La piedra caída del cielo (I)

          Las altas mezquitas de Estambul iluminan de noche las aguas del Bósforo que separan Europa de Asia. Estambul, Constantinopla, Bizancio: encrucijada de rutas, una ciudad que nació para unir Occidente y Oriente, para superar este estrecho que ahora la refleja como un espejo.

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La Ruta de la Seda (XIII): Lo que perdura y permanece

          Frente a las ruinas, lo que perdura: los bazares vivos. Los hay que nunca perdieron su esplendor y que en estos tiempos nuevos aumentan los negocios.

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La Ruta de la Seda (XII): Los danzantes de Dios

         Kashgar. Anoche acabó el ramadán, y esta mañana los fieles van llegando a la mezquita de Id Kah. Tras la oración del mediodía, la muchedumbre se congrega en la plaza del reloj. Sobre el arco del gran portón principal, cuatro figuras. Son músicos: tres timbales y una flauta. Una música suave, rítmica, arrolladora, una melopea que envuelve el alma y te la alza hasta altas cimas.

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La Ruta de la Seda (VII): Amistades y nostalgias

         Al sur de Kashgar hay un parque con césped y sombra de viejos árboles bajo los cuales, en verano, gentes acaloradas duermen la siesta. Allí hay dos casas de té musulmanas. Los hombres se sientan, las piernas cruzadas, encima de pequeñas tarimas, beben la paz y saborean la charla. Casas de té como estas las he visto en Tashkent, en Samarcanda, en Kabul, en Turquía.

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La Ruta de la Seda (VI): Ciudades vivas, ciudades del recuerdo

         Kashgar es quizás el ejemplo mejor conservado del centenar de ciudades que florecen a lo largo de la ruta. Cada una con sus caravanserais para que camellos y mercaderes descansaran, con bazares donde intercambiar productos, con cortesanas para reposar el cuerpo y templos para reposar el alma.

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La Ruta de la Seda (V): Bazares de ayer y de hoy

         Kashgar. Así ha sido y así es. Mercado y descanso en la mitad de la Ruta de la Seda. Oasis placentero que acoge al viajero después de sobrevivir el Taklamakán, el más aterrador de los desiertos, o de superar los altos collados, las ventiscas de hielo y los precipicios del Pamir.

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La Ruta de la Seda (IV): Mercaderes y viajeros, todos pasan por el bazar

       Kashgar. Por este mercado pasan el embajador Zhang Qian en busca de aliados militares y el monje Xuanzang en pos de sabiduría. Aquí fisgonea, compra y vende Marco Polo; su padre Nicolo y su tío Maffeo llevan un mensaje del Papa al Gran Jan.

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La Ruta de la Seda (III): El objeto de tantos anhelos

       Multitudes ocupan la extensa explanada del bazar de Kashgar. Los altavoces sueltan músicas estrepitosas, los carruajes casi no pueden avanzar, el caos es general, el buen humor, también. Los comerciantes se distribuyen por zonas. A un extremo, los vendedores de madera y leña, encima de las pilas de troncos descortezados. A su lado, el mercado de animales: vacas y toros, asnos, cabras, yacs, gallinas y gallos, camellos y dromedarios.

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La Ruta de la Seda (II): Rostros que vienen del origen de los tiempos

         El carrito ya no avanza. La multitud que se concentra en las entradas al bazar dominical de Kashgar es tal que impide el paso. Doy las gracias y me apeo. Desde siempre, la riqueza de las ciudades y de los bazares de la Ruta de la Seda ha atraído a los nómadas de las estepas, de las mesetas y de los desiertos.

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La Ruta de la Seda (I): Kashgar, el mayor bazar del Asia central

        Desde las luces naranjas del amanecer pasaban los asnos arrastrando los carros con alegre trotecillo. Los arrieros les pusieron en camino tras la primera oración del alba. Van cargados de mujeres, de chiquillos, de hombres que apilan alegres las mercancías que amenazan con caer.

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