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Cielo azul, calles blancas, playas doradas : Las Cicladas

Islas, donde Teseo abandonó a Ariadna Donde se engendró a Artemisa y Apolo

Desde lo alto del avión, distingo varias siluetas caprichosas rodeadas de agua. Desde lo alto del avión, me parecen pequeñas, grises, yermas y solitarias. Desde lo alto del avión, no alcanzo a ver la fama que acompañan sus nombres. Desde lo alto del avión, empiezo a sentir curiosidad por caminar por sus caminos. Desde lo alto del avión, la silueta escarpada de Santorini, me ofrece una estampa única e inolvidable.

Un inmenso corte en una escarpada ladera y encima de ella, decenas de casas blancas en un caos organizado de calles, subidas y bajadas. Y cúpulas azules. Las famosas cúpulas azules tan características de las Cicladas, aparecen como gotas de pintura en un inmenso lienzo de color blanco. La luminosidad que transmiten estos pueblos es tan inmensa que no se puede describir con unas simples palabras. Es como si la luz hubiera escogido a las Cicladas como su morada perpetua. Santorini, es la más meridional de las Cícladas y también la más sorprendente y espectacular. Adentrarse en sus entrañas es como entrar en un pequeño mundo de fantasía, en un mundo de restos volcánicos… ¿podrían ser estas islas los restos de la mítica Atlántida? Fira, la capital está en lo alto de un cono volcánico, asomado al abismo que son las aguas azules de los mares egeos.

Su negra tierra, su volcánica destrucción a mitad del siglo pasado y su posterior reconstrucción, con infinidad de hoteles, restaurantes y de atractivos turísticos, hacen de Santorini una parada imprescindible de los cruceros por el Mediterráneo y de decenas de miles de turistas. Pasear por Fira, es mimetizarse con el color blanco, con la luz de sus casas y las tonalidades diferentes de las puestas de sol. Vale la pena olvidarse del coche o de la moto, para recorrer las calles de Fira, y pasear, observando las cúpulas azules que brotan por arte de magia de las casas. La ligera brisa del mar, hace más soportable el paseo, y si no, lo mejor es sentarse en cualquiera de los bares con terrazas de ensueño y disfrutar de una calma especial al caer el sol. En el centro de Fira, la magia se pierde un poco, y las decenas de tiendas de recuerdos, y las manadas de turistas, hacen que el paseo por sus calles, sea más una cuestión de supervivencia que no de relax. Y eso sin contar a los burros, los animales típicos de Santorini, que hacen cientos de subidas y bajadas hasta el puerto, para subir a los cruceristas que hacen escala a la isla, o a cualquiera de los turistas al abordaje de barcos más pequeños que hacen excursiones a las islas cercanas.

Santorini tiene vida de día y magia de noche. Los atardeceres de la isla, constituyen uno de los espectáculos gratuitos más hermosos que pueden verse. Decenas, cientos de personas se agolpan al caer el sol, en los lugares ya más típicos para ello, para poder ver como el astro sol se esconde por el horizonte, a ritmo de aplausos. Además de Fira, otro pueblo aun más bonito si cabe es Oia, donde las puestas de sol, ya alcanzan el grado de únicas y espectaculares. Oia, el pueblo más al norte de la isla, es algo más tranquilo que Fira, pero sin desmerecer un ápice en belleza. Molinos de viento al lado del mar, y unas terrazas orientadas al ocaso solar. Oia, un lugar donde perderse, y para no ser encontrado. Para explorar Santorini y llegar a lugares mágicos lo mejor es alquilar una motocicleta o un Quad, y aparecer en calas solitarias, con un buen restaurante casi desamparado, pero que harán un pescado delicioso, o un pulpo casi recién sacado del mar, regado con unas buenas cervezas frías, o algún vino blanco local. Varios museos del vino están en Santorini, y si se quiere conocer la historia de alguna familia vinícolas, mezclada con la historia y costumbres de la isla, recomiendo no perderse alguna visita a una bodega. Además se pueden degustar algunos vinos locales. Con una excursión de media mañana se llega a los islotes de Nea Kameni o Pala Kameni, las llamadas islas quemadas. En Nea Kameni se puede caminar por el cono volcánico y observar los diferentes cráteres que inundan la pequeña isla. En Pala Kameni, se hace una breve parada para bañarse en sus aguas sulfurosas, y llenas de barro, donde la mayoría de turistas terminan embadurnándose con el barro por todo el cuerpo. El olor que se queda en el cuerpo o en el traje de baño, cuesta algo de desaparecer.

Dejo Santorini, sus blancas calles y sus cúpulas azules y me desplazo a la cercana isla de Paros, un enorme bloque de mármol en medio del mar. Paros es quizás la isla más auténtica de todas, la más griega y a la vez la más tranquila. Carece del encanto de Santorini, pero tiene un atractivo propio sin tanta masificación. Su capital Paroikia, es una próspera localidad turística, llena de agencias de viajes, cafés y bares. Lo más destacable es la Iglesia de las 100 puertas, un importante edificio de arte bizantino. Numerosas leyendas inundan las paredes de esta iglesia, no tantas como sus 100 puertas, pero si algunas de gran belleza. Merece la pena una visita. La localidad más hermosa de Paros es Naoussa, repleta de barcas de pescadores, de tabernas donde saborear pescado fresco o una deliciosa ensalada griega. No hay que dejarse llevar por la decoración, pues el restaurante menos llamativo, puede esconder una deliciosa y económica comida.

Explorar Paros es adentrarse por su interior y llegar a través de fáciles carreteras a la localidad de Lefkes, antigua capital de la isla. A través de una carretera de montaña se llega al pueblo más alto de la isla, no sin antes pasar por unas canteras de mármol, visitables, desde la que se extrajo el mármol de la tumba de Napoleón. Casas medievales en un laberinto de callejuelas, plazas y restaurantes con terrazas asomadas al valle. Si apetece un chapuzón, la playa de Piso Livaldi nos permite darnos un baño o tomarnos unos frappés, en un entorno casi idílico. Hay lugares que su nombre nos transporta a un lugar lleno de magia y de estereotipos muy marcados y no siempre ciertos.

Uno de esos lugares es la isla de Mikonos. Un ferry rápido me acerca a la pequeña isla y al desembarcar, debo sortear a las decenas de personas que con fotos y mapas en la mano, me ofrecen su establecimiento donde alojarme, todos, “con unas preciosas vistas al mar”….

La capital de Mikonos, también llamada Chora, es el prototipo de la ciudad típica de las Cicladas. Una maraña de callejones de un blanco fulgurante y casas de forma cúbica. El puerto es uno de los lugares más fotografiados de toda Grecia, con infinidad de callejones detrás de él, llenas a rebosar de tiendas de suvenires, de boutiques de las firmas más caras y famosas y de restaurantes de todo tipo. Al lado de las mesas de los turistas, siempre se encontrara en los restaurantes más elegantes, personajes casi sesentarios, con acento marcadamente soviético, acompañados de elegantes chicas, aspirantes a modelo. Las calles del puerto de Mikonos, me recuerdan a las calles de un puerto ibicenco, en pleno agosto. Tranquilas de día, pero llenas de vida durante toda la noche. Al perderse por las calles de Chora, se llega a “la pequeña Venecia”, llamada así, el barrio de los artistas, con altas casas de balcones pintados asomados al mar, y algunas de ellas, sostenidas por enormes troncos de madera, como en Venecia.

La vida en Mikonos se acentúa al caer el sol, y tener la fortuna de encontrar mesa en una de las decenas de terrazas con vistas al mar, a la pequeña Venecia, y poder observar, una vez más las puestas de sol griegas, es un acontecimiento que se repite todos los días, a ritmo de la música chill out y con los aplausos respectivos. Para explorar Mikonos, recomiendo una moto, o un Quad, para poder llegar a lugares donde los coches no llegan. Con precaución, pues la circulación en Mikonos es intensa en verano, y en todas las carreteras, hay pequeñas construcciones en formas de altares improvisados, a modo de recuerdo de algún accidente donde alguien perdió la vida. Una de las famas de Mikonos, uno de los estereotipos más marcados, son sus fiestas en las playas, frecuentadas por un abundante público gay. Si bien en algunas playas se palpa algo más este ambiente, lo cierto es que la mezcla de todo tipo de público es lo más frecuente.

Cabe destacar las playas de Paradise, donde los bares de playa permanecen con una animación todo el día y con gogos bailando casi a todas horas. Cerca de esta playa, está la de Súper Paradise, con una entrada al bar, a través de una roca, que le da un carácter más especial a este lugar de ocio, fiesta y descontrol. En este lugar, si que hay más  presencia gay.

Mikonos tiene más playas famosas, como las de Platys Gialos, o Agios Stefanos, todas ellas con un ambiente similar, donde la única diferencia es el precio de las tumbonas y los parasoles, o la música de los altavoces. Restaurantes y bares por doquier, con camareros mayoritariamente extranjeros. Mikonos es un gran centro de ocio playero, con mucha similitud a Ibiza. Todo el mundo encuentra lo que busca en Mikonos. Si se quiere obtener un momento de calma, con algo de historia y cultura, conviene acercarse a la isla santuario de Delos.

Una pequeña isla, sin alojamientos turísticos, que funciona como un gran museo al aire libre. Conviene llevarse agua, pues no hay ni un solo árbol donde resguardarse del sol. La minúscula y deshabitada Delos, se encuentra a unos 20 minutos en ferry desde Mikonos, y es uno de los yacimientos más importantes de Grecia. Isla con algunas leyendas en torno a Apolo, centro de peregrinación hace más de 2500 años, y hoy en día, un museo arqueológico al aire libre, con lugares dignos de ver. Los senderos, perfectamente marcados, nos llevan hasta los leones de Naxos, las imitaciones, pues los originales están el pequeño museo que hay en la isla, o hasta los restos de un lago sagrado, o el santuario de Apolo, o la casa de las mascaras y el teatro. Si se tienen ganas, se puede subir hasta lo alto del monte Kymbos, y obtener una imagen espectacular de toda la isla. Al descender, se pasa por diferentes casas, semi destruidas algunas, pero con unos mosaicos perfectamente conservados. Estatuas de dioses, adornan el camino, y los ruidos ensordecedores de los sapos, nos martillean los oídos. Delos es una cansada visita, que debe realizarse, para escapar por unas horas del bullicio de Mikonos. Al regresar a Chora, la silueta de innumerables yates atracados en el puerto, me trasporta de nuevo al glamur de la realidad de la isla. Desde Mikonos, un avión me regresa a Barcelona. Desde lo alto del avión, observo la silueta de la isla, y de otras colindantes. Desde lo alto de este avión, con un rostro bronceado por el implacable sol griego y con un montón de recuerdos en mi mente, dejo atrás la historia y la mitología griega, rezando al dios correspondiente, para que me permita regresar a conocer aun mas, parte de su pasado, parte de mi pasado, parte de la historia… Grecia, es historia.

 

 

 

 

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