Recuerdos de un amor francés

 08:00, martes, estación de Montparnasse, París. Una neblina cubre las calles de París. Corriendo en la estación entra una joven con el pelo recogido en un moño, envuelta en un abrigo verde con flores y unos labios de un rojo intenso. Los tacones de unos brillantes zapatos negros, la hacen tambalearse mientras busca a alguien entre la gente. Su mirada se para en un hombre que toma un café humeante y lee el periódico sentado en uno de los bancos más alejados de la entrada.

El color de Turquía

 

Hacía un calor sofocante. Las contraventanas de la habitación estaban ajustadas y no pasaba ni una pizca de aire entre las rendijas. Tumbada en la cama y con un vaso de té helado, miraba cómo giraban lentamente las aspas del ventilador que colgaba del techo. Mientras estaba inmersa en mis pensamientos, la puerta se abrió de golpe.

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Aunque no puedo verla, sé que está sonriendo.

Los susurros, cada vez más espaciados e inconexos, dieron finalmente paso al silencio. Hacía bastante rato que ella había sucumbido al sueño y ahora permanecía inmóvil.

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Sólo con ella

“Lo voy a hacer, mi vida no tiene sentido, compraré el billete y adiós a todo, ya volveré, ya”. Estos pensamientos chocaban entre sí dentro de mi cabeza, dirección a la estación de trenes. Un tímido rugido de mis tripas me detuvo, será mejor sopesarlo con un buen filete delante. Levanté la vista y divisé un restaurante con un dibujo de un tren en las cristaleras, sólo podía ser una señal.

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El paso a nivel

La fragilidad de los hombres no podía compararse con la fuerza de sus sueños. Al menos una vez a la semana, su padre, ante las insistencias de Juan, lo llevaba a un paso a nivel donde, antes de la llegada de algún tren, las barreras comenzaban a bajarse con un ruido de alarma y el tintineo de las luces. Era el preámbulo del espectáculo.

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Largas tardes

Ampelio estaba sentado frente a la ventana mirando al cielo y a la nube gris que se acercaba. Siempre, a la misma hora, sacaba sus manos de los bolsillos y concentrándose tiraba de la silla de ruedas para llegar al gran ventanal. Allí pasaba la tarde, observando cómo las nubes se movían de un lado a otro, cómo caía la lluvia, o cómo transformaba los colores del campo la luz del sol.

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Un mundo paralelo

La sensación de que el mundo no está quieto. El incesante movimiento de los árboles, las piedras, las casas, la vida…

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Europa en tren.

 

Diario de viaje:

Norte de Europa en tren.

 

 

Relato mi experiencia vivida con mi ahijado-sobrino Nicolás. Durante un poco más de un mes recorrimos caminos del norte de Europa, un poco buscando raíces.

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Interrail 2009 - Paris

Hola! Bon dia i bona tornada a la feina/classes a tothom!

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