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La pequeña gran Praga

 Si Mozart hubiera compuesto una sinfonía dedicada a Praga, probablemente se le habría acabado todo el repertorio de notas musicales antes de poderla terminar. Praga es como una sinfonía sin final, como un estruendo de tambores en medio de un adagio, como el sonar de unos violines al final de una obertura Wagneriana. Praga es una delicia para los oídos, porque a Praga, hay que escucharla.

Todo es grande en la pequeña Praga. Si tengo que empezar mi recorrido por un lugar, empiezo por la ciudad pequeña, por Mala Strana. Y recorro sus calles con la convicción de que jamás se ensuciaron, de que sus fachadas son recién limpiadas, recién construidas. Alegres, grandilocuentes, queriendo ganar espacio a la partitura del sonido de un tranvía, que cruza lentamente por Kar Melitska. Me detengo a mitad de esta calle, para entrar en la primera iglesia de las muchas que visitaré. La devoción por el Niño Jesús de Praga, por el Bambino di Praga, situado en la Iglesia de Santa María de la Victoria, traspasa las fronteras de la ciudad, y me ofrece un arcoíris de ciudadanos visitándolo. Pequeña iglesia, pequeña imagen, gran devoción. Pequeña gran Praga.
Si Joaquín Sabina le cantó a estas calles, seguro que en alguna esquina encontraré un personaje Sabiniano, un tipo con un acordeón, o una chica tocando el violín, o quizás una deslumbrante mujer morena, de ojos claros y grandes que me sonreirá al pasar. Las inevitables tiendas de recuerdos salpican las fachadas de la calle Nerudova, y en cada escaparate, encuentro un motivo para detenerme frente a él. Las marionetas parece que cobren vida cuando las miro, y el delicado cristal de Bohemia parece más frágil de lo que es. Antiguamente, las casas de Mala Strana se identificaban por objetos colocados encima de sus portales; la casa de la campana, de la llave, del arco…
Al final de la calle, el imponente Castillo de Praga me ofrece su visión. Alto y altivo, deslumbrante y majestuoso, monumental. Por algo es el castillo medieval más grande del mundo… Edificado en los albores del siglo IX, con la misión de proteger la ciudad, el castillo es como una ciudad, dentro de otra ciudad. Patios, calles pintorescas, edificios, palacios, conventos y Catedrales. Y gente, turistas, praguenses, policías, vendedores y compradores, estudiantes y niños corriendo por las plazas. Una ciudad dentro de otra ciudad.
La gótica Catedral de San Vito, domina desde su emplazamiento todo el cauce del rio Moldava a su paso por la ciudad. 600 años para construirla, y 60 minutos para visitarla.
Sus vidrieras de brillantes colores, rosetones con escenas de la Biblia, capillas dedicadas a las santidades locales, y a las universales, tumbas reales y tumbas de plata para Santos de nombre impronunciable. La visito desde las alturas, desde los laterales, desde las capillas, desde las bancadas….y no me canso de contemplarla. Puedo tener la fe algo aletargada, pero la Catedral impone. Visito el resto del Castillo, sus pabellones, sus salas perfectamente restauradas donde parece que la vida siga desarrollándose como hace centenares de años. Y aprendo en la Cancillería Bohemia, las leyendas, las historias de revoluciones y de milagros, de ventanas y paisajes. Subo y bajo escaleras, pero no me pierdo, en este mosaico de historia. Y si lo hiciera, rogaría que no se me buscase en la mazmorra de la torre Dalibor, donde aún hay vestigios de los prisioneros de siglos anteriores.
Una calle peculiar, un callejón de oro, callejón de artesanos, de antiguos artesanos convertidos en modernos empresarios de todo tipo de arte. Los alquimistas de antaño han substituido el oro, por los euros de los turistas. Las casas contrastan en sencillez, con la opulencia de los edificios colindantes. Aun así, se impone su visita y casi de obligación es detenerse en la fachada número 22, donde un joven Kafka, pasó algunos años de su vida.
Las vistas desde el castillo, son impresionantes, pero no definitivas, y para encontrar la foto de postal, hay que retroceder por las calles de Mala Strana, y alcanzar la cima de la Colina Petrin. La torre del mismo nombre, fiel calco de la torre emblemática de Paris, aunque cinco veces más pequeña, nos ofrece las mejores postales visuales de una pequeña gran ciudad. Desde las alturas, observo el cauce del rio Moldava, el más largo de la República, acariciando las dos orillas de la ciudad, y casi puedo sentir las sirenas de los barcos recorriendo sus aguas repletos de turistas, buscando la mejor imagen que llevarse de la ciudad.
Sin duda alguna, el momento cumbre de este crucero es cuando se circula por debajo del puente de Carlos, el famoso e imponente puente de Carlos. Una decena de puentes unen la ciudad, pero el prestigio de esa unión, es un puente construido hace más de 600 años. Hay un trasiego incesante de todo tipo de personajes, vendedores, dibujantes, algún charlatán y músicos. Música en Praga. Al abrigo de los grupos escultóricos del puente, que parece que estén actuando en una función sin final, siempre habrá un grupo de violines y guitarras adornando una puesta de sol, una mañana, una tarde, un momento…El puente de Carlos, el emblema de la ciudad, une Mala Strana con la Ciudad Vieja, con Stare Mesto. Quisiera quedarme en el puente, viendo la vida pasar, sin embargo me adentro en las calles de la vieja ciudad, para contemplar que aún respiran el ambiente solemne y bohemio que inspiró a artistas, músicos, escritores y a fanáticos del viaje como yo. Praga, pequeña gran Praga.
A través de la calle Karlova, llego a la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga. Instantes antes, mis pies han recorrido las sombras que proyecta la torre de la Pólvora, y descubro que su aspecto exterior, oscurecido con el paso de los años, no le quita ni un gramo de brillantez ni de majestuosidad. Poco más de una docena de torres similares siguen aún en pie por la ciudad. Me sigo sorprendiendo. Las fachadas de las casas, parece que bailen a los acordes una sinfonía imaginaria, y los colores y grabados de sus paredes, son como unas notas de acuarela en un paisaje urbano sin fin.
Staromestska Namesti, el corazón de Praga. Intento detenerme en el centro de la plaza, y que mis ojos me vayan guiando por un perímetro imaginario. Edificios barrocos, casas renacentistas e iglesias, alrededor de una plaza inigualable. En cada esquina encuentro la foto del día, el detalle único de la ciudad, la pincelada arquitectónica a modo de decoración. Una campana de piedra, esculpida en una pared, no me dará sus sonidos característicos, aunque algunos de parecidos me los da el reloj astronómico, convertido en espectáculo a cada hora. Apóstoles danzantes mientras la muerte va tocando su campana. Un reloj convertido en el lugar más fotografiado de toda la pequeña gran ciudad. Alzo la vista y veo cuatro horarios en uno solo. ¿Cuántas horas necesito saber?...Astral, centroeuropea, babilónica, o la antigua Checa….Tan solo deseo saber la hora de Praga, la hora de la sinfonía de sonidos…
Desde lo alto de su torre, después de subir sus 140 escalones, me siento un observador privilegiado, y contemplo que todo está más cerca de mí de lo que parece. Con la vista alcanzó a ver toda la ciudad, los barrios lejanos, cercanos, las terrazas bulliciosas de la plaza, la iglesia de Tyn, otras iglesias, taxis y tranvías; oigo el griterío de los turistas, de las palomas revolotear, y casi puedo oler el aroma de cientos de cervezas degustadas en los puestos de comida de la plaza central. En lo alto de la torre, observo la vida de Praga.
Me siento en un taburete de un puesto de bocadillos. Como carne ahumada, regada con una cerveza, o con dos, o con tres. Comparto mesa con personajes anónimos, que me sonríen. Praga es una sonrisa anónima expresada con aliento de cerveza. De postre puedo optar por los típicos bollos dulces praguenses, los “Kolace”, hechos artesanalmente a la vista de todos. Las decenas de casetas de artesanía que llenan la abarrotada plaza, me ofrecen cientos de souvenirs para que me los lleve en una maleta de vuelta a mi hogar. Pero el regreso aún queda lejos, y mientras ese momento no llegue, sigo observando los edificios singulares que rodean el centro neurálgico de Praga. La fachada principesca de la Iglesia de Tyn, la construcción gótica más impresionante de la ciudad, es el argumento fantasioso de una leyenda en Praga. En cualquier momento creo que de sus torres, se asomará una princesa secuestrada por algún malvado villano. Quizás las victimas de ese cuento imaginario estén en el monumento a Hus, que en un lateral de Staromestke, representa un apasionado drama de soldados marchando al exilio. Antes de abandonar el centro de la ciudad, me detengo en la blanca fachada del Templo de San Nicolás. Respiro hondo para saborear esta imagen. Las cúpulas verdes de las torres, parecen indicarme que para subir al cielo, no hace falta volar.
Decido marcharme de la plaza, a través de las callejuelas colindantes que me llevan a más plazas, a más fachadas inmaculadamente limpias, cafés de estética renacentista al lado de bares salpicados de modernidad, tiendas de marionetas que en su quietud parece que se muevan para mí. Un monumento hecho de miles de llaves, se levanta, curioso, en un cruce peatonal con vistas a Tyn. Y me pregunto si alguna de estas llaves no abrirá los cientos de candados que los Praguenses atan en la reja que protege un viejo molino de agua, cercano a la isla de Kampa. Curiosidad importada de una famosa película italiana. Y de nuevo me doy cuenta de que la mejor manera de descubrir Praga, es perderme por ella, por sus patios escondidos, por sus calles estrechas que desembocan inevitablemente en una gran avenida, por sus iglesias escondidas que rebosan arte, historia y música. En cada templo, cada noche, un concierto. Hay tantos por elegir que decido no elegir ninguno, y llenarme los oídos con la sinfonía de la ciudad entera. Perdida entre los rincones de la ciudad, se encuentra la Iglesia de San Jacobo. Templo en mayúsculas, con una nave central que es arte puro. Una de las iglesias mas hermosas que se han construido jamás, donde el arte barroco inunda cualquier rincón del edificio. Imprescindible. Cerca de la iglesia está el patio de Tyn; antiguamente, lugar de mercaderes y almacenes. Hoy un remanso de paz, lleno de tiendas, cafés y restaurantes.
Las limpias calles me van acercando al barrio judío, donde un amasijo de lápidas de diferentes estilos, y superpuestas unas con otras, me descubren el viejo cementerio judío. Su uso actual, es meramente turístico. Varias sinagogas forman un sendero ficticio dentro de la ciudad, y al visitarlas se aprende, se descubre, la importancia de esta comunidad en la pequeña gran Praga.
Me sorprende el ayuntamiento judío, con su reloj cuyas manecillas se mueven al revés, de derecha a izquierda, igual que la escritura hebrea. Los edificios del bario Josefov, no desentonan en belleza y opulencia a los del resto de la ciudad, y las tiendas de las más famosas marcas, tienen su lugar en los bajos de cualquier edificio. El dinero llama al dinero. La vieja estética del café de Kafka, me invita a sentarme en sus bancos de madera, tomarme un café y contemplar como el paso del tiempo, pasó de largo por este lugar. No hay tertulias en sus mesas, tan solo el incesante charloteo de los turistas al abrigo de una taza de café.
Vuelvo a perderme por Praga, y aparezco en el muro de John Lennon, una pared llena de grafitis en homenaje a un músico, que jamás pisó estas calles, pero que se ha convertido en un homenaje a la libertad, a la paz, a la rebelión contra la dictadura soviética de hace ya algunos años. No queda ningún espacio para poner una firma, una frase, una reseña. Tampoco queda mucho espacio en la calle Kozeluzska, donde un semáforo controla el paso de peatones. 77 centímetros de amplitud nos llevan al rio Moldava, y la curiosidad de tan estrecha calle, es proporcional a lo difícil de localizarla. Tan solo las decenas de turistas haciendo cola para cruzarla, nos podrá indicar donde se encuentra.
No cruzo la calle, porque dejo que mis pasos me lleven hacia Nove Mesto, la ciudad nueva. Camino paralelo al río, deleitándome en las fachadas de los edificios, de las casas, de los hoteles, de los restaurantes. A mi izquierda arte, a mi derecha el cauce fluvial del cinturón de la ciudad. Algunos cisnes nadan por sus aguas; pequeñas embarcaciones de recreo flotan en el agua, y las que están detenidas en la orilla, nos invitan a subir a bordo de ellas y degustar una cerveza con aroma a pescado. Pequeña gran Praga, me enamoras. Me siento como una marioneta por tus calles, y como si quisiera bailar contigo, llego al edificio de Ginger y Fred…el edificio que baila.
Frank O. Gehry, hizo que un edificio bailase. ¿Por qué no podría yo bailar con toda Praga? En cualquier esquina suena una melodía, una sinfonía o una canción popular. Es inevitable que las obras maestras de los grandes compositores mes persigan educadamente por toda la capital Checa. La casa Municipal, otro de los edificios más emblemáticos, artísticamente hablando, me ofrece parte de la obra de Dvorak. No se si entrar en sus lujosas salas, o bien deleitarme en su impresionante fachada.
Mi recorrido por la ciudad, me lleva a la Plaza Venceslao. La estatua del caballero que preside la plaza, frente al Museo Nacional, se erige desafiante y protectora, vigilante, imperturbable. Cuanto más la observo, más pienso que en algún momento pueda cabalgar con su caballo de piedra, y arremeter contra todos los que quisieran romper la melodía de la ciudad. La ciudad nueva, tiene su guardián en San Venceslao. Estoy cansado, felizmente abrumado por todo lo que la pequeña gran Praga me ofrece. Descanso mis pasos en las inevitables tabernas turísticas donde la cerveza se ofrece sin pedir, y los cánticos de los turistas en mesas largas de madera, sustituyen cualquier conversación medianamente ininteligible.
Si Praga se me quedase pequeña, siempre podré alejarme un poco de ella y llegar a Karlovy Vary, el gran centro balneario bohemio, y descansar en cualquiera de los varios balnearios que inundan la ciudad. El agua ligeramente salada y caliente que brota libremente por sus fuentes, se convierte en un pequeño premio por todos los viandantes, que provistos de un típico souvenir en forma de tetera, van catando si el agua sabe igual en una fuente que en otra. Los enormes edificios, muchos de ellos de estilo art nouveau, rivalizan entre si en belleza. No sabré jamás si la tranquilidad de la ciudad, se debe a sus balnearios, o a la belleza de sus calles, regadas por el cauce del rio Teplá.
Soy incapaz de destacar un edificio de otro, por eso, sorprendentemente, la decisión me la otorga la Iglesia ortodoxa rusa de San Pedro y San Pablo. Semi oculta por los arboles, sus cúpulas doradas con tonos azules, resaltan resplandecientes por encima de sus torres. Una obra de arte, dentro de otra. Se me agotan los calificativos entre la ostentosidad de su exterior, y la sencillez de su interior. Los aledaños de la iglesia, están siempre abarrotados de personas de ascendencia rusa, en una extraña peregrinación balnearia.  Karlovy Vary, es la guinda de un pastel. Es el postre a un buen menú. Es la nota final a una gran sinfonía. Cada rincón, la nota de una partitura y con todos los rincones de Praga, escribo la más hermosa de las melodías. Mi pequeña gran Praga.
 
 
 
 
 

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