Zahi Hawass, o los viejos faraones nunca mueren

He seguido con interés los acontecimientos que se vienen produciendo en el mundo árabe desde enero, tanto los que han terminado con un cambio de régimen (Túnez y Egipto) como los del modelo visto y no visto (Bahrein), los que aún siguen  y vaya usted a saber cómo acabarán (Libia, Yemen, Siria) y los que ni están ni se les espera (las monarquías feudales de los emiratos del Golfo Pérsico y Marruecos). Argelia me parece un caso aparte, pues con lo que ya pasaron en los 90, tuvieron suficiente como para menear más el gallinero.


A la preocupación primordial de pérdida de vidas humanas que inevitablemente acompaña a estos acontecimientos, se une, en mi caso –pura deformación profesional-, las pérdidas del patrimonio cultural y en especial arqueológico que siguen a estos tiempos de confusión política. Lo cual nos lleva, inevitablemente, a Egipto por ser, de todos ellos, el país más rico en este aspecto. Nada nuevo bajo el sol, pues todavía es reciente el saqueo a que se vio sometido el Museo Nacional de Bagdad con la entrada de las tropas invasoras de Mr. Bush y sus compañeros de viaje y el caos subsiguiente. Ahora también, otro de los países en los que floreció una de las culturas más antiguas del mundo se ha visto afectado, y a los pocos días de la revuelta, nos enteramos de que se había saqueado el Museo Egipcio de El Cairo.
 
He leído las crónicas que mi admirado Jacinto Antón iba publicando en “El País” desde enero, en especial las noticias contradictorias que se han venido sucediendo desde el anuncio del robo de valiosas piezas arqueológicas, cuya importancia se desconocía y ha ido cambiando con los días. Al principio se informó de que no eran demasiado importantes –relativamente hablando- pero pocos días después supimos que el saqueo fue mayor de lo que se dijo al principio, si bien se fueron recuperando algunas piezas (al final, parece que fueron 54 los objetos robados del museo, y muchos más en todo el país). Para lo que no aparecerá, ya se estarán frotando las manos los subastadores y traficantes de antigüedades, muy honorables todos ellos por supuesto, que de un modo u otro se las ingeniarán para sacar partido de la expoliación de este patrimonio arqueológico que, por muy catalogado que esté, siempre hay alguna manera de evitar la legalidad y poder sacar partido del saqueo. Faltaría más, la duda ofende.
 
En toda esta ceremonia de la confusión entró en escena nuestro personaje: Zahi Hawass, máximo responsable de las antigüedades egipcias, sobre todo desde la última década aunque su poder se extiende mucho más atrás, muy presumiblemente adicto –cómo no, aunque él lo niegue- a la dictadura corrupta de Mubarak. Personaje estrafalario donde los haya, omnipresentes su sombrero y sus ojos penetrantes en cualquier documental de la National Geographic o similares sobre egiptología, el anti-Indiana Jones por excelencia, aunque con su mismo sombrero y látigo incluidos y con muy mala leche, este semi Dios puede otorgar o denegar concesiones de permisos a su antojo de excavaciones internacionales en Egipto. Es además, el eterno reivindicador de la devolución de obeliscos y demás antigüedades egipcias dispersas por el mundo. En definitiva, estamos ante el gran conseguidor, y no se mueve ni una momia sin su permiso, lo cual, para que nos vamos a engañar, es bastante.
 
Pero no me gusta su egocentrismo, su narcisismo sin límites, su soberbia, sus ansias de poder, en definitiva su pretensión de que nada se haga sin su beneplácito por lo que se refiere a las antigüedades en su país. Todo ello sin perjuicio de las acusaciones de que haya participado en su dominio en los beneficios generados por la corrupción generalizada de estos años. En el fondo, no es en gran parte más que un subproducto del régimen corrupto que lo ha parido, aunque desgraciadamente, y todo hay que decirlo, no sólo en las dictaduras crecen estos personajes. Sin embargo, no todo va a ser negativo, y es de justicia reconocerle sus méritos, como investigador, como divulgador y protector a ultranza del patrimonio arqueológico de su país, reclamando la devolución de numerosas piezas sacadas del país ilícitamente y expuestas en museos de Europa y Estados Unidos. Y en especial, tal como bien indica Jacinto Antón a él le debemos la egipticidad de la egiptología (“El País”, 4 de marzo de 2011), esto es, el haber logrado que la imagen del egiptólogo sea un egipcio y no el egiptólogo europeo o norteamericano cuando no el Indiana Jones de turno, lo que no es poco.
 
Todo esto viene a cuento cuando nos enteramos, a principios de marzo, de que Hawass había dimitido de su cargo de flamante secretario general del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto y de ministro, como consecuencia de la dimisión del nuevo primer ministro Ahmed Shafik. Al parecer, la causa principal de su dimisión fue su incapacidad para proteger las antigüedades egipcias, como consecuencia de los robos y saqueos subsiguientes a la revolución, no ya en el Museo de El Cairo, sino en todo el país, indicando que no deseaba formar parte del nuevo gobierno. De lo cual se alegraron, como es lógico, sus muchos enemigos, dentro y fuera de Egipto, que se había ido creando con su actitud y que le acusaban de haberse beneficiado económicamente de su cargo y de la corrupción. Sin embargo, y cual Ave Fénix resucitada cuando sus adversarios ya lo daban por muerto, el juicio de Osiris le fue favorable y a finales de este mismo mes de marzo, con el nombramiento del nuevo primer ministro Essam Sharaf, Hawass volvió a ser ministro de Antigüedades. Sea porque no se encontró a mejor sustituto para ocuparse de la recuperación de lo robado durante estos meses, que con el tiempo se ha ido viendo que es bastante, o porque donde dijo digo quiso decir Diego, el caso es que ha retomado las riendas del poder. O porque en el fondo, nadie mejor que él para hacerse cargo de la caótica situación de las antigüedades egipcias a causa de este vacío de poder, y si hace falta, no dudará en pedirle prestado el látigo a Indiana Jones, y así tener uno en cada mano.
 
Casualidades de la vida, justamente en estos días en el canal Historia puede verse una serie en la que Hawass es el protagonista (“Cazando momias”, original título, por otra parte), en el que, al menos en el episodio que vi, se adentra por los túneles más recónditos de la gran pirámide -magna proeza donde las haya, por otra parte-,  acompañado de unos pobres mozalbetes, no sé si estudiantes de arqueología o simples figurantes de relleno, a los que, mostrándose tal como es, al natural, somete a todo tipo de insultos, humillaciones y vejaciones, haciendo gala de un increíble machismo, para “mostrarnos” lo duro que es el oficio de arqueólogo, no apto para débiles o miedosos. Sinceramente, no creo que haga ningún favor a esta profesión y no entiendo cómo un canal que, en general nos ofrece serie históricas de calidad más que aceptable, haya participado en esta tragicomedia. Aunque ya se sabe, la audiencia manda, y se supone que habrá cobrado un buen pellizco por participar en la farsa (o no tan farsa). Lo que, al fin y al cabo, es lo que cuenta. Y a las momias, que les den, que para eso están.
 

Imagen de JordiMiro

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