Campo de la Verdad

El mundo comienza en la Plaza de las Tendillas. Son las 10 de la mañana. ¿Hacia dónde ir? Adonde siempre, hacia el río y la judería. Calle Jesús y María. Después de pasar el Conservatorio, el forastero toma una calle estrecha a la izquierda. Conventos. Palacios. Por una rendija de la puerta del convento de Santa Clara descubre una singular selva callada que invade el húmedo claustro. Más adelante, en el último tramo, donde las casas se hacen más bajas y banales, llegando a la calle de la Feria, se cruza con tres mujeres. La primera dice: “Ven, nene.” La segunda está sentada en una silla metálica y lleva calentadores. Dice: “Guapo, ven.” La tercera lanza un lacónico “ven”.

El forastero sale a la calle de la Feria y ahí está el río. El puente de Miraflores, de nueva factura, está vacío, y al final de ese vacío está el Campo de la Verdad, en la margen izquierda. El puente salta sobre algo más que un meandro, una curva cerrada del Río Grande a contramano de la corriente, en un punto donde la anchura alcanza más de 150 metros, una curva bella, curiosa, en la que el río se detiene y la margen derecha, allá arriba, queda segura y en paz – no en vano el hombre la habita sin interrupción desde hace 3000 años. En la otra margen, sin embargo, el Campo de la Verdad –ese espolón redondo que penetra en la curva– es terreno de riesgo y contingencia, sometido al capricho de las crecidas y a los invasores de todo pelaje.

A pesar de la garúa, el forastero se demora unos instantes antes de cruzar, atraído por la silueta del puente romano, envuelto hacia poniente en el silencio mate de la bruma. En la orilla del Campo de la Verdad hay playas de arena oscura y cañaverales y galleretas que traen ecos de estuarios lejanos.

Cuando alcanza el Campo de la Verdad, camina lo más cerca posible de la orilla para llegar hasta el puente romano. El agua se escurre por los sillares. El forastero está en un tris de largarse a caminar por el agua, mientras recuerda las voces de las tres mujeres. Sand and stones. Heavy of the past. Sube al puente y emprende el regreso a la otra orilla. El silencio que le ha acompañado desde que cruzó al Campo de la Verdad es interrumpido de manera abrupta por un contingente de turistas que caminan de vuelta al centro de la ciudad, después de haberse aventurado por los arrabales. No son ruidosos, pero el murmullo de las conversaciones y los pasos arrastrados distraen al forastero

-       Anoche llamé a mi hijo para que mirara en internet qué tiempo iba a hacer hoy. “Despejado. 18 grados.” ¡Vaya papelón!

Hacia poniente, el río se llena de islas frondosas. Cuando el forastero llega a la otra orilla, busca la manera de no volver a quedar atrapado en medio de otro grupo de turistas. Su instinto le lleva a tomar las callejas que se abren hacia la izquierda, y al cabo de unos minutos camina por la calle Judíos. Aunque no hace tanto tiempo que estuvo acá, no reconoce la sinagoga a primera vista. O quizás sea el recuerdo de otra sinagoga lo que estorba su visión e impide el reconocimiento. Al ingresar en el templo, recuerda Rodas y recuerda a Lucia, la guardiana de la sinagoga que hablaba un castellano muy antiguo (sin que nunca hubiera puesto un pie en la península) y que llevaba tatuado un número en el interior del antebrazo, testimonio de su paso por Auschwitz. “¿Cómo era esa canción?” – se pregunta el forastero mientras descifra con dificultad una inscripción en el friso de la sinagoga. Tres Hermanicas.

Tres hermanicas eran, tres hermanicas son
Las dos eran casadas, la chica se les perdió
Su padre con vergüenza, a Rodas la envió. 

¿Por qué a Rodas? La pregunta vuelve intacta diez años después.

Allá en Rodas, un hombre sin habla barría interminablemente el patio de la sinagoga.

Este sábado, en Sefarad, la sinagoga es mucho más chica y está desafectada.

¿Por qué a Rodas? ¿Por qué no a Esmirna, Escopia, Salónica o Sarajevo?

Imagen de aBarbera

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