Nos encontramos en Teherán, ellas venían de su pueblo a pasar los últimos días de vacaciones de Noruz, el año nuevo persa, que empieza con la primavera. Yo aprovechaba las vacaciones de semana santa para viajar con mi hija Anna que no conocía Irán todavía aunque desde que nació me había oído contar historias de aquel país. El reencuentro con viejas amigas es siempre emocionante. Viajar por Irán con mi hija y poderle enseñar el país y presentarle a mis amigos fue una gran aventura, tanto para mí como para ella. Al principio tenía mis dudas sobre el éxito del viaje puesto que Anna había viajado durante meses por Brasil y también había estado en India, y prefería "un país donde cantan y bailan a un país donde rezan". Con 27 años yo lo entendia perfectamente. Pero la sorpresa fue que en Irán encontró algo más que rezos, encontró, o mejor dicho disfrutamos juntas, de la emoción que se crea en reuniones donde la música del "rey" Shajarian y la poesía de Sohrab e Sepehri, por poner un ejemplo, llenan el ambiente y ponen la piel de gallina. Los iraníes son maestros en crear esa clase de emociones difíciles de olvidar. Sensibilidad a flor de piel.