Rapa, la vida en el paraíso (y IV)

        Durante mi última estancia en la isla de Rapa asistí a una boda en la que los invitados de honor eran los cuatros hijos de la pareja: dos niñitas y un niñito que estaban preciosos con su vestido endomingado y un bebé- Y es que el matrimonio es algo que llega muy tarde cuando ya no queda otro remedio, para legalizar las parejas que ya duran tanto que no se van a romper.  El sexo es lo más natural del mundo, algo que se lleva sin complejos pero si con una sor

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Rapa, la vida en el paraíso (III)

            La primera vez que estuve en la isla de Rapa coincidió con la guerra de Bosnia. Los servios mataron dos cascos azules franceses y secuestraron otros 200. Y como los rapas hacen el servicio militar francés, resultó que en aquel momento había cuatro rapas voluntarios como cascos azules en Bosnia. Durante unos días se vivió con el temor de que alguno de ellos estuviera entre los secuestrados. Pero el mundo es muy, muy pequeño.

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Rapa: la vida en el paraíso (1)

 Ha sido el descubrimiento de mi vida, la isla soñada. Imaginaos una isla pequeña y muy verde, habitada por gentes morenas, fuertes y sanas, de sonrisa perenne y alegría a flor de piel. Una isla donde los días transcurren felices y sin prisas, entre pescas submarina o con anzuelo, cacerías de toros o de cabras en las montañas, exploraciones de ruinas de piedra olvidadas en las crestas volcánicas, y el alegre parloteo con uno y con otro sin más motivo que la broma y la risa.

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Granjeros osados, mares de colinas verdes (y IV): Art Decó entre los viñedos

       Mi último día en la granja de Bruno y Kathy Chambers, en la Isla Norte de Nueva Zelanda. Mason, el padre de Bruno, me acompaña a Hastings. Tiene unos asuntos que arreglar y yo un rato para visitar la ciudad. Quedamos para comer en el Hastings Club.

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Granjeros osados, mares de colinas verdes (III): Hielo en los manzanos

         Mañana de invierno. Unos grumos de bruma flotan a ras de suelo en el fondo del valle entorno los campos de la orilla del río, y alguno decide emprender el vuelo y se desliza rápido por media vertiente de la sierra del Te Mata. Enfundado en el pasamontañas y los guantes, camino de prisa siguiendo los talones de Bruno. Hoy trabajará los manzanos, en un bancal del río.

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Granjeros osados, mares de colinas verdes (II): una granja en los tiempos de internet

         Cuando acompaño a esperar el autobús escolar a Carlos y Louis, los hijos de la familia de granjeros neozelandeses que me ha acogido en su casa, la escarcha aún blanquea la hierba de los prados. Bruno se hace cargo hoy del más pequeño -está enfermo y no va a la guardería- y los tres y el perro nos enfilamos en su viejo camión a inspeccionar las vacas que tiene en los pastizales al otro lado del río. Subimos traqueteando las colinas por caminos de tierra.

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Los Mares del Sur, la vida en el mito (y VI) El dulce letargo del trópico

          Hacia al oeste, las islas Cook son otro ejemplo de economía inviable. Las autoridades han apostado por el turismo. Pero Nueva Zelanda, que aún ejerce su protectorado, ha tenido que acudir varias veces en ayuda de las finanzas locales, caídas en la más absoluta bancarrota. Rarotonga, la isla principal, viene a ser para los neozelandeses una especie de Gran Canaria. Las otras islas, demasiado alejadas, viven el letargo tropical, unidas al mundo por el barco que las visita una o dos veces al mes.

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Los Mares del Sur, la vida en el mito (V):

         Si en la capital de las islas Tonga el día parece discurrir a cámara lenta, en el resto del archipiélago la vida todavía escribe un curso más pausado. Las Ha'apai son un rosario de islitas coralinas bajas, barras de arena blanca cubiertas de cocoteros y arbustos, poco fértiles. En total, 12.000 habitantes.

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Los Mares del Sur, la vida en el mito (IV): Tonga, feudalismo bajo los cocoteros

         Tonga es un país de ensueño. También es un reino feudal. La sociedad está estrictamente jerarquizada: arriba de todo los nobles, abajo, el pueblo llano. Partidos políticos y sindicatos están prohibidos. Los ministros son nombrados entre la nobleza. Desde su palacio emblanquinado junto a la playa -una gran casona de madera estilo victoriano- el rey reprime moderadamente el descontento. Los tonganos parecen conformados con la situación.

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