Bajo el cielo de París.

 "Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue. "

París era una fiesta., Ernest Hemingway 

La pulsión de la incertidumbre, la descarga adrenalínica del no-saber-hacia-dónde-ir pero con la certeza de que tienes que seguir y moverte y continuar. Tu lugar en el mapa no es estático y el siguiente punto depende sólo de ti, porque sabes que siempre hay más alternativas que esa que se te presenta como inmediata o evidente. Porque prefieres correr el riesgo de equivocarte que quedarte inmóvil. Puedes elegir. Lo haces.

Mi primera visita a París se produjo por azar, un azar electivo como diría Breton, que es ese que resulta cuando se combina con el deseo. Era el momento de dejar Venecia y elegir otro destino, en el cartel de los horarios de tren la salida más próxima se dirigía a París, así que decidí cambiar las liras por los francos y hacer mi primer viaje en InterRail de recorrido nocturno. Durante el trayecto compartía una cabina de estrechísimas camas plegables con dos personas más, aunque al final fuimos cuatro, porque el supervisor del vagón, un chico de mi edad novato en el oficio y quien sabía tan poco como yo sobre las restricciones de mi visado italiano, se las arregló para conseguir una botella de vino tinto y queso, montando una improvisada fiesta privada. Nos dejó hojear una guía de Francia y me escribió los nombres de Charles Aznavour, Jacques Brel y Serge Gainsburg en la esquinita de un mapa de París en el que después yo marcaría con tinta roja todas las calles por las que iría pasando. Nos comunicábamos en un français-raquitiqué pero auxiliados por la hilaridad propia de las copas, un veneciano -sin camiseta rayada-, una newyorkina, el francés y yo, decidimos que ese era el mejor comienzo posible para un viaje. 

Tenía veinte años; el mundo y yo éramos diferentes.  

Todo era nuevo y todo era viejo  a la vez. 

Todo era mágico y vibrante.

París me recibió con las finas gotas de una lluvia que se desprendía de su cielo gris-liláceo y el viento helado filtrándose en los huecos de la ropa.  Lo mismo que las siguientes dos veces, una de las cuales mi hermana y yo al ras del congelamiento, concluimos que los cuerpecillos mexicanos no estamos hechos para esa clase de climas. Aquella primera acogida fue muy diferente a la más reciente, diez años más tarde, en pleno verano y con el cielo más azul posible en el que flotaban unas cuantas nubes con sus redondeces. Al llegar me encontré con una diversidad cultural que no me esperaba, en los quartiers de París se mezclan fácilmente franceses con árabes, bengalíes o vietnamitas, acentuándose la proporción de los tres últimos en la periferia que se extiende más allá de La Défense con su Grande Arche y sus esculturas gigantes. Durante aquel primer día mis horas se concentraron bajo la estructura piramidal del Louvre, no sólo para contemplar la famosa sonrisa davinciana, sino también para buscar la protección de los cristales durante la lluvia. Al salir del museo confié en que mi habitual desorientación se atenuaría para poder localizar el hostal que el revisor del tren había marcado con una traslúcida gota de vino en el 5e arrondissement de mi mapa. No podría decir cuánto tiempo caminé, pero recuerdo muy bien la sensación de vacío a mitad del cuerpo y el alelamiento resultante del cansancio. Mis pensamientos combinaban el encandilamiento por la iluminación nocturna y la creciente necesidad de hincar la dentadura en cualquier alimento desbordante en carbohidratos, y de ser posible, sentada. Llegué al albergue acompañada de una chica con cabello corto y abrigo largo, no era el que tenía marcado en el mapa pero al pedirle indicaciones me sugirió éste otro que se encontraba más cerca. Al entrar a la habitación, larga, sobria, con poca luz, me encontré con la compañera de cuarto, una chica libanesa algo mayor que yo, sentada en una mesa cuadrada y a punto de cenar una cremosa  variedad de algo que hizo despertar a la fiera que llevaba en el estómago; cosa que ella habrá notado y en un acto más bien de auto-defensa-no-me-comas, se ofreció a compartirlo conmigo sin pensarselo dos veces. El sabor del hummus y la berenjena en la punta de la lengua. 

En el fondo de la habitación: una gran ventana abierta. Afuera: eléctricas, brillantes, salpicadas; las luces de París.

La música de Satie me lleva irremediablemente a París, la Gymnopedie No. 1 a sus noches y la Gnnosienne No. 5 a sus mañanas, pero la versión modére de Klara Kormendi, un poco más rápida que la original y que me da la misma sensación que caminar entre las magnolias del Jardin des Tuileries y tomar el sol en una mañana de agosto sentada en una de esas sillas verdes de metal frente al estanque y mirar como se mueven los patos siguiéndose unos a otros y dejando tras de sí onditas en el agua. Blrp-blrp. En las calles que suben a Montmartre se escucha  jazz y charlestón y me vienen  a la mente imágenes del París de los años veinte, como si yo guardara en mi memoria los recuerdos de una de esas flappers con flequillo y cabello corto a la altura de la barbilla y largos collares de perlas bailando al ritmo de los efectos de la Fée Verte.

El verano anterior en París paseaba mi mirada por las galerías de les passages couverts cuando chocó de pronto con una pequeña tienda en la que estaban expuestos para venta algunos peculiares objetos.  Parecía la típica caja de juguetes viejos que resulta después de hacer limpieza en el armario. Había piernas de muñecas de todos los tamaños, ojos también de muñeca de esos que se abren y se cierran con largas pestañas, en realidad había todo lo que podría integrar una muñeca, pero descuartizée, con todos los miembros y cabezas separados y agrupados en bonitos contenedores de colores. Vendían también fotos antiguas, teclas con letras y números en diferentes tamaños y estilos, postales decoloradas por el tiempo, fotos de familias anónimas de varias épocas del siglo pasado y fotos de actrices y cantantes de la belle epoque. Pensé lo sorprendente que es que seamos capaces de pagar por esas cosas en un acto más bien fetichista para reafirmar lo originales que somos. La verdad es que yo misma y a pesar de los precios acabé comprando un montón de esas cosas de aparente inutilidad en esa tienda y también en el marché aux puces, llamado así precisamente porque en años pasados era frecuente encontrar pulgas en los objetos a la venta, antiguos, usados e incluso robados. Ahora está algo más mezclado, se puede comprar también ropa de diseño, muebles, objetos de arte, porcelana, discos y libros de primeras ediciones o producción limitada. Es un laberinto en el que vale la pena perderse en lugar de dedicarle demasiado tiempo a las boutiques de Les Champs Élysées, cada vez más globalizadas y menos románticas, en una apología del consumismo presente en muchas ciudades europeas, con tiendas de formato idéntico entre sí. Sin embargo me gusta el paseo a pie por los Champs Élysees desde la Place de la Concorde con su obelisco egipcio de punta dorada y sus fuentes -que un día en lugar de agua expulsaron chorros de champange para una fiesta real y otras veces fueron salpicadas por chorros de sangre  de cabezas "realmente" decapitadas- hasta el Arc de Trionphe (o viceversa) en un trazado urbanístico que alinea ambos puntos con el Grand Arche en un supuesto simbolismo esotérico.

En París hay más cafés que esquinas, allí se puede estar sentado con un vaso de pastís o vino tinto viendo la vida pasar, sobre todo en los de Saint-Germain des Prés, con sabor a jazz y existencialismo y que encierran en sus muros historias soltadas al viento por el grupo de los surrealistas, por Boris Vian y Jacques Prevert, por Cortázar y Octavio Paz, por Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Albert Camus, Vila-Matas-Hemingway, Picasso, Fitzgerald, Joyce, Sartre o Simone de Beauvoir, quien dijo una vez: "Estoy aquí, el tiempo transcurre y este instante no volverá jamás".

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