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Sólo con ella

“Lo voy a hacer, mi vida no tiene sentido, compraré el billete y adiós a todo, ya volveré, ya”. Estos pensamientos chocaban entre sí dentro de mi cabeza, dirección a la estación de trenes. Un tímido rugido de mis tripas me detuvo, será mejor sopesarlo con un buen filete delante. Levanté la vista y divisé un restaurante con un dibujo de un tren en las cristaleras, sólo podía ser una señal.

Nada más entrar el tiempo se paró y ella apareció, la mujer de mis sueños, la mejor prueba para los que no creen en el amor a primera vista, como yo hasta ese momento. Será mejor hacer caso a los Beatles, pensé. Tan sólo me dijo: “Fumadores o no fumadores”. Pero bastó para posponer mi huida a lomos de un tren.

Se convirtió en un ritual diario, mis 70 minutos de vida. Comía disfrutando cada bocado mientras la contemplaba moverse al sonido de la música que desprendía el restaurante.

“Mañana  será el día, quiero que se venga conmigo, necesito que se venga conmigo. Sólo se su nombre, Helena”. Hoy me iré pronto a la cama, necesito descansar para estar preparado.

Cuando se duerme pasamos al interior de su cabeza, al lugar donde se crean los sueños. Una figura igual a él está sentada en medio de una habitación. Sale a la calle, se encuentra en una pequeña ciudad que se alza sobre un montículo de tierra, suspendida en un bonito cielo azul. Se dirige al borde de la ciudad donde una escalera asciende a una parada de tren. Aguarda un rato sentado, comienza a oír un zumbido a lo lejos y ve una figura serpenteando el cielo. Al momento se divisan los vagones. Se detiene en la estación y se abren las puertas, el revisor le comunica que ha sido convocado en el sueño de otra persona y es necesaria su presencia. En el lateral del tren se puede leer Helena.

Sólo se ven nubes por las ventanas, hasta que se va haciendo más grande la nueva ciudad, parecida a la anterior. En el andén una mujer le espera, sin mediar palabra le conduce a la habitación indicada, saca un elegante llavero y abre la puerta. Él entra en un bar iluminado de rojo, a la derecha, sobre una plataforma,  una saxofonista da una lección de jazz. Sigue caminando y se acerca a la barra, un largo y arrugado camarero le sirve un chupito de Jack sin preguntar. El viejo barman le susurra: “Mi mejor empleada ha trabajado todo el día”. Después señala el fondo donde se ve a Helena correteando de un lado a otro mientras sirve mesas vacías. Va hacia ella y le dice: “Ya has trabajado lo suficiente para un mes, te mereces un descanso ¿No crees?”. Suavemente le quita la bandeja y agarrados de la mano atraviesan la cortina roja que hay a su espalda.

Comienzan a subir unas empinadas escaleras, a la izquierda hay un cine, la pantalla proyecta imágenes de diferentes países de Europa. Los escalones acaban en una puerta, al abrirla una intensa luz blanca los ciega, están en la playa, una inmensa y solitaria playa. Helena, con expresión de asombro, pregunta: “¿Y ahora qué tenemos que hacer?”. “Disfrutar del momento” responde él. Se quitan los zapatos y caminan por la arena, juntos de la mano, dirigiéndose al mar, finalmente se adentran del todo y desaparecen.

“Hoy tiene que ser”, me repetía una y otra vez con los dos billetes de InterRail en la mano. Era mi séptimo día viniendo al restaurante y tenía clara una cosa, sólo saldría de viaje si ella era mi acompañante.

 Esta vez no pude disfrutar de la comida. La boca seca, las palabras amontonándose en la garganta, hasta el postre se me atragantó. Decidí hacerlo de la manera más clásica y cobarde: por escrito. Mis más profundos sentimientos hacia ella en una servilleta. La deposité en el plato de la cuenta, junto con el dinero y uno de los pasajes para el InterRail, me acerqué y se lo entregué. “Quédate con el cambio, gracias”. Me fui rápido y preferí no mirar atrás. Deseaba que sino viajaba conmigo al menos lo utilizara.

Al día siguiente el teléfono me despertó, mi madre pensé, al descolgar mi vida cambió:

“¿Sí?. “Hola, soy Helena”.

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