para posar contigo delante del monumento. El lujo que rodea esta plaza, llena de embajadas y de hoteles de alto poder adquisitivo, se termina cuando se cruza por debajo de la Brandenburguer Tor, y se accede por la Plaza del 18 de Marzo, a los primeros confines del mayor parque de Berlín, el Tiergarten. Y a mi derecha el Reichstag.

Me siento en unos bancos de piedra, para contemplar por enésima vez la famosa puerta, y dirijo mi mirada hacia la impactante cúpula de cristal del edificio del Reichstag. Si he tenido la previsión de solicitar hora para visitarla por internet, podré flanquear los estrictos controles de seguridad, y subir caminando por una rampa, hasta lo más alto de la cúpula, obteniendo desde la parte más alta, unas vistas de la ciudad únicas. De sorpresa en sorpresa. Mi vista no alcanza a ver dónde termina la ciudad. La casi ausencia de edificios altos, le da a Berlín, la imagen de una aun más enorme ciudad, donde el verde, abunda y sustituye al gris del cemento. Si los rayos del sol me ayudan, puedo observar desde el interior de la cúpula de cristal, los escaños del parlamento alemán. El pueblo observa a sus mandatarios. Transparencia. Al menos, esa, era la idea inicial de Norman Foster, al construir la cúpula. La fachada del parlamento es lo único que puedo ver del edificio, pues el resto de salas, permanecen cerradas a los turistas. De nuevo al observarlo, las imágenes históricas de años atrás, me vienen a la cabeza, en una mezcla de curiosidad y horror.

Me dirijo ahora hacia la Potsdamer Platz, siguiendo las marcas en el suelo, de lo que en tiempos no muy lejanos fue el muro de Berlín. Sus cimientos, siguen estando visibles, para que nadie olvide.

Y para recordar y no olvidar, el memorial al Holocausto del pueblo judío, una enorme extensión de más de 2700 bloques de hormigón, sin nombres, sin pinturas, sin orden aparente, pero perfectamente alineadas. Para recorrer en silencio, perdiéndose entre sus callejuelas improvisadas, pensando, recordando, y no olvidando. Si se consigue estar un tiempo en silencio, sin que ningún turista maleducado se suba en alguno de los bloques, el lugar conmueve. Bajo el memorial, un museo gratuito sobre el holocausto.

Dejo el triste pasado y llego a la modernidad más absoluta. El Sony Center. Cines, bares, restaurantes, fuentes de agua y todo bajo una cúpula de cristal. Un lugar donde evadirse, por unos momentos, o refrescarse con una buena cerveza alemana. Por el exterior del Sony Center, el paseo de las estrellas alemanas. Con una imitación absoluta al paseo de las estrellas de Los Ángeles, puedo fotografiar las estrellas de los más importantes artistas alemanes. Me acerco a la de Billy Wilders. Siempre me gustó la comedia.

La comedia y el drama, son las dos caras de una misma moneda, y el drama, se muestra unos metros más arriba, con los primeros pedazos del muro de Berlín, auténticos, que se muestran en la Potsdamer Platz. Trozos de muro, grafiteados, con algunos plafones informativos de historia detrás. Drama y comedia. Un alemán, vestido con traje militar, te estampa un sello en tu pasaporte, o se deja hacer una foto contigo, a modo de souvenir. Todo ello, por una módica propina. Drama y comedia. Un Berlín, dos berlines. Una ciudad, dos modelos, dos países, dos maneras de entender el mundo. Ni rastro queda del lugar, cerca de aquí, donde un personaje demasiado famoso, pasó sus últimos días, a la espera de que su régimen durase mil años. Una pequeña placa, casi escondida, es el único detalle de lo que, hace más de 60 años, fue el lugar de los últimos días de Hitler. Berlín no olvida. Berlín recuerda.

Enormes edificios de estructura soviética, grandes, austeros, fríos, como bloques de hormigón con ventanas, me acompañan en mí caminar por la enorme Wilhemstrasse. El antiguo edificio de la Luftwaffe, con algunas de sus paredes decoradas como un mural, es ahora otro edificio temido por los ciudadanos berlineses. La delegación de Hacienda. Uno de los pocos edificios que se salvó de los bombardeos aliados y soviéticos. En una de sus esquinas, uno de los escasos tramos originales del antiguo muro, a salvo de grafitis y con algunos pequeños agujeros, fruto de la obsesión de los berlineses, por guardarse un pedazo del muro de su prisión. Al otro extremo del muro, al otro lado, pero sin problemas para cruzarlo, la Tipografía del Terror. Un extenso mural, reflejando la ascensión, el poder y la caída del régimen totalitario. Aunque todos sepamos su historia, impresiona el recordarlo. Al lado mismo del mural, los antiguos cuarteles de la SS, ahora convertidos en otra exposición sobre la macabra historia de esta fuerza policial. Berlín no olvida. Berlín recuerda.

Con la cabeza algo aturdida de tanto horror, y con miles de preguntas en mi interior, me acerco de nuevo a otra obra de teatro. Drama y comedia. Después del horror, la comedia del Checkpoint Charlie. Unos alemanes caracterizados de soldados alemanes, custodian un ficticio paso fronterizo entre las dos alemanias, en un lugar lleno de souvenirs. De nuevo, se puede estampar un sello de la antigua Alemania, en nuestro pasaporte. Gorros de guerra soviéticos, emblemas militares alemanes y decenas de objetos auténticamente auténticos, y fabricados en China tan solo unos días antes, se muestran para su venta. Drama y comedia. Me alejo de la historia por la Friedrichestrasse, y paseo por una calle llena de tiendas de moda, de ropa, de objetos de decoración, de bares, de restaurantes, de bullicio comercial.

Una comitiva de coches de altísima gama, hacen sonar sus cláxones, y paran el tráfico si es necesario. Una boda, de unos jóvenes turcos, altera la paz de la calle. Pero nadie protesta, nadie se inmuta. Cualquiera de los coches de esta comitiva, me resulta prohibitivo para mi economía. La juventud turca de Alemania.

Y atraído por esta curiosidad, me acerco al barrio turco de Kreuzberg, donde las mujeres llevan mayoritariamente el chador. El idioma alemán se mezcla con el turco y comercios turcos invaden las calles del barrio. Si se tiene la oportunidad de acercase a un mercado callejero, se entrará dentro de una mezcla de olores, colores y sabores, que no se encontrara en todo Berlín. Aquí los edificios cambian. La construcción se vuelve diferente, más clásica, más austera y los paisajes urbanos destacan por ser totalmente diferentes a los del Berlín más alemán.

Moverse por todos los barrios de la ciudad, es una misión más llevadera si se hace con la ayuda del metro, el tranvía o el Bus. Perfectamente se puede acceder a cualquier zona, si se saben combinar los distintos tipos de transporte. Y si se quiere recorrer la ciudad, sentando cómodamente en la planta superior de un autobús de dos pisos, y observar la parte más importante o turística de la ciudad, el autobús 100, te permite, ver Berlín sin cansarte. O mejor dicho. Ver un Berlín. A través de las sucias ventanas acristaladas del autobús, observo el palacio Presidencial, o la Columna de la Victoria, en el centro del Tiergarten, o sencillamente observo, contemplo, diviso, una ciudad en continuo movimiento.

Grande, grande, grande. Inmenso. El museo de Pérgamo, el museo del altar de Pérgamo.

El museo.

Primero fue la obra, y cuando estuvo en tierras alemanas, entonces se levantó el museo. No hay palabras para describirlo. Podría tan solo decir que me pasaría horas contemplando el altar, y aun así, no terminaría de satisfacer mi curiosidad por la obra. Cuando la admiración, haya bajado de nivel, me levantaré del suelo, y pasearé por otras salas del museo, para contemplar las puertas de Babilonia, o el templo de Jordania, o las decenas de piezas de gran valor, pero que quedan escondidas con la majestuosidad del altar. Grande Berlín. Cinco importantes museos, concentrado en una isla, en la isla de los museos. Una vasta extensión de tierra, flanqueada por el rio Spree y el canal del mismo nombre, con unos edificios que ya por fuera son obras de arte.

Entro en el Neues museum, en busca de ella, en busca de un busto, de una figura, de una piedra. El busto de Nefertiti. Me paso de largo todo lo que el museo me ofrece, que es mucho, pero tan solo voy en busca de ella. Y al encontrarla, protegida por una vitrina de cristal, me siento recompensado. Te encontré, te vi. Al fin aprecié tus colores milenarios y comprendí porque eres tan famosa. ¿El resto del museo?, Un museo lleno de obras de arte, y sarcófagos egipcios.

Al lado de los museos, la Berliner Dom, la Catedral de Berlín. La iglesia protestante más grande de la ciudad. Sus cúpulas verdosas, su escalera principal y su fachada, son se mire por donde se mire, una maravilla. Merece la pena recrearse en verla detenidamente por el exterior. Del interior, con un museo de pago, no puedo opinar.

Necesito un rato de descanso, de ocio, de sentirme por unos momentos un típico turista, y por ello, contrato un paseo en barco por el rio Spree, en cualquiera de los botes que se me ofrecen. Es cuestión de dejarse seducir por el barco que nos ofrezca más colorido, o posea audio guías en nuestro idioma. El recorrido de una hora de duración, me muestra otro Berlín más. Un Berlín acuático, calmado y en reposo. Un Berlín también majestuoso, cuando navego al lado de edificios con mucha historia entre sus paredes. Cruzo varios puentes, algunos de muy modernos, y me asombro de lo grande, grande que es la ciudad. Más de 1700 puentes alberga la capital de Alemania, y aunque tan solo cruce una media docena en el crucero, los que veo, me encantan. Interesante excursión turística. Al bajar del bote, calmó mi hambruna, con uno de los puestos ambulante unipersonales de venta de salchichas en plena calle. Curioso ver como el empleado, lleva a cuestas, el horno para asarlas, el pan, las salchichas, las pinzas para cogerlas, y una sombrilla para no mojarse o protegerse del sol. A mí me harían falta cuatro manos y me sentiría aun un poco torpe.

Estoy en medio de la Unter Den Linden, la majestuosa avenida, que termina en un extremo en la puerta de Brandemburgo y en la otra en la Alexanderplatz. Los edificios más históricos se encuentran en esta larga avenida de casi 4 kilómetros de largo. La flamante ópera de Berlín, ahora en restauración; el edificio Humboldt, enorme cubo modernista que desentona brutalmente en la decoración paisajística; la catedral católica de Hedwigs, lugar principal de culto católico en Berlín; o la universidad de Humboldt, lugar en el que en una noche oscura, miles de libros fueron quemados por los nazis. En la plaza frente a la universidad, una biblioteca vacía, subterránea, a la vista del público por un cristal, recuerda esa noche. Se empieza quemando libros. Se termina quemando personas. La Alexanderplatz, es una grandiosa plaza, que parece más una extensión de terreno rodeada de tiendas, que no una plaza.

En Berlín no hay peligro en que te atropelle un coche, pero si una bicicleta o un tranvía. Cruzar la plaza, a veces, es complicado, pues tienes que tener la vista puesta en mil y una direcciones. Establecer Alexanderplatz como centro de operaciones, es una buena idea, pues son varias las líneas de tranvías o autobuses que pasan por ella. Las tiendas de comida rápida, o de los famosos Currywurtz, están por todas partes.

Y el punto de referencia de cualquier Berlinés, es la torre de la televisión. Visible desde cualquier lugar de la ciudad, es un excelente mirador para observar todo Berlín. Sus más de 360 metros de altura, lo convierten en uno de los edificios más altos de Europa. Su café giratorio, a más de 200 metros de altura, es el lugar ideal tanto de día, como de noche, para sentarse y contemplar Berlín desde todos los ángulos posibles. Un poco caro el ascender al mirador, pero merece la pena. Se puede cenar en el restaurante, siempre que se haya tenido la precaución de reservar antes. Totalmente recomendable.

Berlín me agota. Quiero ver tanto, en tan poco tiempo, que necesito descansar. La oferta de terrazas, es tan inmensa como grande es la ciudad. Puedo sentarme en cualquier esquina, tomar una cerveza, mientras unos músicos organizan un pequeño concierto improvisado en la otra esquina. Y además, con música de calidad. Algunas chicas, se ofrecen para todo aquel que quiera pagarlas, y todo ello, dentro de la más absoluta normalidad. La estampa en cualquiera de las plazas céntricas de Berlín es tan autentica que resulta inenarrable. Berlín es limpia. Pobre pero limpia, como dicta una norma no escrita de su alcalde. Tengo curiosidad por acercarme a una sinagoga, y encuentro varias en mi ruta caminante por los distintos barrios. Muchas de ellas, protegidas por policías. Quizás al ser finales de abril, aniversario de la muerte de Hitler, estén más vigiladas que otros días. Me sorprende.

Visito el cementerio judío de la Avenida Schonhauser, y me parece que he entrado en un cuadro fantasmagórico. Las semiderruidas lapidas, sobresalen entre medio de vegetación, de árboles caídos y de musgo. Es el lugar ideal para filmar una película sobre muertos vivientes. El lugar sobrecoge.

Es uno de mayo. Fiesta. Me acerco a una fiesta okupa, en medio del barrio de Friedrichshain. La gente baila al ritmo de un DJ, bebe cerveza y ni se inmuta por dos turistas que no pasan desapercibidos. El ambiente es festivo. Tolerante. Mis pasos me llevan ahora hasta uno de los iconos de la ciudad, el East Side Gallery, el trozo de muro de más de un kilómetro, completamente grafiteados, con unas imágenes que me son conocidas. Sorprende la imaginación de los pintores, y de cómo, con cuatro dibujos, se puede decir tanto. Berlín recuerda. Berlín no olvida.

Y visito más lugares de la ciudad, como la preciosa plaza de Gendarmenmarkt, con dos iglesias exactamente iguales a cada extremo, ¿iguales?... o la casa ocupa de Tacheles, centro de artistas y de conciertos alternativos; o el ayuntamiento, con su fachada de ladrillos rojizos; o las estatuas de Marx y Engels, o el barrio comercial, o los patios interiores semi escondidos que esconden galerías de arte y tiendas de miles de cosas… Pero hay tantos Berlines por ver, que no los voy a descubrir todos.

Ya tengo una perfecta escusa para volver. Visitar más Berlines.

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