Navidad en Jerusalén (1)

         Como ya es mi costumbre, por diversos motivos, procuro pasar las navidades fuera de casa. Las del año pasado decidí pasarlas en Israel. Para unos doce días disponibles, y al tratarse de un país pequeño, daba tiempo para recorrer algunos de mis objetivos: lógicamente Jerusalén, pero también Masada, Belén, Cesarea y Acre. Pero aquí me centraré en Jerusalén, y el resto quedará para ser contado en otra ocasión.
            El montaje del viaje fue el de uno de mis modelos preferidos: billete en avión ida y vuelta en compañía de bajo coste y primera noche de hotel reservada por internet, más que nada porque llegaba ya de noche. Y el resto, a montármelo día a día. Elegí un hotel fuera de la Ciudad Vieja, pero próxima a ella, cerca de la puerta de Damasco. A la llegada, traslado desde el aeropuerto de Tel Aviv en mini bus que me dejó en el hotel. Como aún no era muy tarde, salí a explorar el barrio, comprar algo de fruta para cenar (excelente, por otra parte) y acercarme hasta la iluminada puerta de Damasco, mi primera visión de la ciudad antigua y entrada a ella por la mañana siguiente. Sin embargo, de buena mañana, al correr la cortina de la ventana (no tenía ni idea de donde daba) la primera imagen matutina de Jerusalén fue… ¡un cementerio! Como no soy supersticioso, no fue el presagio de nada, como así tiene que ser.
 
            Los cuatro días se limitaron a la Ciudad Vieja, que obviamente es lo que más me interesaba. Como buen abridor de ventanas al pasado, Jerusalén, como Roma, es el sitio perfecto para montarte en la máquina del tiempo y revivir su pasado, pero además, con nombres y apellidos. Si en Roma puedes saber que hace dos mil años en un determinado y exacto lugar Bruto se cargó a César o Nerón castigaba al personal tocando la lira, o al menos eso es lo que se cuenta, en Jerusalén podemos ir, lógicamente, tras los pasos de Jesús, e incluso recorrer el trayecto desde el palacio del gobernador Poncio Pilatos hasta el Gólgota, donde fue crucificado. Supongo que eso es lo que deben creer los que, con la cruz al hombro, recorren la Vía Dolorosa, con las paradas en las 14 estaciones y el final del recorrido, en la Iglesia del Santo Sepulcro, donde se supone está la tumba de Jesús.
 
          Como ya se sabe que la fe mueve montañas, me pregunté, al ver pasar una de estas procesiones, si realmente creían que Jesús pasó por allí. Al hacerle esta pregunta a la monja que me atendió a la entrada del “Convento del Ecce Homo de las Hermanas de Sión”, para visitar el sótano del convento y en el que se encuentran restos de una cisterna y sobre todo del pavimento de una calle de época romana o litostrotos, me contestó con una sonrisa que lo decía todo, sin decir nada. Este pavimento, como las bien conservadas columnas del Cardo Maximus romano (vía principal que recorría la ciudad romana de norte a sur) y el túnel al lado del muro occidental de la zona del Templo, se encuentran varios metros por debajo del nivel del suelo actual, por lo que resulta evidente que la auténtica Vía Dolorosa se encuentra varios metros debajo de la actual, suponiendo que éste fuera su recorrido, lo que se ha puesto en entredicho, así como lo que realmente sucedió en cada una de las paradas o estaciones.
 
         Todo ello tiene su lógica, como sucede con toda ciudad que se ha ido construyendo encima de los restos anteriores (y Barcelona, sin ir más lejos, es un buen ejemplo). Pero lo sorprendente es la certeza con que están señalizadas estas estaciones indicando lo que allí sucedió durante el Via Crucis, no sé si como acto de fe o simplemente como una parada en el trayecto. Lugares donde, por cierto, abundan las tiendas de turistas para la venta de objetos religiosos.
 
        Durante mi visita al litostrotos, de buena mañana, no había nadie más, el entorno era ideal para viajar por el tiempo y pisar aquellas calles de dos mil años, por las que, vaya usted a saber, tal vez paseaba Jesús cuando iba a comprar el pan o Herodes el Grande elucubraba sobre alguno de sus proyectos mastodónticos. Las psicofonías no dan para tanto, así que me conformé con abrir una ventanita al pasado, porque más vale eso que nada y ya es bastante.

 

Imagen de JordiMiro

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