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Navidad en Sao Paulo (1)

Dicen que cada uno tiene lo que tiene, y que cuando no se tiene, se inventa, o algo así. En Sao Paulo, como en casi todo Brasil, casi nunca nieva. Pero como las tradiciones son las tradiciones, y a los paulistanos les encanta adoptar las costumbres foráneas, “chiques” si es posible o “chiquérrimas”, tal como les gusta detallar y en Navidad toca nieve, y si no la hay, se inventa. Y hete aquí que uno puede pasearse en mangas de camisa  –el verano austral, ya se sabe- por la avenida Paulista (nuestra Diagonal barcelonesa, para entendernos, el centro financiero de la ciudad, y por extensión, del país) y verse rodeado por doquier de falsa nieve, de falsos Papas Noeles y  de falsos abetos con que se decoran en estas fechas los más prestigiosos edificios, a los que acuden niños y padres, embelesados por tamaña parafernalia exótica.  

Por lo demás, para los frioleros es más llevadero pasar aquí la Navidad que en otros sitios donde la nieve es auténtica. Sin ir más lejos, pudimos zambullirnos en Nochebuena en la piscina al aire libre de unos amigos en Interlagos, en las afueras de la ciudad. La ausencia de estaciones con bruscos cambios de temperaturas –en Sao Paulo varía relativamente poco lo largo del año- hace que  pasear por la calle en invierno sea más agradable.

A propósito de pasear, Sao Paulo no es, en general, una ciudad muy apta para ello. Los parques, paseos, bancos y otros lugares para el recreo no abundan. Hay eso sí, enormes parques –Ibirapuera y otros- pero no demasiado bien distribuidos. Con el tiempo, uno se da cuenta de que los paulistanos no pasean: salen a la calle para ir a trabajar o a comprar. Y que para cruzar la calle, el peatón a menudo se las ve y se las desea para hacerlo. Los coches no acostumbran a respetarlo demasiado, escasean los pasos habilitados para ellos y con frecuencia la única referencia que éste tiene es el semáforo para los coches.  Los más privilegiados, sin embargo, no tienen este problema, pues ni pisan la calle: se desplazan en helicóptero. No en vano la ciudad cuenta con la segunda o tercera flota de helicópteros del mundo, que continuamente surcan los cielos de la ciudad, aterrizando aquí y allá en los helipuertos de la parte alta de los edificios, como una mezcla futurista de ”Metrópolis” y “Blade Runner”.

Pero no es aconsejable mirar mucho tiempo al cielo. Las continuas subidas y bajadas de las calles que rodean a la Paulista. - ésta se edificó en la parte más alta de la zona, y a ambos lados, la ciudad va descendiendo- , pero a menudo bruscamente, lo cual ha condicionado, lógicamente, el urbanismo de la ciudad, bastante caótico y desordenado, dando la sensación de que se ha ido edificando a salto de mata.  Las aceras están a menudo destrozadas –entre otras causas, por el crecimiento de las raíces de los árboles y porque el mantenimiento depende de los vecinos, no del municipio y cada cual mantiene lo que le corresponde como quiere o puede, - y el viajero se da cuenta enseguida de que sortear obstáculos y mantenerse en pie va a ser un arte y ejercicio que tendrá que practicar diligentemente cada vez que salga de casa. Arte que, como nadie, practican las paulistanas, especialmente las ejecutivas y asimiladas, que a partir de las 12, cuando se oye la sirena en la Paulista, y  por turnos, salen del trabajo para ir a comer en los innumerables restaurantes, y “botecos” que rodean la avenida. Nobleza obliga, y vestidas con traje chaqueta o falda, y bien subidas a los tacones, con un arte y un gracejo dignos de admirar, constituye un inigualable deleite visual contemplar los contorneos y artimañas para evitar los pedruscos, raíces y demás obstáculos que, impertérritos, se oponen a su delicado paso.
Imagen de JordiMiro

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