"Perdidos en la tribu", o cómo enseñar geografía a los himba

No soy, ni mucho menos, aficionado a los reality-bodrios con que continuamente nuestra bien amada televisión generalista nos obsequia. Sin embargo, ayer domingo 10 de mayo por la noche, en la Cuatro, caí en la tentación de ver parte de este programa estrenado hace poco, más que nada por aquello de que a juzgar por el título, va de viajes y huele a exotismo antropológico. Y digo que no vi el final, pues al aparecer el primer anuncio automáticamente cambié de emisora y me instalé en una película. Reflejos condicionados, como alguien dijo. Creo que hay otro “reality” exótico llamado “Supervivientes” que consiste en meter a unos cuantos en una isla perdida en Honduras y matarlos de hambre, a la espera de que se merienden los unos a los otros. Pues nada, a ver si hay suerte.

A lo que íbamos. En “Perdidos en la tribu” se trata, en síntesis, de colocar a tres familias a convivir un tiempo en “tribus” a cual más exótica y recóndita y a hacérselo pasar lo peor posible, pues lo contrario no tendría ninguna gracia. Es decir, lo que se llama el choque de ambas culturas, y cuanto más choque, mejor. Al final creo que les dan un premio, no sé si será a quién mejor se suba a los árboles, coma más raíces o baile mejor alguna de las danzas tribales con que son obsequiados, faltaría más, nuestros protagonistas.

El caso es que soltaron a las tres familias, típicamente españolas ellas, es decir, con toda la pinta de no haber salido nunca de su localidad y de no saber prácticamente nada de inglés, en respectivos poblados de los himba y los bosquimanos de Namibia (o los bushmen, como indicaban los rótulos, como si no existiera el equivalente en español) y los mentawai de Indonesia. Y allí, que se buscaran la vida. Al parecer, no sabían ni donde se metían, ni lo que les esperaba.

Como no es difícil imaginar, el espectáculo está servido: comer raíces y bichos, espantar a hormigas carnívoras y escorpiones, hacer el ridículo intentando subir a los árboles o encender fuego, etc., ante el regocijo general del personal oriundo. Evidentemente, no se podía pretender que se hubieran escogido a familias más acostumbradas a viajar por estos países y conocedoras de las costumbres de aquellas “tribus”. De lo que se trata es de algo así como soltar a un bosquimano en Manhatan, pero al revés, que es más divertido.

Por lo que pude ver, las familias se las arreglaban como podían e intentaban adaptarse y ser admitidos, que es de lo que se trataba, pero las diferencias culturales y su ignorancia se hacían evidentes. Una de las chicas, con todas las mejores intenciones del mundo, intenta explicar a los himba dónde están España y Namibia, situándolas en un mapamundi en forma de globo de plástico hinchable. “Aquí, España, y aquí Namibia”, creo que decía más o menos la improvisada profesora de geografía, señalando con el dedo ambos países en el mapa. Con toda la lógica del mundo, uno de sus “alumnos” le contestó que Namibia estaba “aquí”, señalando el suelo que pisaba, y no en aquel trozo de plástico coloreado que no le decía absolutamente nada. Y al señalarles el azul de mares y océanos, a quien que no ha visto nunca el mar, le replicaban que aquel azul era el cielo.

Hubo también una clase de educación sexual, a cargo de dos de las participantes, que enseñaron a unas jóvenes himba a colocarse tampones y compresas, que, digo yo, no les hacen ni puñetera falta. Y pudimos asistir a las quejas de una de las mujeres, confinada con las mujeres mentawai a efectuar con ellas las labores “propias de su sexo”, sin entender que en estas sociedades la separación del trabajo por sexos es esencial, y no precisamente por machismo.

En otra de las escenas, los himba sacrificaban una cabra en honor a sus invitados. La forma de acabar con el pobre animal, ciertamente cruel para nosotros, así como el rechazo lógico pero sacrílego a comer la carne cruda y sanguinolenta, provocó el enfado de los anfitriones. Probablemente no sabían que rechazar la comida que se les ofrece es la peor de las ofensas, sobre todo cuando se trata de carne, que no abunda en estas sociedades y es lo más preciado que poseen. Pero la escena quedaba bien y vendía, que de eso se trata.

Me vino a la memoria aquella deliciosa película “Los dioses deben estar locos”, en la que un bosquimano recoge una botella de una conocida bebida caída de una avioneta, y creyendo que se le ha caído a un dios, recorre medio mundo para devolvérsela. Es como el encuentro y desencuentro de dos mundos, el desconocimiento inmemorial “del otro”, nuestro etnocentrismo innato tan difícil de superar. Nuestro deseo de enseñar al que no sabe pero que no necesita para nada nuestras lecciones y que es más feliz que nosotros en su "ignorancia" que nosotros con toda nuestra “sabiduría”. Y por supuesto, que sin nosotros están mejor. Pero ya se sabe, hay que vender la moto, y para ello, todo sirve.

Es de esperar que nos aguarden nuevas emociones incluyendo a nuestras cándidas familias metiéndose en un río perseguidas por voraces cocodrilos, como debe ser, mientras el sagaz reportero filma las oportunas secuencias para nuestro deleite dominguero post futbolero. Ya se sabe, la audiencia manda y el show debe continuar. De lo que no me cabe duda, es que estas pobres familias se lo habrían pasado mejor en Benidorm. Aunque allí no habrían vendido ni una escoba, y eso, no interesa.
 

Imagen de JordiMiro

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