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Navidad en Sao Paulo (y 2)

 

El viajero, después de esta agradable visión, podrá alzar la vista –pero no mucho, porque en cualquier momento puede tropezar-, y mire donde mire, lo que más verá es cemento. En forma de rascacielos, de entre 15 o 20 pisos los más “normalitos”, hasta los cuarenta y tantos del Edificio Italia. Porque Sao Paulo es, en gran parte, un monumento al cemento. Lo hay de todos los tipos y colores, y para todos los gustos. Estos edificios o “predios”, están rodeados por altas verjas –a veces incluso electrificadas-vigilados por cámaras de seguridad estratégicamente situadas y por legiones de vigilantes –invariablemente negros y vestidos de ídem-, que dan la impresión de que nos hallamos ante fortalezas medievales inexpugnables. Pura apariencia, pues los ladrones se inventan mil y un artilugios para entrar, y no son raras las noticias en los periódicos de robos en estos bunkers.

Pasar la Navidad en Sao Paulo tiene sus ventajas. Muchos de sus habitantes, esto es, unos cuantos millones, no sé cuantos, tal vez dos o tres, o más, están fuera, de vacaciones. La playa más cercana, Guarujá, está a unos 80 kms. y en esta época, como durante las demás vacaciones, puentes y acueductos, el paulistano aprovecha para ir a la playa, recorrido que puede llegar a efectuar hasta en cuatro o cinco horas en horas punta, pues las salidas por carretera de la ciudad son insuficientes.

Pero si se quiere cultivar la mente y el espíritu, la ciudad ofrece permanentemente innumerables actividades culturales, conciertos, exposiciones, etc. Y si se tienen deseos más prosaicos y por ejemplo lo que se quiere es cultivar el estómago, es el momento para ir a restaurantes – excelentes muchos de ellos- pues se evitará reservar mesa o las colas habituales. Creo que en pocas ciudades del mundo hay tanta variedad y calidad, con el añadido estético y práctico de que uno no tiene que preocuparse por aparcar el coche –al llegar, simplemente se entregan las llaves y alguien se encargará de hacerlo- , otro camarero le abrirá la puerta, otro más le acercará la silla, el siguiente le traerá el menú, etc., con pianista incluido, naturalmente. Tendrá un trato exquisito, desgraciadamente perdido por otras latitudes, y la comida estará, normalmente, en consonancia. Por cierto, la mejor pizza que he probado, por poner un ejemplo, es en Sao Paulo, y la peor, en Roma. Porque ya se sabe, nadie es profeta en su tierra.

Y todo esto, en mangas de camisa.
 

Imagen de JordiMiro

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