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Jonathan pels Himalàies.
Un
còmic com analgèsic... o simplement, per conèixer món
Tibet año 1984 (y V): Río arriba, más cerca del cielo
Camino entre pedregales y laderas resecas. En la entrada del valle, los hombres aran los campos con la ayuda de los yacs y las mujeres y los niños cantan mientras recogen las patatas que aparecen entre los terrones de tierra. Cerca de las casas de adobe, las familias trillan el grano.
Tibet año 1984 (IV): Entierros celestiales
Drebung, Sera y Ganden eran antaño los tres monasterios lamaístas más importantes de la región de Lhasa y se contaban entre los seis centros búdicos más famosos de Asia. A los dos primeros se puede llegar en bicicleta. Para ir a Ganden es necesario coger dos autobuses y quedarse a dormir con los monjes y voluntarios que trabajan para reconstruir sus ruinas.
Tibet año 1984 (III): En el templo de Jokhang, entre los dioses
Los fieles forman largas colas frente al templo de Jokhang, el más santo de la ciudad santa de Lhasa, fundado por el rey Songtsen Gampo hacia el año 650. Acuden desde todas las regiones del país.
Tibet año 1984 (II): Los niños me saludan con la lengua al pasar
Desde las terrazas superiores del Potala es posible contemplar los verdes meandros del río Kyichu y las dos ciudades que forman la Lhasa de 1984. Por una parte la ciudad nueva china, con sus anchas avenidas asfaltadas flanqueadas de álamos y sus edificios administrativos, sus tiendas estatales, sus escuelas y sus casernas de policía y cuarteles militares.
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Tibet año 1984 (I): El Potala
Hace treinta años Tibet era un país mítico. Un sueño inalcanzable. Habíamos leído sobre sus misterios en Titin y Lobsang Rampa, en Michel Peissel, Heinrich Harrer y Alexandra David-Néel, en los poemas de Milarepa y en nuestros sueños. El 1984 las autoridades chinas abrieron Lhasa a los viajeros individuales. Luego se sucedieron diversas revueltas tibetanas y la masiva colonización china, la transformación radical de la ciudad y ahora, de nuevo, las protestas.
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El planeta hospitalario (III): La hospitalidad traicionada
En el código de honor del desierto las leyes de la hospitalidad son sagradas. El que recibe la hospitalidad se convierte en un ser inviolable para todo el clan. Pero tampoco hay que alimentar visiones idealizadas, pues la realidad es siempre mucho más compleja. Los beduinos -como los tuareg- son en tan famosos por su hospitalidad como temidos por bandidos.
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No humillar a China
Hay muchas maneras de hacer presión política sobre un Estado para conseguir
un cambio de comportamiento político. Pero siempre hay que evitar humillar a
ese país en público, porque esa actuación suele tener como resultado el efecto
contrario al buscado: una reafirmación defensiva frente al exterior del
comportamiento que se quiere modificar, con el agravante de generar una ofensa
que complicará aún más en el futuro cualquier gestión diplomática encaminada a

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