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Entre vinos y ribeiras, Oporto

El Duero guarda un respetuoso silencio al cruzar Oporto. Ni siquiera la simbiosis perfecta cuando sus aguas dulce se mezclan con las del salado Atlántico, proporcionan el más mínimo estruendo.  Es el tributo a una ciudad, que permanece en silencio, en un triste y melancólico silencio, que tan sólo las barcas que cruzan sus aguas repletas de turistas consiguen alterar.
El Duero en Oporto, se recorre en unos paseos de poco mas de 60 minutos, admirando sus puentes, sus cinco o seis puentes, y descubrir una cara de la segunda ciudad de Portugal, que  sólo se puede admirar desde las aguas.
Siempre hay vendedores de tickets en ambas riberas dispuestos  a ofrecerte un paseo por el río y unas entradas a unas bodegas, que permanecen abiertas sin necesidad de invitación previa. Acercarse al lugar donde las aguas se mezclan y no saber a ciencia cierta si estas navegando sobre un rio o sobre un océano, observar las gaviotas sobrevolarte, buscando cualquier rastro de comida, y sobre todo navegar en silencio, contemplando los distintos e históricos puentes, es uno de los muchos placeres que ofrece la melancólica Oporto.
 
La Ribeira, donde los restaurantes invaden aceras, carreteras, plazas y balcones, ofrece una variedad culinaria, turística y de distintos precios, acompañada de unas vistas increíbles sobre el rio, sobre la Vila Nova  de Gaia, o sobre la luna llena emergiendo imponente por detrás de los cercanos edificios. La vida más ruidosa, la vida más turística, la Oporto más visitada se abre paso entre restaurantes, tabernas y tiendas de recuerdos.
 
Si me entretengo a callejear por las calles paralelas a la Ribeira, conoceré una Oporto totalmente distinta al ajetreo y al bullicio de las tabernas. Las empinadas y tortuosas calles del barrio ribereño, muestra una ciudad distinta. Los edificios, están decorados de un color triste, de un color de abandono, de un color de dejadez. Unas buenas manos de pintura, y algunos albañiles que reparen algunas fachadas, sería el primer trabajo a realizar si quisiéramos devolver a Oporto, todo el esplendor que antaño tuvo.
 
Los viejos tranvías de color marrón, te transportan físicamente por varios lugares de la ciudad, y mentalmente te invitan a retroceder en el tiempo y dejarte imaginar que paseas por la Oporto de principios de siglo. La línea de tranvía numero 1, realiza un precioso recorrido, por toda la ribera del rio, desde las cercanías del Fuerte de San Juan Bautista, inicio de la desembocadura,  hasta los pies del edificio de la bolsa, en pleno centro urbano.
Una manera tranquila, sosegada y original, de recorrer toda la orilla del Duero, desde el mismo momento que se mezcla con el Atlántico, hasta las cercanías del majestuoso y fotografiado puente de Luis I.
 
Y si el paseo por la ribera se nos ha hecho corto, se puede seguir por toda la Avenida de Brasil, contemplando como las olas embravecidas, chocan estrepitosamente contra las rocas, y a poco que nos descuidemos, nos terminaremos empapando del mar salado. Caminando por la preciosa avenida, podemos llegar hasta el Fuerte de San Francisco Javier, y por el módico precio de 0.50 céntimos, acceder  a él, y tener unas vistas preciosas de la ciudad y su mar.
 
A través de la Avenida Marechal Gomes da Costa, llegamos al edificio más modernista de toda la ciudad. El museo de Arte Contemporáneo. En su interior colecciones temporales y otras permanentes de piezas de inclasificable orden, pero todas dentro de una etiqueta de modernidad. No nos debe sorprender, encontrar una barra de pan, envuelta en un periódico extremeño, a modo de pieza de arte. Si los objetos expuestos, nos son difíciles de digerir, siempre podremos dar un paseo por los jardines colindantes, los jardines de Serralves, repletos de rosales.
 
Si  Oporto presume de algo, es de su Casa de la Música, un edifico en forma no uniforme que se ha convertido en un icono de la ciudad. Merece la pena entrar y recorrer sus salas, pasillos y bares, y también pasear por el exterior y tratar de captar con una fotografía toda la originalidad del edificio. En la planta superior, hay un restaurante con una buena comida y un precio muy razonable.
 
Volviendo al centro de Oporto, me acerco al Palacio de la Bolsa, símbolo de todo el poder comercial que tuvo la  ciudad. La visita a sus salones y al espectacular salón árabe, es una delicia, que no hay que perderse. Al lado mismo de la bolsa, están las Iglesias de San Nicolás y también la de San Francisco, con un recargado interior  y unas catacumbas,  donde se enterraban los hermanos franciscanos que fallecían.
 
Pero Oporto tiene más rincones, más lugares escondidos y sorprendentemente bellos, donde parece que el tiempo, sencillamente se ha olvidado de seguir avanzando, y como en una mezcla imposible, se rodea de la modernidad más vanguardista, con tiendas de última moda, al lado de iglesias con fachadas de azulejos.
 
La Catedral, al lado del gran Palacio Episcopal, ofrece desde su plaza, unas vistas inmejorables de la ciudad y de la omnipresente Ribeira. La Catedral, tiene un magnifico retablo y unas figuras escultóricas de madera en los laterales, que son dignos de ver. La visita a la Catedral, se puede complementar con la visita, pagando 3 euros, de su claustro y su museo. Desde las cercanías de la  Catedral, se puede acceder a lo alto del puente Luis I, el puente de Oporto,  pasear desde las alturas y observar las vistas más espectaculares de toda la ciudad, del Duero, de los barcos navegando por sus aguas, de  la ciudad ribereña colindante…y del metro que pasa por encima del puente. Es un observatorio,  un nido de águila excepcional, donde las cámaras fotográficas echaran humo, y nuestra memoria no tendrá capacidad suficiente para poder guardar todos los matices desde lo alto de un puente….
 
Una vez cruzado, un teleférico,  nos puede descender hacia la ribera de Vila Nova de Gaia, a cambio de 6 euros, y desde allí, emprender un apasionado descubrimiento de bodegas, vinos, matices y sabores.
Infinidad de marcas, de bodegas, inundan Vila Nova de  Gaia, y tan sólo nuestra intuición, o nuestra economía nos harán decidir por cual bodega elegir. La mayoría hacen visitas guiadas en varios idiomas, y donde al final se obtiene una degustación de varias variedades del vino. Otras tan solo se decantan por la degustación sin más.  Cada bodega tiene su historia, su aroma, su particularidad, y hay que aprender cómo se elaboran estos caldos, y poder después probarlos.
 
Si el vino no nos ha subido demasiado, y tenemos ganas de caminar, podemos cruzar de nuevo el puente Luis I, por el paso inferior, rivalizando el espacio con los coches y los peatones, y tomar el Funicular dos Guindais, que sale de los pies del puente, para dejarnos cerca de la Plaza de la Catedral.
 
De nuevo en el casco viejo, debemos acercarnos al lugar más mágico de toda la ciudad, a la librería de Harry Potter, la  Livraria Lello. Cruzar su puerta es entrar de golpe en una película del aprendiz de mago,  con una espléndida decoración modernista, y esperar que en un momento u otro, los libros salgan de sus estantes y se pongan a volar por el local. La escalera de caracol, es impresionante, y toda la librería respira un ambiente imaginario, de magos y brujos….lo único que desearía, es que esa ficticia magia, fuera suficiente para hacer desaparecer a todos los turistas que llenan la librería y que impiden disfrutar de ella, como se merece. Si quiero volver a pasear por sus pasillos llenos de libros, mirare alguna de las películas del Potter, donde la librería cobraba vida en una película.
 
Cerca de la librería, la Iglesia y torre de los Clérigos. Si se tiene fuerza para subir los más de 200 escalones, se disfrutará de unas vistas circulares de toda la ciudad, a más de 75 metros de altura. Merece la pena. Y al bajar sentarse en alguna de las terrazas y tomar un café, observando el paso de los tranvías, o escuchando los sonidos fiesteros de alguna banda de tunos.
 
Oporto tiene más lugares con encanto, como la Iglesia de San Ildefonso, con su fachada llena de azulejos, o el mercado de Bolhao, lugar idóneo para tomar el pulso a la autentica ciudad, con puestos llenos de flores, al lado de otros de jaulas de gallinas… o la avenida Aliados, con su imponente ayuntamiento  blanco al final de la avenida; o la iglesia de San Lorenzo, que hace esquina con alguna de las calles más comerciales de la ciudad…o el café Majestic, donde el reloj se paro hace mas de 80 años, aunque los precios sean actuales…
 
Inevitablemente, mis pasos me llevan de nuevo al rincón más admirado de la ciudad. La Ribeira. Busco una mesa vacía y me pido un vino del lugar. Frente a mí, tengo un caudaloso rio silencioso y de fondo, una música de fado me proporciona la melancolía que me faltaba. No cabe duda. Estoy en Oporto.
 
Llorenç Estella
 

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