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Kafka vive en los aeropuertos

Lo confieso. Mi relación con los aeropuertos es de amor/odio. Por un lado, me produce una sensación de bienestar saber que estoy a punto de emprender un viaje o, simplemente, de poner fin a un periplo y regresar al resguardo del hogar para descansar. Por otro lado, me saca de quicio toda la 'burocracia' viajera a la que obliga tomar un avión: facturar, sacar las tarjetas de embarque, hacer cola para subir al avión, pasar el control de pasaportes y, sobre todo, superar los cada vez mayores filtros de seguridad que se imponen.

Sí, esos que ahora te impiden llevar una botellita de agua para ahorrarte la 'clavada' que te van a dar en el avión por un minirefresco y que te obligan a quitarte el cinturón del pantalón aún a riesgo de quedarte en calzoncillos por el camino. Aunque pensándolo bien, esto último ya es lo de menos si finalmente se imponen los escáneres corporales que mostrarán nuestra verguenzas a los policías y guardias de seguridad que manejen esas máquinas infernales.

Lo cierto es que en los últimos años he pasado por situaciónes realmente kafkianas en los aeropuertos por culpa de las medias de seguridad. Y no siempre en lugares del tercer mundo. No hace mucho, en el madrileño de Barajas me obligaron a descalzarme y pasar mis 'mortiferas' botas por el scáner porque la máquina decidió que llevaba demasiado metal en mi cuerpo. Espero que en futuro no tenga que verme obligado a sacarme los empastes de mis muelas.

En el aeropuerto de Dire Dawa, en Etiopía, fueron aún más lejos. Tras las botas, tuve que desprenderme de mi camisa y mis pantalones. Mi aspecto en canzoncillos y calcetines en la humilde terminal era algo más que ridícula. Como ridículo fue que el scaner siguiera sonando y los pespicaces soldados que manejaban la maquinita decidieran finalmente dejarme pasar y tomar el avión a la vista de que aquel cacharro fallaba más que una escopeta feria.

Aunque, sin duda, la situación más absurda la viví en el aeropuerto de Lomé (Togo). Había pasado unos días recorriendo el vecino Benín, y la única conexión que encontré para regresar a Europa era por el aeródromo togolés. Crucé la frontera y me dirigí al aeropuerto para tomar el vuelo de una compañía aérea con destino a Bruselas. Pasado el control de pasaporte, me tuve que enfrentar con un soldado bastante voluminoso y armado con un subfusil que, sentado en una humilde silla, me lanzó la pregunta más directa que me han hecho jamas en un control policial: Boom o no boom?

Como creí no haber entendido bien y temeroso de que mi inglés de andar por casa me estuviera jugando una mala pasada, puse cara de póker y me encogí de hombros. El aguerrido militar, que mantenía su indolente postura, me espetó de nuevo la preguntita de marras: Boom o no boom? Convencido ya de que lo me estaba preguntando era si llevaba una bomba en mi equipaje de mano, le respondía con firmeza: No boom. Y me hizo un gesto por la mano para que pasara sin tan siquiera ver si en mi mochila había algo más que la cámara de fotos y un libro que portaban. Minutos después, a pie de la escalerilla del avión, empleados de seguridad de la compañía aérea sometían a un completísimo examen a mi equipaje. Estaba claro que no se fiaban mucho -y con razón- de los sistemas de seguridad del aeropuerto togolés.

No quiero ni imaginarme qué hubiera pasado si hubiera contestado al soldado con un Yes, boom. Aunque, pensándolo bien, estoy seguro que me hubiera dejado pasar con tal de no moverse. A lo mejor, si hubiera tenido un scáner corporal le habría puesto más ganas, aunque sólo fuera por echarse unas risas viéndonos a todos lo michelines. Por si acaso, yo ya me he puesto a régimen, no sea que Kafka me esté esperando. 

Imagen de oLopez-Fonseca

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