De niño comencé a imaginar el mundo con Tintín y Jules Verne, con las colecciones de cromos, las postales que mi padre me enviaba desde países lejanos y las revistas con mapas y fotos a colores que las compañías aéreas regalaban a sus pasajeros y que él traía cuando volvía a casa. Así crecí viajero. Entonces apenas si había televisión y los únicos documentales abiertos al mundo que podíamos ver eran los de Félix Rodríguez de la Fuente. La Ruta de la Seda fabulosa que los japoneses filmaron desde China a Turquía no llegó hasta mucho después: ella me empujó hacia los caminos de Asia. Antes, ya había descubierto el Oriente en Jerusalén –mi primer viaje en solitario, la ciudad de mis sueños-, Marruecos, la India y Malasia. Colecciono atlas viejos, globos terráqueos y sellos. Los sellos son como pequeñas ventanas abiertas al mundo. Me gustan los mapas, nuevos y viejos, antiguos o históricos, y hasta me los invento. Y me gustan las islas, desde que era niño. He visitado muchas, siempre que puedo. Me he inventado también algunas. Y las que más me interesan son las islas imposibles, esas islas que aparecen y desaparecen en los azules pálidos de los mapas –y quien sabe si también del azul denso de los océanos-. ¿Qué secretos no esconden? ¿Qué patraña, leyenda o desgracia? Son islas misteriosas que permiten soñar, que muestran que aún no hay nada definitivo ni geografías cerradas, que aún queda mucho por explorar y que cualquiera puede, incluso desde su casa, descubrir algún rincón nuevo del planeta que nos hace de hogar.
Lo que más me gusta después de partir de viaje es la vuelta a casa. Y escribir. Contar lo que veo y lo que siento: es una manera de compartirlo. Leer. Desde siempre leo mucho. De pequeño lo hacía a escondidas, por la noche. Ahora, lo hago siempre cuando viajo, y menos de lo que quisiera cuando vivo sedentario.
Sueño con viajar mucho más todavía. No seríamos nada sin sueños. Moriríamos sin ellos. Sueño con las islas, sobre todo con una de ellas, muy pequeñita, que me ha hecho varias veces de hogar y donde una familia espera que vuelva algún día: Rapa. Sueño con selvas y desiertos, con ciudades perdidas, con una tempestad de rayos sobre los picos del Himalaya y la transparencia de la atmósfera del Tíbet, con los mercados del centro de Asia, con la libertad de navegar a vela por el Atlántico, la infinitud de la taiga siberiana, el viaje en kayak por los fiordos de Alaska que ya nunca haré, con galopadas con los indios sioux de Dakota y los nómadas de la estepa de Mongolia que quizás tampoco galoparé, con una cabaña frente al Mar Rojo, con las verdes colinas cayendo al mar en las islas Kuriles, con el rojo de fuego de los acantilados antárticos. Añoro la pureza iniciática y mortal del Ártico, descubrir con mi barco un puerto nuevo cada mañana, y hallar más ruinas perdidas bajo la selva de helechos en las crestas volcánicas de mi isla. Con todo eso y mucho más sueño. Pues amo lo nuevo y lo diferente. Descubrir algo cada día. Aprender de todos. Dejar un buen recuerdo. Viajar lejos, bien lejos. Y, porque no, hasta la luna y los planetas.