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El ojo mágico de Seydou Keita
Todos los días, pero especialmente los sábados, una procesión de mujeres, familias, ancianos, niños y jóvenes llamaba a la puerta del señor Keïta y esto no tendría nada de extraordinario a no ser que nos fijemos, por un momento, en la elegancia desacostumbrada de sus visitantes. Era el lugar elegido para asegurarse un pedazo de eternidad. Porque el señor Keïta era un mago.



