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Granjeros osados, mares de colinas verdes (y IV): Art Decó entre los viñedos

       Mi último día en la granja de Bruno y Kathy Chambers, en la Isla Norte de Nueva Zelanda. Mason, el padre de Bruno, me acompaña a Hastings. Tiene unos asuntos que arreglar y yo un rato para visitar la ciudad. Quedamos para comer en el Hastings Club.

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Granjeros osados, mares de colinas verdes (III): Hielo en los manzanos

         Mañana de invierno. Unos grumos de bruma flotan a ras de suelo en el fondo del valle entorno los campos de la orilla del río, y alguno decide emprender el vuelo y se desliza rápido por media vertiente de la sierra del Te Mata. Enfundado en el pasamontañas y los guantes, camino de prisa siguiendo los talones de Bruno. Hoy trabajará los manzanos, en un bancal del río.

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Granjeros osados, mares de colinas verdes (II): una granja en los tiempos de internet

         Cuando acompaño a esperar el autobús escolar a Carlos y Louis, los hijos de la familia de granjeros neozelandeses que me ha acogido en su casa, la escarcha aún blanquea la hierba de los prados. Bruno se hace cargo hoy del más pequeño -está enfermo y no va a la guardería- y los tres y el perro nos enfilamos en su viejo camión a inspeccionar las vacas que tiene en los pastizales al otro lado del río. Subimos traqueteando las colinas por caminos de tierra.

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El País de la Luz (y VII): Buscando un lugar e el mundo

          En Nueva Zelanda caminaréis por ciudades nuevas -no esperéis monumentos centenarios- pero deliciosas, bien cuidadas, agradables de vivir.

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El País de la Luz (VI): Árboles en la bruma

         Cuando llevéis unos días en Nueva Zelanda, recorriendo la isla Norte, pasad en transbordador el estrecho de Cook para poner pie en la isla Sur. Admirad al hacerlo la elegancia del mar y la tierra entretejida en la red de cabos y canales de los Marlborough Sounds -un parque marítimo-, y dirigiros a reposar unos días al P. N. Abel Tasman.

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El País de la Luz (V): Playas, volcanes, selvas

Un paseo por Aotearoa lleva forzosamente a los parques nacionales. Ellos preservan lo poco que queda de la belleza original de las islas, de su flora y de su fauna. Comenzad si queréis por los escarpados del cabo Reinga y su faro solitario, en el extremo norte del país: noventa kilómetros de soledad, arena, dunas y vientos en la península Aupouri.

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El País de la Luz (IV): Inglaterra en el Pacífico

         Seguramente os asombraréis ante la belleza y la riqueza de este océano de lomas y lomas cubiertas de prados verdísimos donde pastan cuarenta millones de ovejas. En Nueva Zelanda circularéis en coche o autobús por las colinas y veréis la luz de la tarde brillando como pulpa fresca de melocotón en la hierba tierna y rodeando de un aura dorada la lana blanda de las ovejas, y pensaréis que nunca antes habías visto una imagen del campo tan bella y próspera.

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El País de la Luz (III): Los hijos de la Tierra

         Nueva Zelanda era el Reino de las Aves hasta que, según la tradición maorí, llegó la Gran Flota: las grandes canoas a vela que portaban los polinesios desde su patria ancestral Hawaiki -quizás Tahití o las Marquesas-.

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El País de la Luz (II): El reino de las aves

         La luz iluminó por primera vez Nueva Zelanda cuando el semidiós Maui, a bordo de su canoa, pescó un pez gigante con su anzuelo mágico y, tanto tiró, que al final lo izó fuera del agua y se convirtió en una isla. Por esta razón los maoríes llaman Te Ika a Maui, "El Pez de Maui", a la isla Norte, y Te Waka a Maui, "La Canoa de Maui", a la isla Sur.

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