Ray Bradbury, ese niño de 91 años.

Martes, 5 de junio, día triste. Murió Ray Bradbury, el poeta de la ciencia ficción, como se le ha llamado, aunque sería más correcto decir de la fantasía. Marte está triste y sus marcianitos de ojos amarillentos están tristes, y esto cualquiera puede verlo observando al planeta llamado rojo. Ahora Marte está cerca de la Luna, puede localizarse fácilmente, y uno puede aprovechar para recrearse en esta evasión nocturna llamada cielo.


Descubrí a Bradbury a principios de los 70, en las sencillas ediciones argentinas de Minotauro (que no en las actuales reediciones de tapa dura, papel de calidad, etc.). Fui comprando sus libros, que aún conservo como reliquias de tiempos pasados, y que en estos días, nobleza obliga, he redescubierto. He ojeado sus páginas ya amarillentas, como los ojos de sus marcianos, y me he montado en la máquina del tiempo de turno para volver a ser niño al releer párrafos de “El vino del estío” (5ª edición, 1972). Como es bien sabido, si uno quiere volver a la infancia, tiene dos opciones: ver las películas de Steven Spielberg (“ET” e “Inteligencia Artificial”, por no citar más que dos de sus películas), o leer Peter Pan. Yo añadiría esta otra, leer a Bradbury., especialmente “El vino del estío”.


Y cómo no, pensando en “Fahrenheit 451”, he vuelto a ver aquella maravilla en forma de película que nos legó François Truffaut basada en el libro. Pero no, no me olvido de sus “Crónicas marcianas”. Aquellos cuentos que tenían mucho de poesía, de romanticismo y por qué no decirlo, de una cierta sensiblería pero que a mí me gustaba y poco de ciencia-ficción. Aunque ambientados en Marte, podrían haberlo sido en cualquier otra parte. Pero no es sólo poesía, sino también una crítica a nuestras ancestrales costumbres: la guerra, el racismo, la autodestrucción humana, lo insignificante que somos ante el universo. Y a propósito del título, todavía sonrío irónicamente cuando pregunto ingenuamente sobre su origen.  Me reconforta escuchar que para muchos Xavier Sardà es el autor…


Sin embargo, reconozco que me anclé en los años 60 y desde entonces prácticamente no he leído nada de Bradbury de su obra posterior. Tal vez para no defraudarme, tal vez para no dejar de ser niño, tal vez porque después de sus libros de estos años, especialmente de sus “Crónicas marcianas” (que por cierto fue su primer libro, publicado en 1950 como recopilación de cuentos muchos de ellos publicados anteriormente en varias revistas), podría suceder lo mismo que con García Márquez después de “Cien años de soledad” o de Carlos Ruíz Zafón después de “La sombra del viento”, que nada volvería a ser lo que fue. Y si además, pensamos que en la edición en español Jorge Luis Borges escribió el prólogo, pues qué más se puede pedir.


Y en estos nostálgicos días no me puedo olvidar de la olvidada biografía de José Luis Garci: “Ray Bradbury, humanista del futuro” (Ed. Helios, 1971), que compré en 1972, super agotada y difícil de encontrar, que yo sepa, y como debe ser. Y digo olvidada, pues no la he visto como referencia en Santa Wikipedia, edición española, ni en los obituarios que he consultado estos días, notablemente el de mi siempre admirado Jacinto Antón en “El País” del 7 de junio. Exhaustivo y excelente trabajo, que recoge toda la bibliografía del autor hasta 1970.


También he sacado la moviola del baúl de los recuerdos y me he instalado en aquella magnífica serie de Narciso Ibáñez Serrador de los años 60 que nos quitaba el sueño, “Historias para no dormir”, quien adaptó y escribió el guión (bajo el pseudónimo de Luis Peñafiel) de una docena de sus cuentos. Recuerdo especialmente “La bodega” y “La tercera expedición” así como las soberbias interpretaciones de Narciso Ibáñez Menta, que me hicieron pensar, soñar y evadirme, a partes iguales.


Finalmente, la guinda. ¿Quién no recuerda aquel decadente, frío, inhóspito, lúgubre edificio de “Blade Runner” en el que vive Sebastian y se produce el encuentro de Deckard con Pris y la lucha y muerte de Roy (“Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir")?. Pues bien, este edificio se llama “Bradbury Building” y está en Los Angeles.
 

Imagen de JordiMiro

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