Ciudades perdidas: Teyuna, de los tairona (Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia) (1)

"Poblaciones cercanas a los ríos, con sus calles bien puestas y ordenadas, fuertes y potentísimos buhíos. Pero para llegar a sus moradas había de subir por escalera de losas bien compuestas y fijadas" (Fray Pedro Simón (1574-h.1628): "Noticias Historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales").

 

En 1975 un guaquero, o buscador de tesoros clandestino, comunicó la ubicación a las autoridades, aunque después de un repetido saqueo de sus restos, de la llamada "Ciudad Perdida de los indios tairona", en la Sierra Nevada de Santa Marta, cerca del Caribe colombiano. Se trataba de Teyuna, aunque oficialmente se catalogó con el menos romántico nombre de "Buritaca 200" por el nombre del río cerca del cual se encuentra y por el número de orden de los yacimientos arqueológicos prospectados en la zona. Estaba prácticamente intacto, conservado por la rica vegetación que lo cubría, y sólo era conocido por las bandas de guaqueros, que vendían impunemente sus hallazgos en Santa Marta, especialmente collares de piedras semipreciosas. Con el tiempo, la noticia llegó al conocimiento de las autoridades, que emprendieron enseguida las tareas de estudio. Hoy en día, la zona está protegida por un destacamento de policía, que habita permanentemente en el sitio.

 

Este macizo montañoso no forma parte de los Andes, sino que emerge en el litoral atlántico. En él se encuentran las montañas más altas del país, nevadas, por supuesto, y esto tan solo a unas decenas de kilómetros del Caribe. La ciudad se encuentra en un lugar no alterado por el hombre, entre los 900 y 1.200 metros de altitud, gracias a lo cual fue elegida para un estudio más riguroso a cargo del Instituto Colombiano de Antropología. Los tairona la construyeron en la pendiente de un cerro a base de terrazas, sobre las que edificaron las viviendas, adaptándose a la topografía del terreno, con varios núcleos de habitación en distintos niveles unidos entre sí por un camino longitudinal y por escaleras. Fue probablemente el centro de una serie de establecimientos dependientes, habitado por la elite dirigente "urbana", con una población entre 1400 y 3000 habitantes. De su mantenimiento se encargarían los núcleos circundantes, dedicados a la agricultura. Una excelente red de caminos enlosados y de escaleras los comunicaba entre sí. En total, se calcula que la superficie ocupada por estos núcleos sería de unos 900 km2.

 

Su acceso por tierra es sólo posible después de una caminata de tres días por la tupida selva húmeda, en la que raramente aparece el sol a través de la densa vegetación. Se trata de un ecosistema de una gran biodiversidad, en el que los árboles se yerguen a gran altura, con innumerables plantas epífitas, instaladas en sus ramas y troncos. Sin embargo, la fauna no se prodiga, al menos en apariencia, excepción hecha de algunas aves y de los omnipresentes insectos.

 

El trekking, que se organiza en Santa Marta, no se aconseja efectuarlo sin guía, pues al habitual peligro de perderse hay que añadir los derivados de ser una zona con presencia de guerrilla y de narcotraficantes. Aunque no se nos decía nada, intuíamos que la agencia pagaba a unos o a otros una suerte de “peaje” para que nos dejaran pasar. Omar, nuestro guía, lo tenía todo bien organizado: nuestras mochilas, la comida y demás utensilios necesarios, se transportaban por mulas los dos primeros días, labor que pasará a los porteadores el tercero al no poder pasar los animales por el estrecho camino. Al final de cada jornada, cuando llegábamos al emplazamiento habilitado para pernoctar, normalmente en hamacas, ya todo estaba preparado. De lo que no nos librábamos era de las constantes lluvias, algún que otro chapuzón para vadear ríos y torrentes mediante frágiles puentes en cuerda y de los escorpiones, okupas habituales de nuestras botas mientras dormíamos. Como no podía ser de otra manera, un colosal diluvio nos recibió a la llegada a la ciudad, a la que se accede por la empinada escalinata en piedra, casi vertical, descrita por Fray Pedro Simón. En total, una semana, entre ida y vuelta y un día durmiendo en el yacimiento, que cuenta con elementales servicios, pero suficientes.

 

 

Imagen de JordiMiro

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