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Dos viajes por Amsterdam

Pasear por Ámsterdam es sortear bicicletas, tranvías u olores. Pasear por Ámsterdam es descubrir en cada esquina, un canal sin fin, y dejar que nuestra imaginación nos lleve a través de ella, al rincón escondido más especial. Pasear por Ámsterdam, es abrigarse en invierno, sentir el calor de algunos locales emblemáticos, y acariciar la noche, cuando aún no hemos terminado de recibir al día.

Ámsterdam. ¿Cómo calificarla? La tolerante, la curiosa, la transgresora, la arquitectónica, la Venecia del norte, la ciudad de Ana Frank….
 
Las bicicletas de Ámsterdam, más abundantes que habitantes tiene  la ciudad, te asaltan, te sorprenden, te asustan, te embisten…Alguien las calificó de bicicletas asesinas.
Ámsterdam es una bicicleta que se empuja con nuestros pensamientos. Y siguiendo el pedalear de nuestra curiosidad, el barrio rojo, es la primera parada de avituallamiento en nuestro pedalear ciudadano.
Claro que es la primera estación, porque así lo he decidido yo. De calles, iglesias, museos y bares, están las ciudades llenas. Pero el barrio rojo de Ámsterdam, es un lugar único al que quiero arrebatárselo a mi curiosidad.
Barrio de día, barrio de noche. Oferta de día, oferta de noche. Toda igual pero diferente. Como iguales, muy iguales son los escaparates de los alrededores de la Oude Kerk, o Iglesia vieja. Iguales en continente y contenido, pues me cuesta mucho el no pensar que los aires de algunas hierbas, me están haciendo efecto, y veo a todas las mujeres prácticamente iguales. Latinas, de enormes proporciones, puestas en diminutos escaparates. El porqué una iglesia, está al lado de este lugar de “pecado”, es histórica y curiosa. Donde hay dinero, siempre aparece la madre iglesia.
 
Cruzo un canal, o dos, o tres, o decenas de canales. A veces tengo la impresión de que estoy dando vueltas por un círculo, o metido en un Deja Vu constante, y estoy volviendo a pasar por los mismos lugares. Me adentro más en el interior del barrio rojo, y los escaparates mañaneros, iguales pero diferentes de los nocturnos, me muestran una variedad de oferta de todos los gustos y colores. Esto ya es diferente. Si he de ser sincero, no sé porque tiene tanto éxito, una actividad que existe en todas partes, pero que aquí se hace más visible y tolerada. No es por el hecho que atrae, si no por la forma de presentarlo. Una chica morena me sonríe. Me hace un guiño con el ojo. Por una fracción de segundo, pienso que he ligado, pero en el fondo, ella lo que quería, era ligarse a mi billetera. Es su trabajo.
 
En el Red Light, también hay otro tipo de establecimientos: sex-shops, video clubs eróticos, tiendas de lencería, outlets de tiendas de sexo…todo un entramado de calles, atiborradas de gente mirando, paseando, curioseando, riendo…y algunos consumiendo.
Consigo salir, por unas horas, de este curioso laberinto de pasiones, y llego a la Estación Central. Más de 1000 trenes entran y salen diariamente por esta enorme estación, de fachada de color rojo. Como no.
Me quedo un rato observando su estructura, el  ir y venir de turistas, de holandeses, de personas al fin y al cabo, que convierten la zona en una inmensa tela de araña, ideal para carteristas.
Alejándome un poco de la Estación central, sigo cruzando puentes, canales y fachadas estratégicamente bien alineadas. No he tomado nada, no he bebido nada, pero mis ojos no me engañan, cuando empiezo a ver edificios ligeramente inclinados hacia adelante. Otros reclinados hacia la derecha o la izquierda. Algunos que sobresalen de la línea frontal y rectilínea de la acera. Giro la vista hacía algún canal cualquiera y veo casas flotando quietas en el agua. Enormes casas con flores en sus terrazas-cubiertas y con las cortinas abiertas para que podamos ver su interior. En Ámsterdam, nadie esconde nada. Aún es pronto para probar otro de los reclamos herbívoros de la ciudad, y me parece que ya estoy teniendo alucinaciones.
Pero no. Esto es Ámsterdam.
Estas son sus casas, y todas ellas, guardan un motivo, una idea, una solución a un problema, que en la ciudad del río Amstel, tiene su motivo. Pero tranquilos. Ninguna casa es nunca desalojada por riesgo de derrumbe. O al menos casi nunca.
 
Paseando sin rumbo, que es como más me gusta descubrir una ciudad, me voy fijando en la perfecta descolocación de algunas fachadas, y trato de descubrir aquellas antiguas iglesias escondidas en lo alto de algunos edificios, tan solo reconocibles por las tres ventanas en lo más alto, simulando una cruz. No he venido a Ámsterdam a encontrar iglesias escondidas, o a visitar lugares de culto, pero si me apetecía ver, como el ingenio de los ocultos católicos de antaño, convivía con la prohibición del culto cristiano hace ya más de 300 años.
 
Dejo de buscar en las alturas, para regresar con mis ojos a la tierra. Sigo apostando por algo de ambiente más canalla, más inmoral. Tengo que entrar en un coffe shop. Es el último tópico”inmoral” de la ciudad que me falta por descubrir. Decidirse por uno, sin saber la historia que puede esconder detrás, no es tarea fácil. Aunque tampoco debería ser motivo de demasiada indecisión. Mi bautismo en un coffe shop será en el Red Light Bar. Y como de imaginación no me falta, tenía en mi cabeza cientos de posibles imágenes de lo que me encontraría al cruzar la puerta de uno de estos lugares. Desilusión imaginativa. Esto es Ámsterdam. Normalidad absoluta si no fuera por el intenso humo interior y lo atiborrado de gente que está. Y si lo confieso. Probé una de esas substancias que no están a la venta en ningún Mercadona de Barcelona. Ahora sí que voy a viajar sin moverme de un viejo sillón.
 
La noche cae muy rápida en la ciudad. Tanto que creo que el sol no ha terminado en ningún momento de salir. Y vuelvo a andar lo andado para sumergirme en la nocturnidad del barrio rojo de nuevo. Encuentro calles más estrechas, adornadas por una hilera de neones rojos. Muchas cortinas cerradas, y las que están abiertas, tienen su escaparate vacío. Quizás sea la hora de cenar. En otras, la visión es parecida a la diurna, pero con un toque más de selectividad. En vocabulario comercial, se diría que la oferta nocturna es de más calidad que la diurna. También la presencia de posibles compradores, es superior a la mañanera. Puertas que se abren. Rápidas negociaciones y otras de mas lentas. Risas. Acuerdos. Cortinas que se cierran. Ojos que miran. Vida nocturna en el barrio rojo de Ámsterdam.
 
Aterrizo. Dejo atrás la Ámsterdam “ociosa” y me embarco en la cultural. Y nunca mejor dicho, me embarco en uno de los varios tours por los canales que se ofrecen cerca de la estación central.
Descubrir Ámsterdam por el agua, es una manera más cómoda de ver la ciudad. Sentado en mi butaca, veo un jacuzzi particular con 5 personas dentro, navegar por un canal. Descubro que la ciudad no se termina entre los canales, y que hay más vida, al otro lado de la estación. Edificios modernistas, restaurantes orientales que parecen lujosísimas mansiones de algún país del sudeste asiático, enormes bibliotecas acristaladas, con luces de colores en cada planta. Canales y más canales. Casas de madera en el agua, que no tienen nada que envidiar a cualquier piso del centro de una gran ciudad. Veo a los ciudadanos de Ámsterdam cenar, o ver la televisión, o charlar. Cortinas abiertas. Nada que esconder.
 
Regreso a tierra, literalmente hablando, y vuelvo a caminar por los callejones de la ciudad. Ámsterdam tiene también fama de museos, y pecado sería no visitar el de su pintor más famoso. Aunque unas inoportunas obras de mejora, hayan trasladado parte de su colección al museo del Hermitage. Pienso que soy afortunado. Veré dos museos en uno.
Es una sensación muy extraña cuando uno se encuentra delante de un cuadro que ha visto hasta la saciedad en revistas o en televisión. A veces nos parece que no es tan bonito, que es mejor en foto. Otras que gana al verlo en directo. Y en otras, tenemos dudas de que sea el que andamos buscando. Y todas y cada una de estas sensaciones las tuve al pasearme por las salas de las pinturas de Van Gog. Enorme museo para tan pocas obras expuestas.
Saliendo del Hermitage, mis pasos enfilan hacía la Rembranndj Plein, uno de los lugares más animados del otro ocio nocturno de Ámsterdam. En el centro de la plaza, las 22 figuras del cuadro “La ronda de Noche”, parece que se pongan a andar, y se animen a entrar en cualquiera de los bares que abarrotan la plaza. No pudo este conjunto de estatuas estar en mejor lugar.
 
Tengo ganas de una cerveza. Y estando en Ámsterdam, tengo que acercarme al mundo Heineken. Un paseo por la historia de la cerveza holandesa, su elaboración, su degustación y como se ha convertido en un icono de nuestro tiempo. La sala donde se proyectan anuncios televisivos de esta cerveza, jamás vistos por estas tierras, me llama la atención. Que derroche de medios, de imaginación y de dinero, para promocionar una bebida. Lo mejor de todo, las 3 o 4 cervezas que puedes tomarte en la visita. El mundo Heineken, me ofrece devolverme al centro de la ciudad, a través de un mini crucero nocturno. Genial. Así tienen la certeza de que visitaré su tienda de merchandising a cambio de un abre cervezas de diseño. Pero aprovecho la oferta. Nadie les dirá que no tengo intención de comprar nada.
 
El centro de la ciudad, el centro de Ámsterdam es la Plaza Dam. Debería de tener un seguro de vida, pues si ya es difícil sortear a las bicicletas, cuando aparecen los tranvías, la misión se complica exponencialmente. La Plaza Dam, con el museo de cera como principal atracción es el lugar ideal para quedar y no encontrarse. Sin ser demasiado grande, en algunos momentos parece enorme. Me fijo en los establecimientos de comida rápida que proliferan por los alrededores, y sobre todo en unas maquinas expendedoras de hamburguesas, salchichas, croquetas…el súmmum del self service. En estos lugares se encontraba la antigua presa, y en este lugar, es donde parten la mayoría de tours pedestres por la ciudad.
 
La otra cara de tanto bullicio es Begijnhof, un santuario de elegantes casas, lejos del ajetreo de la ciudad, aunque cerca en distancia de la famosa plaza. Fundado para albergar a monjas femeninas de una congregación religiosa,  este espacio es codiciado por muchos, pues es un remanso de paz, de cuidadas casas y parques, de fachadas de madera negra… y de carteles anunciando una exposición sobre Johan Cruyff.
Casi al lado de este oasis, o quizás deliberadamente cerca, está el mercado de las flores. No es buena época para encontrar el mercado lleno de un esplendor floral. Los primeros días de diciembre, son más para plantar que no para florecer. Me sorprendo de la cantidad diferente de tulipanes que existen, aunque lo que más me atrae la atención son unos bulbos para plantar Cannabis que se venden con total tranquilidad. Estoy tentado de comprar unos, y acercarme a la Universidad del Cannabis que vi paseando por el añorado barrio rojo, y que me den un máster acelerado de cómo cultivarlos.
 
Llevo un par de días, disfrutando cómicamente de la ciudad. Me dejo para el final, la parte más sería, o la que más recuerdos tristes atesora. La casa museo de Anne Frank. Todos sabemos la historia, mil y una veces contada y televisada. Pero aún se le ponen a uno los pelos de punta, cuando pasea por las estancias de su escondite, cuando lee algunos párrafos de lo que ella escribió y que están colgados en las paredes. Claro que el museo, se ha convertido en una atracción turística, y que la salida, por la tienda de recuerdos, sea una exposición de todo tipo de objetos sobre la historia. Pero no conviene olvidar la historia. Los pueblos que olvidan su pasado, están condenados a repetirlo. Saliendo de allí me acerco al barrio judío, donde la arquitectura no es la que he visto por todo Ámsterdam. Es otro Ámsterdam.
Supongo que me han faltado museos por ver, muchos. Supongo que me ha faltado también cruzar más puentes y más canales. E incluso me ha faltado probar algún plato más de la gastronomía holandesa, o probar más quesos. Eso será para el próximo viaje. El que realizaré fuera de los locales de un coffe shop.
 
 
 
 
 

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