El color de Turquía

 

Hacía un calor sofocante. Las contraventanas de la habitación estaban ajustadas y no pasaba ni una pizca de aire entre las rendijas. Tumbada en la cama y con un vaso de té helado, miraba cómo giraban lentamente las aspas del ventilador que colgaba del techo. Mientras estaba inmersa en mis pensamientos, la puerta se abrió de golpe.

La piedra caída del cielo (y III)

          Una red de rutas de intercambio teje como una tela de araña la geografía del  mundo. Cubre los continentes y los une unos con otros. Así ha sido desde el principio de la humanidad.

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La piedra caída del cielo (II)

         También el joven Tutankhamón amó el lapislázuli. Y por montañas y mares viajaron las piedras desde el Badajsán para enzarzarse en sus amuletos y collares e incrustarse en el mango de sus dagas y espadas. De lapislázuli y oro es el escarabajo sagrado que llevó como brazalete de niño. De lapislázuli son los tres escarabajos del pectoral del collar que había en la funda que llevaba puesta su momia.

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La piedra caída del cielo (I)

          Las altas mezquitas de Estambul iluminan de noche las aguas del Bósforo que separan Europa de Asia. Estambul, Constantinopla, Bizancio: encrucijada de rutas, una ciudad que nació para unir Occidente y Oriente, para superar este estrecho que ahora la refleja como un espejo.

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La Ruta de la Seda (XIII): Lo que perdura y permanece

          Frente a las ruinas, lo que perdura: los bazares vivos. Los hay que nunca perdieron su esplendor y que en estos tiempos nuevos aumentan los negocios.

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La Ruta de la Seda (VII): Amistades y nostalgias

         Al sur de Kashgar hay un parque con césped y sombra de viejos árboles bajo los cuales, en verano, gentes acaloradas duermen la siesta. Allí hay dos casas de té musulmanas. Los hombres se sientan, las piernas cruzadas, encima de pequeñas tarimas, beben la paz y saborean la charla. Casas de té como estas las he visto en Tashkent, en Samarcanda, en Kabul, en Turquía.

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La Ruta de la Seda (VI): Ciudades vivas, ciudades del recuerdo

         Kashgar es quizás el ejemplo mejor conservado del centenar de ciudades que florecen a lo largo de la ruta. Cada una con sus caravanserais para que camellos y mercaderes descansaran, con bazares donde intercambiar productos, con cortesanas para reposar el cuerpo y templos para reposar el alma.

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La Ruta de la Seda (V): Bazares de ayer y de hoy

         Kashgar. Así ha sido y así es. Mercado y descanso en la mitad de la Ruta de la Seda. Oasis placentero que acoge al viajero después de sobrevivir el Taklamakán, el más aterrador de los desiertos, o de superar los altos collados, las ventiscas de hielo y los precipicios del Pamir.

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La Ruta de la Seda (IV): Mercaderes y viajeros, todos pasan por el bazar

       Kashgar. Por este mercado pasan el embajador Zhang Qian en busca de aliados militares y el monje Xuanzang en pos de sabiduría. Aquí fisgonea, compra y vende Marco Polo; su padre Nicolo y su tío Maffeo llevan un mensaje del Papa al Gran Jan.

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La Ruta de la Seda (III): El objeto de tantos anhelos

       Multitudes ocupan la extensa explanada del bazar de Kashgar. Los altavoces sueltan músicas estrepitosas, los carruajes casi no pueden avanzar, el caos es general, el buen humor, también. Los comerciantes se distribuyen por zonas. A un extremo, los vendedores de madera y leña, encima de las pilas de troncos descortezados. A su lado, el mercado de animales: vacas y toros, asnos, cabras, yacs, gallinas y gallos, camellos y dromedarios.

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