El viaje comienza en la sala de espera de la estación

    La literatura ha penetrado en estos ambientes, en novelas de todos los géneros y épocas: criminales perseguidos como alma que lleva el diablo por sus corredores y andenes, policías que se esconden entre las páginas de un periódico a la espera de desenmascarar a un delincuente, espías con pasaportes falsos y gafas ahumadas intentando pasar desapercibidos, escenas románticas tras el encuentro de dos enamorados… Pero es en la pintura, donde hoy me detengo, para descubrir a un pintor estadounidense, Edward Hopper, que pintaba estos lugares de tránsito de cualquier viaje. El cuadro “Waiting room”(1927) (nombre de una especie  de cantinas donde sirven café y comidas ligeras, típicas  de Estados Unidos), recrea ese ambiente de aislamiento: una mujer sola está sentada ante un velador y se dispone a tomar un café. Está ensimismada en la taza que sostiene en su mano – como si fuera lo único que le pertenece-. Los ojos ausentes, aislada de todo lo que le rodea. Permanece de espaldas al amplio ventanal donde brillan las luces nocturnas. No tiene un libro entre las manos, ni un periódico o revista con la que pretenda evadirse. Encerrada voluntariamente en sí misma, el viaje transcurre en el santuario de su yo. Puede que regrese de un desengaño y dude de su próximo destino, o simplemente busque, en este ámbito de seres de tránsito, el refugio que no encuentra en su hogar. A lo mejor es más soportable la soledad en lugares como éstos.  A veces se está más solo acompañado. “Estos lugares suelen ser santuarios para los desahuciados del hogar” –dice Alain de Botton.
Edward Hopper es un pintor estadounidense cuya obra marcó un hito en la historia del realismo americano. Se caracteriza por el aislamiento, la soledad y la melancolía. Su pintura muestra un paisaje típicamente estadounidense formado por motivos urbanos, gasolineras, moteles, bares, trenes..., en los que puede intuirse la melancolía, la soledad que caracteriza, según Hopper, al individuo urbano, tan presente en la cultura norteamericana del siglo XX.

Los espacios que recrea son retratos psicológicos de cierta manera de concebir la existencia. Sus personajes ensimismados y melancólicos, sus calles desoladas y silenciosas y sus cafeterías y cines siempre habitados por seres solitarios parecen reflejar las vicisitudes del hombre moderno. Los paisajes urbanos pintados por Hopper transmiten desasosiego. Los objetos inanimados parecen cobrar vida. Los temas abordados por Hopper son nítidamente americanos, es la plasmación de la realidad americana de la época. Sus temas y personajes son representados con una sensación de atemporalidad, o de tiempo detenido.

Las salas de espera modernas distan mucho de aquellas. Atrapada en un aeropuerto, me vi acosada por estos santuarios del consumo: quioscos, Starbucks, coffees, burguers, tiendas de todo tipo, máquinas expendedoras de bebidas, sándwiches, golosinas…, y mucho bullicio alrededor. El ambiente te envuelve nada más acceder a ellas y tienes la sensación, mientras las recorres, que eres una más entre toda esa gente, que algo te identifica con sus comportamientos: seguramente acabarás comprando una revista, un refresco o un souvenir…¡Cuán lejos de las salas de espera de Hopper!, especialmente en las de los aeropuertos. El tiempo parece galopar entre las cintas transportadoras. La prisa por embarcar, los tediosos trámites de los controles de pasaportes, la pérdida del equipaje, el incesante ir y venir de una a otra ventanilla…, pueden acabar con la ilusión de cualquier viajero.

En ocasiones, se pueden convertir en pesadilla: si eres víctima de una huelga de pilotos o de controladores. Y de pronto, nos asalta la persona que habíamos dejado atrás. Nos vestimos de estrés, frustración, ansiedad…, y el tiempo se nos cae encima con la lentitud de la espera y  su implacable proyección en nuestra mente: ¡el fin de semana jodido, habrá que esperar al año próximo! Y las enormes salas de espera se llenan de seres que acaban con las reservas de comidas y bebidas, atiborrando de miles de envases las papeleras, y convirtiendo la paciencia en un aliado breve. ¡Que San Cristobal nos libre de uno de estos espantosos “puentes festivos”!

A mí me gustan las salas de espera de las estaciones de tren, cuando viajo con InterRail, mientras aguardo la salida, comienzo a paladear los días que tengo por delante, y puedo saborear, en una soledad elegida, el principio de la aventura del viaje.  Son las que más se parecen a las de Hopper.
 
 

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