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La Milagrosa, santa habanera por la gracia del pueblo

            Si visitan La Habana, no dejen de recorrer el cementerio Colón. Con trazado de campamento romano, premeditadamente clasista y concebido con miras tan altas como vanas: albergar los restos del almirante. De ahí su nombre. Sin embargo, las cenizas del genovés se esfumaron cuando en Cuba se arrió la bandera española. Lástima. En La Habana el polvo se paga muy caro.

            Lo cierto es que a medidos del XIX ya se moría mucha gente en la capital y los camposantos se quedaron pequeños para tanto drama. Más que un cementerio al uso, proyectaron una ciudad de los muertos de 56 hectáreas. Nada hay más comunista que la muerte, pero paradójicamente, aún más en Cuba, en este lugar la propiedad es privada. Morir, al margen de arruinarte la vida, cuesta el riñón que ya no te funciona.

            Las guerras por la Independencia lo llenaron de inquilinos y épica. Demasiada. Tantos mausoleos, vacíos pese a estar llenos, han convertido al cementerio Colón en un museo al aire libre con obras sobresalientes como La Piedad de Rita Longa o un Cristo de Mariano Benlliure camino del cielo.

            Descubran el cementerio Colón acompañados de los guías que ofrecen sus servicios a la entrada. Sus explicaciones les ayudarán a entender tanto exceso. También las penurias actuales de los cubanos. ¿Sabían que en Cuba no se permite la cremación? Creánlo. La falta de combustible niega hasta la última voluntad. El Gobierno argumenta que se consumen seiscientos galones para reducir a cenizas un cadáver. Por eso lo entierran y esperan dos largos años para que los gusanos completen su trabajo. Entonces y sólo entonces dan candela a lo que quede de ti.

            Gracias a sus leyendas, la necrópolis Colón no es un lugar triste. Y en cuanto a devoción popular, no hay rival para Amelia Goyri. La Milagrosa. Falleció en 1901, con veinticuatro años y embarazada de ocho meses. Pertenecía a la aristocracia habanera y, como era costumbre de la época, fue sepultada con su hija entre las piernas.

            Lloviera, tronara o se anunciara un ciclón, su viudo José Vicente Adot, perturbado por la doble muerte, visitaba cada día la tumba. Siempre de riguroso negro hacía sonar la argolla izquierda, por ser la más cercana al corazón, y susurraba: “Despierta mi Amelia…”. Convencido como estaba de que su mujer tan solo dormía, se despedía andando hacia atrás. No era un capricho: “A una dama no se le da la espalda, y mucho menos a mi Amelia.” La leyenda asegura que, cuando trece años después, abrieron la sepultura para enterrar al padre de ella, José Vicente insistió en verla por última vez. Para sorpresa de casi todos, Amelia y su hija permanecían incorruptas. La niña, además, estaba cobijada en los brazos de la madre. Su viudo se encerró por la conmoción durante veinticuatro días hasta que regresó a este cementerio, donde diariamente y durante cuarenta años, siguió respetando el ritual hasta su muerte. Hoy duermen juntos o conversan, quién sabe, por toda la eternidad en la tumba coronada por la escultura de Amelia con la niña en brazos.

             Más allá de supersticiones, la mujer murió desangrada, lo que explicaría la integridad de sus restos. También se puede comprender que la criatura cambiara de posición, porque el terreno está en pendiente. Pero si  ustedes creen en los milagros, seguro que encontrarán una explicación mucho más extraordinaria.

             Sea como fuere, Amelia Goyri, La Milagrosa, es hoy santa habanera por la gracia del pueblo. Su leyenda nunca muere y sobrepasa fronteras. Cada mañana recibe cientos de cartas con los ruegos más variopintos. Si un día la visitan, llévenle flores y, al despedirse, caminen hacia atrás. A una dama, recuerden, nunca se le da la espalda, y mucho menos a Amelia.

 

Imagen de jMoreta

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