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El paraíso es una isla, por lo tanto es el infierno (3)

La más poblada de las 50 de la lista, la mayoría en el Pacífico, es la de Brava (Cabo Verde), con 6.804 habitantes, lo que da idea del tipo de islas que nos ocupa y para mí, ya menos interesante. Prefiero las pequeñas, poco habitadas y poco conocidas. Por ejemplo, Tromelin, en el Indico, tiene 4 residentes, Bear, en las Spitzbergen, tiene 9, que forman parte de la estación meteorológica, y que por cierto, a juzgar por la cantidad de edificios para tan poco gente que el zoom permite ver, deben estar bien repartidos y con la calefacción a tope.

En el otro lado del mundo, el departamento de Conservación de Nueva Zelanda mantiene a 9 espartanos voluntarios durante 6 meses en Raoul Island. Tampoco parece ser recomendable la visita a la isla de Pedro I, a sólo 420 kms. de la Antártida y a 68º de latitud sur. Hasta 1929 no se puso el pie en ella, 108 años después de su descubrimiento, y es comprensible. Sin embargo algún aventurero ya pasó por allí últimamente, pues ha colgado varias fotos.

Tromelin, la “île des sables” de los franceses, es también la más pequeña: 0,8 km2 y es todo arena, como su nombre indica. Pero tiene su historia: allí naufragó en 1761, un mercante francés de la Compañía de las Indias Orientales que se dirigía a Indonesia. Durante la escala para aprovisionarse en Madagascar, la isla más cercana a 430 kms., según costumbre de la época, se llevaron de recuerdo a 60 esclavos por el mismo precio o poco más. Los franceses construyeron una barca con los restos, se fueron y de ellos nunca más se supo, dejando a los esclavos en la isla a que se buscaran la vida, y como es de suponer, las pasaron canutas. Los que no murieron fueron rescatados seis años después por una corbeta francesa cuyo capitán se llamaba Tromelin. Y todo esto, en menos de 1 km2. Hoy en día, justo en este infierno donde estos desdichados sobrevivieron hay una pista de aterrizaje y la correspondiente estación meteorológica. Cuenta con cuatro asistentes y aunque no se puede ver en detalle, sí la muestran las fotos y con el simulador de vuelo, incluso se puede intentar un aterrizaje virtual.

Tampoco fue precisamente un paraíso la isla-presidio de Norfolk, perteneciente hoy a Australia, descubierta por el capitán Cook, donde iban a parar condenados del Imperio Británico. En esta verde y fértil isla, en 1840, los presos fueron liberados por un día en conmemoración del aniversario de la reina. Anduvieron por donde quisieron, comieron, bebieron y cantaron a sus anchas y al día siguiente volvieron a su celda, como si nada. No había peligro de fuga, pues la tierra más cercana, Nueva Zelanda, está a 740 kms. al sur y no era cuestión de aventurarse, por muy borrachos que estuvieran. Allí por donde pasearon durante un día de libertad, Google Earth nos lo muestra ahora como una isla verde de vegetación, casi idílica, muy a la inglesa, con multitud de chalets y urbanizaciones, carreteras, bosques y aeropuerto incluido.

Y hablando de islas con historias de náufragos, también está Pitcairn, la del motín de la Bounty de 1790. El libro incluye una cita de Christian/Marlon Brando, extraída de la película, poco antes de morir, cuando se pregunta cómo es posible que en dos años se hubieran matado los unos a los otros y qué hay en la naturaleza humana que hace al hombre violento incluso en una isla paradisíaca. Efectivamente, así somos, para qué engañarnos. La búsqueda del paraíso en las islas, y la Polinesia es el paradigma, puede acabar en un infierno. Pero tampoco los “buenos salvajes” de Rousseau son ninguna maravilla. No hay más que leer a Herman Melville, al capitán Cook o a Thor Heyerdahl, por no poner más que a unos pocos ejemplos bien diferentes. Pero esto es otra cuestión.

 

Imagen de JordiMiro

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