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Las tierras del norte de Vietnam

 La forma más común de acercarse al norte del país, es a través de un ferrocarril que recorre los 350 kilómetros desde Hanoi a Lao Cai, en poco más de 10 horas. Un palizón de trayecto, que es el peaje a pagar para disfrutar del paisaje más espectacular de todo el país.

Los trenes a Lao Cai, parten todas las noches desde la estación central de Hanoi, que se convierte en los momentos previos a la partida, en un hervidero de turistas, de vietnamitas y de buscavidas de todas las condiciones que a cambio de alguna propina, se ofrecen a llevarte a al andén correspondiente, que está perfectamente indicado. Unas chicas vestidas con un traje azul celeste, son las únicas informadoras gratis en aquel lugar, y aún así, siempre hay alguien que se deja convencer por los agudos personajes nocturnos de la estación.

Los primeros momentos de travesía, se suelen pasar en el vagón bar, donde la obligación de consumir alguna bebida no impide que cada uno se traiga sus bocadillos y comparta experiencias con otros viajeros. Lo ideal, después de las risas y cervezas, sería intentar dormir en alguna de las literas del compartimiento para cuatro personas, pero esta fácil tarea, es casi imposible de ejecutar. El tren es una coctelera andante. No queda ni un solo tornillo de todo el tren, que no vibre con las sacudidas del trayecto, e intentar dormir, se convierte en la misión más imposible de todo el viaje. Pero estamos de vacaciones. ¿No?

Con los primeros rayos de sol, se llega a Lao Cai, punto final del trayecto ferroviario, y punto de partida de todos los viajeros que visitan las tierras del norte del país. Paso fronterizo con China, Lao Cai no posee ningún interés más que su mercado, o los alrededores de la animada estación de tren.
En unos 35 minutos se llega a Sapa, situada a poco más de 1600 metros de altitud, y donde el verde paisaje, inunda todos y cada uno de los rincones que nuestra visión pueda obtener.

Sapa, es una calle, la Cau May Street, salpicada de tiendas, de grupos étnicos, de turismo y todo ello envuelto en un manto verde de arrozales, de terrazas verticales, de campos de maíz, árboles, pastos y calor….Sapa es la puerta a los Alpes Tonkineses, morada de un increíble mosaico étnico, de pequeñas aldeas cada una con una personalidad propia…Sapa es un cruce de caminos para descubrir a pié, lugares donde los vehículos a motor no pueden acceder, y tan solo las botas de travesía sirven para andar entre caminos, rocas, riachuelos y barro. Sapa es un punto y aparte en Vietnam. Sapa es donde se puede reconocer la historia viva, real y cotidiana de un país.

Callejear por el mercado de Sapa, situado en un lateral de la calle principal, es adentrarse de nuevo en un jeroglífico de olores, de colores, y de visiones no muy agradables. Carne de perro troceada pero perfectamente distinguible, se ofrece al lado de otras carnes más habituales. Se puede ver como un tendero trocea una pata de caballo, con los restos sanguinolentos derramándose abiertamente, y al lado de él, un perro aun vivo, pasea tímidamente entre los otros puestos de carne. El pescado se ofrece encima de mesas de madera, y los que aun están vivos, se revuelven dentro de unas palanganas llenas de agua. Las moscas sobrevuelan por los manjares, y los tenderos gritan sus precios y ofertas. Dentro del mercado, en un ala aparte, hay numerosos puestos de comida, donde los lugareños se alimentan básicamente con una sopa de apariencia gelatinosa. En un saco cerrado, algo dentro del mismo, no deja de moverse, y nos preguntamos que animal, estará intentando salir de su cautiverio. Puestos de verduras, de frutas, de gallinas, de aves... Las diferentes etnias de los valles del norte, se pasean con sus retoños cargados a sus espaldas, y en un descuido de ellas, intento captar aquella imagen que me sirva para ilustrar un lugar.

En el piso superior del mercado, se encuentran las tiendas de ropa autóctona, de souvenirs, de bolsos de tela que supuestamente tejen las muchachas del lugar. Lo más curioso es poder ver como algunos vendedores, duermen encima de las prendas que tienen que ofrecer, mientras a su lado otros cosen, o sencillamente se dedican a intentar vender alguna prenda al turista. Las calles colindantes del mercado, las tiendas de ropa de trekking, de auténtica imitación, se hacen un hueco entre los restaurantes y agencias de viajes, de excursiones o los centros de masaje.

Callejear por la calles de Sapa, se convierte a veces en un ejercicio de valentía, para sortear a todas las mujeres de las distintas etnias que se acercan para venderte alguna de sus elaboraciones. Te rodean, te persiguen…. Y a veces parece ser que las palabras “no gracias” no las entienden. Mujeres ancianas, adolescentes, niñas…todas se acercan para que les compres, y como la vistosidad de sus vestidos étnicos llama la atención, una simple mirada nuestra, ya se convierte en el primer paso para intentar “abordarte”. Si la casualidad lo permite, es fácil ver una comitiva funeraria desfilando por las calles. Delante una banda de música, vestidos con inmaculados trajes blancos y tocando melodías propias del momento. Detrás de ellos, toda una legión de personas, abrigando con sus manos un ataúd sobre un carro tirado por bueyes y decorado con coronas funerarias de forma ovalada. Contraste entre la vida del turismo y el ocaso de la persona.

En la plaza principal de Sapa, al abrigo de la única iglesia cristiana de la localidad, se celebra todos los días el mercado de artesanía, o mercado turístico, donde se puede comprar libremente, sin tanto “acoso” como por las calles. Muchas de las vendedoras, hacen los trayectos desde sus aldeas hasta Sapa, a pie, por la noche, kilómetros a oscuras, para ganarse unas monedas con que subsistir. Algunas, duermen en los interiores de los puestos alineados dentro de la plaza principal de Sapa.
Sapa es la ciudad que da nombre a la región étnica por excelencia de todo Vietnam. Más de 50 etnias, habitan en las montañas del norte del país: Los tay, muong, dao, Hmong…

Si se quiere descubrir la magia de unos paisajes, se debe de andar por las aldeas cercanas, como la aldea Lao Chai. Emplazada en un valle de gran belleza, rodeado de terrazas de cultivo y de casas tradicionales, el trayecto hacia la aldea, se hace por medio de un sendero perfectamente preparado para caminar, y sorteando a las innumerables mujeres de la aldea, que acuden a Sapa, y que por el camino intentaran venderte algo.

Unos niños en edad escolar, ayudan llevando piedras a construir una escuela. Sus miradas son de una inocencia tan pura, que parece que sean imposibles. A tan corta edad, y ya trabajando. Niñas en edad adolescente, están sentadas en sus casas aprendiendo el arte del bordado. Unos conocimientos que serán parte esencial de su vida en estas tierras. Los principales productos que venden los aldeanos son bordados de distinta forma y color con hilos de seda. Todos se cose, todo se borda.

Llegamos a la aldea. Una hilera de casas, separadas por el cauce de un pequeño riachuelo nos recibe. Los miembros de la etnia Hmong negros, nos salen al paso para que entremos en sus casas y les compremos algún objeto, o una botella de agua. Un consejo. Que nunca falte el agua en una caminata, por pequeña que sea. El sol y la humedad, son importantes contratiempos si no se lleva la precaución de reponer agua en el camino. Loa Hmong negros, con sus trajes típicos tejidos de un color también negro, son mayoría en esta aldea. Algunos niños corretean descalzos encima de pequeños pilones de arena. Otros nos sonríen y nos saludan. Y nosotros tan solo podemos asimilar que dentro de tanta belleza paisajística, se esconda tan poca comodidad y progreso. Cabañas de madera con techo de paja, levantadas sobre un suelo bendecido por sus antepasados; campos de arroz, de maíz, de trigo, cultivados por los Hmong, nombre que en su idioma significa libre. Y libres son.

Casi pegada a la aldea Lao Chai, se encuentra la aldea Ta Van, de la etnia Giay. Las casas aun siguiendo el mismo patrón que las anteriores, tienen un punto más elaborado en la construcción, mejor acabadas, más decoradas y con una apariencia de estatus superior que también se observa en la elaboración y venta de su artesanía. Podríamos estar hablando de una etnia, algo más acorde con los tiempos en los que vivimos, pero sin dejar de lado las costumbres típicas de la zona.

Los paisajes seguían teniendo la monótona descripción de gran belleza. El verde de infinitas tonalidades, resaltaba por encima de cualquier color. Seguía estando en una acuarela paisajística increíble. Poco a poco, a través de un sendero perfectamente marcado, regresamos a Sapa. En la zona hay bastantes más aldeas para visitar, algunas de ellas, con una vida turística tan importante, que al descender del transporte, ya se tiene la “persecución” implacable de decenas de niñas, de adolescentes, de mujeres de todas las edades posibles, a la caza del dólar con patas que somos nosotros.
El acoso, es en algunos momentos irritable, y se debe recurrir, a la ignorancia más absoluta, para lograr que le dejen a uno en paz. Cuevas de difícil acceso para visitar, aldeas donde quedarse a dormir una noche y estar en contacto más directo con la población, puestos de confección de artesanía en el camino, al abrigo de un organismo para la protección y conservación de los modos de vida tradicionales de estos pueblos, caminos sin asfaltar que cruzan puentes, rodean aldeas y se adentran por los parajes mas inverosímiles, bueyes que recorren los caminos, guiados por niños de cortísima edad, terrazas de arroz, vegetación, paisajes, vida….La región más auténtica del país, se esconde al abrigo de los Alpes Tonkineses. Incluso, la neblina que suele siempre aparecer, se empeña en ocultar la zona, intentando sin éxito, preservarla de un turismo de masas, que lentamente empieza a dañar la zona.

Si uno lo desea, y después de cruzar más campos de arroz, con algunas tumbas en su interior, se puede llegar al rio Chay, y navegar en él por unos minutos, para ahorrarse un trozo de camino, y poder obtener otra visión del paisaje del norte del país.

La mejor manera de descansar en Sapa, si no se tiene ganas de ir de tiendas, es acercarse a cualquiera de los varios establecimientos que ofrecen masajes, tomar un pastel en alguna cafetería, o deleitarse cenando, en cualquiera de los muchos y buenos restaurantes del lugar. Si se está cansado de comida vietnamita, siempre habrá una auténtica pizzería italiana, servida por camareras vietnamitas. La pizzería Delta, es la mejor opción.

Una de las visitas mas típicas y tópicas en una excursión a Sapa, es la visita a alguno de los muchos mercados que se organizan todos los días, y aunque el de Bac Ha, es el que se lleva la fama, hay otros, no tan grandes e importantes, pero que ganan en autenticidad, y en menos aglomeración turística.

Nosotros nos dirigimos hacia el de Can Cau, a tan solo 9 kilómetros de la frontera China. Quizás como mercado, nos decepcionó algo, pues esperábamos más de él, pero aun así, las sorpresas, las curiosidades, las costumbres y los olores, no nos dejaron indiferentes. En este mercado se celebra una subasta de ganado, muy importante en la zona, y el colorido de los animales, mezclados con los llamativos colores de las etnias del lugar, hicieron del mercado una visita más aceptable de lo que a priori nos esperábamos.

Un peluquero espera clientes, mientras frente a el, las mujeres Hmong Flor, quieren vender especias o comprar helados. No se puede tener un descanso visual. Tanto por ver, que la memoria se colapsa rápidamente. En un piso o escalón inferior del mercado, se encuentra la zona de comidas, donde los vendedores y los compradores firman sus acuerdos, al abrigo de un buen licor de arroz, o fumando una especie de puro gigante de caña. La bebida también hace estragos en la zona, y algún vietnamita cae rendido en mitad del camino.

Si la borrachera no es de alcohol, sino de paisajes y colores, la opción más sensata es regresar a Hanoi, haciendo el trayecto de nuevo en la coctelera ferroviaria, intentar pasar el tiempo lo mejor posible en el tren, y llegar tan pronto a la capital, que nos de tiempo de acercarnos a ver alguna clase de Tai Chi, en cualquiera de los parques de la ciudad.

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