Trekking al Parque Nacional de Taï (Costa de Marfil)

Después de dos semanas de recorrer el país, llegaba uno de los "platos fuertes" del viaje. A la sabana subsahariana le sucedía la selva tropical. La noche anterior habíamos pernoctado en Taï, a muy pocos kilómetros de la frontera liberiana. Se trata de la típica localidad fronteriza, impersonal, con abundancia de soldados y de gente deambulando por la calle sin saber muy bien qué están haciendo, donde la vida aparentemente pasa sin pasar nada. Aparentemente, ya que nos enteramos de que la propietaria del alojamiento habitual que nuestro organizador usaba en viajes anteriores, había muerto pocos meses antes, durante una de las razzias que los guerrilleros libaneses organizaban en la zona. Para nuestra seguridad, durante todo el trekking estaríamos acompañados de dos soldados marfileños.



Al día siguiente llegamos a Djiroutou, donde contratamos a los guías, compramos las provisiones (exclusivamente arroz y latas de sardinas y atún) y el jefe de la localidad nos ofreció un ritual de despedida, convenientemente regado con un aguardiente que ninguna garganta corriente y moliente pudo soportar. La obtención del permiso para entrar al parque no fue fácil, ya que se encuentra habitualmente cerrado a los turistas. La experiencia de nuestro organizador, los incontables paseos por los pasillos del "Ministère des Eaux et Forêts" obraron el milagro, y así pudimos franquear sin problemas los numerosos controles con los que se encuentran los contados viajeros que llegan a la zona.



Tras dos días de marcha por la selva, llegamos a la falda del Monte Niénokoué. Después de incontables remojones, ataques de insectos voladores, entre otras aventuras habituales en estos lares, llegamos a nuestro objetivo. Y también, como es habitual, llegamos a confraternizar tanto con porteadores y soldados, que éstos, cuando necesitaban los brazos para abrirse paso por la selva, no dudaban en pasarnos sus desvencijados fusiles, supervivientes de no se sabe qué guerra ni de qué siglo.



A pesar de su poca altitud (396 metros), la montaña fetiche de los krou no se dejaba vencer con facilidad. La maldición dirigida a los que se atreven a profanar su cumbre hizo mella en la mitad del equipo, y tan sólo cinco fuimos los elegidos, además de los guías locales. En lo alto, pudimos agradecer tal honor en la "piedra de los sacrificios", donde sus antepasados les ofrecían ofrendas. Es bien cierto que cada viajero vive a su manera estos momentos irrepetibles, y al silencio cómplice del entorno se añadió el de cada uno de nosotros. Podíamos divisar gran parte del parque, que ocupa unas 330.000 hectáreas y de las cuales sólo la décima parte es visitable, y aún con restricciones.  De hecho, estábamos ante la que pasa por ser la mayor área de selva tropical húmeda protegida de Africa occidental. Es el hábitat de incontables especies vegetales y animales endémicas. Su protección data de 1926, gracias a lo cual permanece relativamente intacta, aunque como suele suceder, existen proyectos extranjeros de instalaciones en el parque, y la inestabilidad política del país en los últimos años, que hasta hace poco permanecía relativamente libre de conflictos, no auguran nada bueno.



Desde la cumbre aparecía nítidamente el camino recorrido en los dos días anteriores, desde Djiroutou, a una quincena de kilómetros en línea recta, destacando netamente el río Hana. Mas allá, tal vez a una treintena de kilómetros, veíamos las primeras montañas de Liberia. La bajada no presentó excesivos problemas y un baño en el río, poblado o no por feroces cocodrilos, según versiones, nos hizo olvidar las calamidades pasadas en el ascenso. Al día siguiente emprendimos el regreso, algunos a pie, otros en canoa. El regreso triunfal de los exploradores se celebró con una suculenta cena a base de cordero, que nuestros estómagos agradecieron infinitamente después de una semana de arroz y sardinas. Por la mañana seguimos viaje hacia el sur, hacia la costa, donde otras aventuras nos aguardaban.



Ahora, pasados ya algunos años, cuando siento la necesidad de revivir recuerdos, pienso especialmente en una noche. Estábamos sentados junto al fuego, a la hora en que ambos se confabulan con la selva para facilitar el diálogo y las confidencias. Los porteadores nos preguntaron por nuestro país. Entreví sus atónitas caras iluminadas por el fuego al decirles que en España los árboles perdían las hojas en invierno, que había estaciones y en invierno hacía frío y en verano calor. Y que no había monos en los árboles, sino algún que otro pájaro despistado. Observábamos que se sentían vivamente interesados en emprender la aventura hacia el Dorado, a pesar de que les previnimos de los peligros que les esperaban. De repente, una fuerte lluvia interrumpió nuestros pensamientos y tuvimos que retirarnos a las tiendas. Desde entonces, cuando una patera llega a nuestras costas, pienso en aquella noche en el corazón de las tinieblas, allí donde nacen y mueren tantos sueños.  


Imagen de JordiMiro

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